Jueves, diciembre 08, 2016

PARA EL FIN DE SEMANA: AGOSTO 15 DE 2013.

Estamos para mucho más: somos fuego y pasión de Dios.

Mis queridos amigos de santa Teresita, de san José, del Carmen de La Habana y de tantas partes del mundo. Para mí es un motivo de alegría poderles escribir este mensaje en la solemnidad de la Asunción de la Virgen María a los cielos. Dogma de la Iglesia que proclama, confiesa en fe, que la vida humana es asumida por Dios después de la muerte. Dios nos espera, Dios nos salva; Dios nos toma para sí. Nos asume porque somos parte de su ser; somos su imagen y semejanza. Sigamos viviendo en Dios, para Dios y a su servicio para que, sin necesidad de purificaciones, podamos gozar de los bienes eternos, del banquete que Él nos tiene preparado. El Señor está esperándonos a la mesa, sigamos como María, acogiendo la Palabra y permitiendo que se haga vida en cada uno.

Feliz día de la Asunción y que con ella, con su intercesión también en el amor del Padre, “subamos a lo alto del cielo”.

Entrando ya en nuestra reflexión para el fin de semana inspirada por el texto de Lucas 12, 49-53 digamos que el domingo nos encontraremos con Jesús clarificando el fin de su misión: “Ha venido a encender fuego”. Sabe que su mensaje dará mucho qué decir, que por sus enseñanzas será juzgado y condenado. Su Palabra transformará los esquemas religiosos del tiempo. En él se sentirán perdonados y acogidos los pecadores; sanos los enfermos; con vista los ciegos y libre los encarcelados por cualquier causa. Jesús por donde pasa transforma. Él es fuego; Él es presencia de Dios; Él es amor vivido en radicalidad.

Jesús generará divisiones al convertirse él y su doctrina en una opción de vida. Jesús es una nueva manera de ser, de existir, de pensar. Jesús romperá con todas las tradiciones, las costumbres. Jesús es vida nueva. Vino nuevo, Odre Nuevo. Jesús es Evangelio, Noticia de Dios para la salvación de la humanidad. Jesús va más allá de los templos, de la Sinagogas. Jesús llama, mira, toca. Jesús se acerca, reta. Jesús come, se ofrece como comida. Él es más que alimento, que Maná. Él es el don del Padre y el único que puede saciar nuestra hambre y nuestra sed.

Frente a Jesús, de cara a nuestra condición de cristianos; frente a todos los retos de bondad, de humildad, de justicia y de solidaridad que nos pone el mundo de hoy, no podemos permanecer imparciales. Tenemos “fuego”, tenemos “pasión”, tenemos amor de Dios. Somos cristianos. No estamos por complacernos en la injusticia, en el maltrato o en el egoísmo. Estamos para mucho, para algo más que lo que hacemos o tenemos. Somos como Jesús: reto, vida, pasión y amor.

El mensaje de Jesús, su vida, sus signos, su muerte y resurrección. El don de su Espíritu Santo, la promesa de la eternidad, del banquete celestial. Son nuestra fuerza, nuestros sueños, nuestras razones para luchar.

Para Jesús el fuego, su pasión, fue el Padre Dios. Había que darlo a conocer, había que “mostrar su rostro”, había que contarle al mundo sus proyectos. Nosotros tenemos un fuego que quiere arder: Jesús y su pasión es la nuestra, y su amor es el nuestro y su vida es la nuestra. Por eso hay que trabajar por el Reino, hay que ser coherentes con el proyecto. Hay que arder de pasión y de amor y de bondad.

Hay que dejarse quemar por el fuego de Jesús y que este fuego transforme la humanidad. No dejemos apagar la llama y estemos vigilantes para que nos encuentre el Señor siempre con las lámparas encendidas.

Con mi bendición:

P. Jaime Alberto Palacio González, ocd