Sábado, diciembre 03, 2016

PARA EL FIN DE SEMANA: AGOSTO 28 DE 2014.

Mis queridos amigos de santa Teresita, de san José, del Carmen de La Habana, del Carmelo de Quito y de tantas partes del mundo. Los saludo con los mejores deseos de paz en el Señor.

Comenzamos otro fin de semana en el que el Señor nos invita no solo a proclamar la fe en él como Mesías e Hijo de Dios sino también a llenarnos de fuerza interior para no caer en la tentación de dejar los propósitos y los anhelos de bien ante el dolor o la adversidad. Perseverar, ser fieles y coherentes es una tarea que debemos tratar de cumplir cada día.

Caminar en la fe, caminar con la certeza de que Dios todo lo lleva a feliz término. Caminar en fe y con la certeza que la vida se gana cuando se pierde y que hay obligaciones, convicciones y responsabilidades que no debemos abandonar aunque todo parezca perecer, aunque todo se padezca y aunque solo se vea la cruz.

El precio, muchas veces que se paga, cuando se hace el bien, es alto, en ciertos casos: ¡muy alto!

La fidelidad tiene su peso, su cruz. El entregarse al servicio de los demás tiene su precio, su cruz. El amar pacientemente, tiene su precio, su cruz. El hacer y servir, tienen su precio, su cruz.

El perdonar, llenar la vida de oportunidades; dar de comer, de vestir; hacer el bien y obrar con bondad, sin esperar recompensas, sin esperar la gracias o nada a cambio, tienen su peso, su cruz. “El que pierde la vida la gana”.

Cuando estamos convencidos que las cosas que hacemos están bien, cuando las obras muestran la bondad, grandeza, dignidad y amor que tenemos en el corazón; cuando existen ideales grandes por conseguir un mundo mejor, más justo, fiel y misericordioso. Cuando nos acompaña la certeza de la eternidad, de la muerte como camino de regreso al Padre: no hay por qué renunciar. No hay qué pensar como los hombres sino como Dios.

Muchas personas a lo largo de los siglos solo han pensado en ellas y lo han hecho de una manera egoísta, cargada de soberbia, de orgullo, de vanidad. Han pensado ignorando a Dios.

Ahora Dios quiere pensar en los hombres y por eso nos ha enviado al amor, al que nos enseña el camino. No aceptar a Jesús es seguir pensando como hombres sin Dios. Pensar como hombres es seguir actuando sin valores, ni principios. Hay que pensar como Dios que sigue haciendo todo para que nos salvemos, para que seamos buenos y disfrutemos del regalo de la creación. Pensar como Dios es dar lo mejor, lo más amado. Es llenar la vida de razones, es darse por completo mirando más allá de las propias limitaciones que nos hacen aceptar o no a las personas.

Hay que ser fuertes, hay que obedecer los imperativos del corazón. En muchos momentos tenemos que ser radicales, por eso la experiencia del Evangelio, de Dios tiene que asimilarse, calar los huesos, cambiar la mente y el Espíritu. No es lo que tú pienses qué es el bien. Es pensar el bien desde Dios. No es imponer lo que se piensa que es el bien; es tener la certeza que poco a poco los frutos del bien mostrarán la verdad.

El bien es sutil y delicado. Las cosas de Dios son delicadas, pequeñas, suaves. No son de muerte sino de vida. Dios es amor. Y quien mira y piensa amorosamente sabe que todo es un proceso, lento pero seguro.

En el sendero del bien, es importante quitar, pedir que se alejen, las personas que nos hacen tropezar. Siempre encontraremos quien nos tente, quien quiera hacernos caer, quien nos desafíe a la maldad, quien quiera llevarnos por otros caminos. Pero como Jesús tendremos que aprender a decir “quítate de mi vista, Satanás, que me haces tropezar”. Sigamos fuertes y convencidos en la lucha para que el Reino de Dios crezca y transforme el corazón de las personas.

Con mi bendición:

P. Jaime Alberto Palacio González, ocd