Viernes, diciembre 09, 2016

PARA EL FIN DE SEMANA: AGOSTO 29 DE 2013.

Abajarse es de gente grande; humildad es de gente noble. Tú eres grande y noble. No dejes de abajarte ni de humillarte.

Mis queridos amigos de santa Teresita, de san José, del Carmen de La Habana y de tantas partes del mundo. Los invito a que juntos le demos gracias a Dios por este mes que va concluyendo y por todas las cosas que pasaron a lo largo de estos días. Dios nos conceda un septiembre de amor pero sobre todo de mucha paz. Oraremos este fin de semana por esa intención y nos ponemos en las manos de Dios para que Él colme nuestros anhelos.

El texto del Evangelio de Lucas (14, 7-14) es otra invitación de Jesús a considerar que todos somos importantes, que todos somos dignos de respeto y que nos merecemos los primeros lugares; pero, también es verdad, que de dignidad, de grandeza, de señorío, es que cada uno sea capaz de ceder su importancia y primacía para que otros la tengan o sientan que la tienen. ¡Muchas veces tenemos necesidad de sentir que somos importantes! Y aunque es un hecho que el reconocimiento y la grandeza del ser humano ya vienen dados por el simple hecho de existir, porque son don de Dios, sin importar el lugar en el que te hagas o te sientes, de esto solo tienen conciencia los que poseen un corazón humilde; los que tienen una experiencia profunda de Dios.

Los que tienen “el mirar de Dios que es amar” reconocerán siempre que eres grande reconocerán ese don que tienes. La grandeza y dignidad con la que vives.

El Evangelio también habla de humillarse lo que debemos entender como un abajarse. Humillarse es de gente “grande”, de los que se saben dignos por esencia y van más allá de los aplausos y elogios de los demás.

El sabernos hijos de Dios, nos debe “subir” la autoestima. La dignidad divina, el sabor a cielo, el olor a eternidad va mucho más allá del vestido, del barrio, de la ciudad. Nos es esencial.

Esa dignidad es la que nos hace capaces de humillarnos para que otros existan por mi existencia, para que otros amen con mi amor, para que otros vivan con mi vida. Así como lo hizo Jesús, no es dejar de existir, ni dejar de amar, ni dejar de vivir.

La vida no es de recompensas ni de dignidades. La vida es de amor, de entrega. La vida es un mirar más allá de los propios límites y egoísmos. La vida se nos dio para compartirla, para gastarla y nada mejor que compartirla, gastarla; “matarla” con los que sufren, con los que no tienen, con los que esperan siempre de un corazón lleno de amor, de bondad y de misericordia como el que tú y yo tenemos.

Entra y verás que tú lo tienes. Descúbrete como un ser capaz de humillarte, de darte. Claro que para esto tienes que enamorarte. Quien no ama difícilmente se gozará siendo el último, el pequeño. El que dona, el que se entrega. De amantes es entregarse sin condiciones, disculpando todo porque el amor no es presumido ni orgulloso (cfr. 1Cor 13,4)

Entregarse y entregarlo todo, es también una actitud de los que esperan en el Señor. De los que se abandonan en Dios. Los que saben, en la esperanza y en la certeza de la fe, que nos espera la eternidad en Dios.

Ser humildes, es vivir con claridad el día a día. Es saber que somos frágiles, que somos eternos pero pasajeros en la tierra. Que es aquí donde cobra sentido la santidad, los regalos de Dios, la espiritualidad y sobre todo el corazón. Principio de humildad es reconocer que Dios es más grande que nuestra grandeza y que está en cada uno.

Hay que estar vacíos para que Dios nos llene y con su “hartura”, su “llenura” seremos fuertes para darnos, para mantenernos pequeños y sencillos y humildes. Para no cansarnos de darnos.

Con mi bendición:

P. Jaime Alberto Palacio González, ocd