Viernes, diciembre 09, 2016

PARA EL FIN DE SEMANA: AGOSTO 22 DE 2013.

Un día tomé la decisión de entrar por la puerta estrecha.

Mis amigos de santa Teresita, de san José, del Carmen de La Habana, reciban mi saludo cordial que lleva los mejores deseos de paz y bien en el Señor y la invitación de ponernos en camino para entrar por la puerta estrecha.

Con el Evangelio que encontraremos el domingo (Lc. 13, 22-30) me pregunté qué estaba haciendo yo por alcanzar el don de la salvación, por entrar por la puerta estrecha. Dios quiere que todos nos salvemos. Cristo murió para salvarnos y no hay privilegios. La muerte de Cristo es redentora. La salvación hay que alcanzarla. Se necesita un esfuerzo de nuestra parte y que no se nos pase la vida y con ésta el ponernos en camino para la salvación. Hay que mostrar y ponerle ganas a la salvación.

¿Serán pocos los que se salven? No hay una respuesta de Jesús en cuanto al número, pero para salvarse hay que “pasar” por la puerta que es estrecha. Hay que esforzarse. No se puede pasar con muchas cosas.

Hay que esforzarse por quitar todo lo que nos limite entrar por la puerta. De hecho muchos querrán entrar y no podrán. Pasar implica sencillez, desnudez, libertad. Desde ahora hay que aprender a renunciar a todo aquello que sabemos obstaculiza el pasar por la puerta. Las mentiras, la soberbia, el orgullo. Esas realidades necesitan de puertas grandes que solo conducen a la perdición, al abandono, a la soledad.

Nadie se ha ganado el derecho de pasar. Esto es de cada día, de todo momento, de instantes. La salvación es también un compromiso de cada uno con Dios. Ya la puerta está, ya lo que tenemos qué hacer lo sabemos. Ya la invitación nos ha llegado. Por eso hay que prepararse, comenzar a caminar.

Jesús es la puerta, las ovejas entran por él (Jn 10). Toda la experiencia de Dios pasa por Jesús.

La salvación hay que entenderla entonces como un proyecto de vida. Si salvarse es vida eterna. Jesús es vida eterna. Si salvarse es ver a Dios. Los limpios de corazón verán a Dios.

El Reino de los cielos, que es lo más terreno y celeste, lo más humano y divino. El lugar del hombre y de Dios, el paraíso, recordemos que es de los pobres, de los humildes, de los que trabajan por la paz y la justicia.

Me he puesto a pensar. ¿Qué estoy haciendo yo para entrar por esa puerta, la estrecha, la que conduce a la salvación? Y me dije varias cosas: he puesto mi vida en Dios y me he puesto en las manos de Dios. He tenido fe y he esperado en el Señor. He ido limpiando mi corazón de todo aquello que no va con el proyecto del Reino. He hecho todo por no llenar mi corazón de resentimientos o de odios o de envidias. Lo he tratado de llenar de amor. He ido a beber de la fuente del amor y he encontrado que yo también soy un manantial que he ido limpiando para que el amor fluya generosamente.

Para entrar, para pasar por la puerta estrecha hay que amar y esto resulta ser exigente. Hay que pensar en los demás, hay que compartir con los demás. ¡La puerta es estrecha!

Me decidí entrar por la puerta estrecha cuando descubrí que el único derecho que tenía era el de amar. Cuando escuché a muchas personas y me di cuenta que mi vida y mi historia es tan válida como las de los demás, cuando supe que había más dolor que el mío, más necesidades que las mías. Más sed de amor que la que tengo.

Hice fila para entrar por la puerta estrecha porque quería estar de parte de Dios que es amor y no más de mi propio egoísmo y prepotencia. Porque justamente todo lo grande que yo creo ser termina en Dios. Y no quiero regresar cargado de frustraciones y soledad ante quien queriéndome feliz no le reconozco en tantas personas. En pocas palabras cuando me convertí a Cristo comencé a pasar por la puerta estrecha que es Jesús mismo.

Conversión es la invitación que nos hace la Palabra. Entrar, cueste el esfuerzo que cueste.

Con mi bendición:

P. Jaime Alberto Palacio González, ocd