Domingo, diciembre 04, 2016

PARA EL FIN DE SEMANA: DICIEMBRE 5 DE 2013.

Dios nos eligió para que fuésemos santos e irreprochables ante Él por el amor.

Mis queridos amigos de santa Teresita, de san José, del Carmen de La Habana y de tantas partes del mundo. Reciban mi saludo con los mejores deseos de paz y bien en el Señor que nos ha hecho capaces de compartir la herencia que Dios tiene reservada para los que le aman.

El próximo domingo estaremos celebrando la solemnidad de La Inmaculada Concepción de la Virgen María. (Dogma de 1854. Papa Pío IX) y comienzo la reflexión para el fin de semana con la primera parte de la oración del Papa Francisco a la Virgen María en su exhortación apostólica Evangelii Gaudium (288)
“Virgen y Madre María,
tú que, movida por el Espíritu,
acogiste al Verbo de la vida
en la profundidad de tu humilde fe,
totalmente entregada al Eterno,
ayúdanos a decir nuestro «sí»
ante la urgencia, más imperiosa que nunca,
de hacer resonar la Buena Noticia de Jesús” (Papa Francisco)

María es un regalo de Dios para toda la humanidad. Fue “agraciada”, engrandecida y, embellecida por Dios. Ella con su vida nos muestra que se puede vivir en Dios confiando plenamente en su fuerza.

Cuando llegó el momento, el tiempo señalado, para que su Hijo asumiera la condición humana el mismo Dios, que había elegido a María desde antes de su nacimiento, le pide el consentimiento. Las cosas de Dios, esos proyectos en los que debe intervenir el ser humano, son tan delicados, que Él suele pedir consentimiento. Es un trabajo en conjunto en donde lo humano y lo divino se juntan para el bien de los demás.

Dios llama pero la respuesta es tuya. Dios quiere la justicia pero el juez en la tierra eres tú. Dios quiere el amor pero eres tú quien ama; Dios es misericordioso pero tú eres quien perdona al hermano. Dios todo nos lo ha dado. Como a María nos ha elegido, embellecido, llamado pero la respuesta siempre será tuya. Cuando le digas que sí Él será tu fuerza. Todos tenemos lo necesario para responderle a Dios, para aceptar sus retos, su llamado. Pero hay que estar atentos, permitiendo que la gracia y no el pecado muevan la propia existencia.

Con la gracia de Dios, con su infinito amor, tomando muy en serio la cruz y aferrándonos a ella como signo de entrega y de unión, podremos vencer el pecado. Podremos volver al Paraíso y podremos decirle a Dios: Aquí estamos para que hagas en nosotros tu obra.

María, desde su experiencia de fe y de entrega al Señor, obedece. Acepta a Dios en su plenitud y deja que Él haga en ella su obra. Se abandona en confianza. Ella no quiso su proyecto de vida sin Dios de la misma forma que un día, antes de terminar la creación Dios no quiso el mundo sin el hombre. El proyecto de la creación sin nosotros.

Con la elección que Dios hace de María inicia una nueva etapa en la historia de la salvación. Con María se vuelve al origen, a la pureza de vida como un don de Dios. Es la posibilidad de vivir en paz con Dios mismo y con la creación entera. Con Cristo nosotros, al convertirnos a la experiencia del amor de Dios y al perdón, recuperamos por el don de la muerte en cruz, el poder vivir en armonía, el poder ser llamados santos e inmaculados por el amor. En el Bautismo fuimos hechos inmaculados, volvimos a la vida divina, fuimos “santificados” en pura gratuidad.

“Bendito sea Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo, que nos ha bendecido en Él con toda clase de bienes espirituales y celestiales. Él nos eligió en Cristo, antes de crear el mundo, para que fuéramos santos e irreprochables a sus ojos, por el amor” (Ef. 1, 3-4)

Esta fiesta en Adviento nos llena de esperanza. Al fin de cuentas ha llegado el tiempo para disponernos de nuevo al “sí”. De nuevo llega el Señor y anda buscando nuestro ser para hacerse palpable y amoroso en cada persona dispuesta a arriesgar la vida por la de los demás.

Con mi bendición:

P. Jaime Alberto Palacio González, ocd