Jueves, diciembre 08, 2016

PARA EL FIN DE SEMANA: AGOSTO 21 DE 2014.

Construir la vida desde Jesús y atreverse a conocerle y confesarle desde el corazón.

Mis queridos amigos de santa Teresita, de san José, del Carmen de La Habana, del Carmelo de Quito y de tantas partes del mundo. Mi saludo cordial con los mejores deseos de paz y bien en el Señor y mi invitación para que el fin de semana revisemos nuestra fe y nos preguntemos si realmente está cimentada en Cristo el Señor, Hijo de Dios y Mesías o si la fe está cimentada sobre tradiciones que pueden acabarse y sobre milagros que pueden no darse.

Para conocer, para saber de Jesús, no basta con lo que se aprenda por el estudio, la lectura, el cine. Para saber de Jesús hay que estarse con él, caminar con él. Hay que escucharlo en la intimidad de la oración y aprender a leer los signos que se muestran en la cotidianidad.

Para saber de Jesús hay que romper las barreras de los miedos porque él siempre se hace presente. Ha estado en la noche cuando ha habido vientos en contra; ha estado presente cuando nos encerramos al sentirnos perdidos o perseguidos. Ha estado en la muerte, en la enfermedad, en el dolor y en la tragedia de tanta gente. Ha estado sanando, curando, resucitando. Y es que de Jesús podemos decir lo que sabemos, lo que hemos escuchado, pero lo más importante es poder llegar a decir lo que sentimos, lo que hemos experimentado cuando le encontramos en el corazón, en la intimidad, en el silencio y en la oración.

Hay que hacer de él una experiencia, descubrirlo y tener la certeza que el Mesías nos acompaña. Es Dios con nosotros.

Hay cosas que nos vienen reveladas, esas cosas del corazón que llenan de certeza la vida. Lo más lindo e importante es poder compartirlas y confrontarlas. Pedro y los discípulos sabían, tenían la certeza que Jesús era más que un profeta, que un buen hombre o que un líder político o religioso. Los discípulos tenían la certeza que era el Mesías. Esa corazonada pudieron confrontarla con él directamente. Era una certeza, una verdad que Dios pone en el corazón.

Las cosas del corazón cuando se confrontan dan paz y liberan al ser humano, sobre todo cuando las corazonadas no son buenas y están cargadas de dudas.

Sobre Pedro el Señor ha edificado y sigue edificando la Iglesia. Necesitamos personas de convicciones, que trasciendan mucho más de lo que escuchan y que no se dejan llevar del parecer de lo que piensan los demás. Personas que se dejen “nombrar” por Jesús, personas cuyos nombres definan la misión en medio de la humanidad. Somos cada uno, no somos todos. Somos llamados por el nombre, tenemos mucho qué hacer y qué dar a la humanidad. Y la Iglesia es un buen lugar, un gran corazón.

Trabajemos por construir, por perdonar, por desatar. Y creemos lazos de amistad, de discipulado y de fe. Cristo está por darse a los demás. Hay que anunciar que el Mesías está, ha llegado. Hay que sentir al Mesías, hay que hacer camino, hay que seguir adelante. No es tiempo para derrumbarnos, no es tiempo para debilitarnos. Es tiempo para dar a Cristo, para proclamar a Cristo, para estarnos con él y renovar la fe.

Confesar la fe exige una opción radical, no es decir: es hacer. La fe no es un poder ser: somos.

El cristianismo necesita personas comprometidas con la verdad, personas a las que Jesús pueda delegar funciones y enviar por el mundo anunciando este proyecto del Reino que es de amor y de justicia.

Es confesar la fe, ser capaces de dar la vida. Es permanecer en él y resistir las noches y las tormentas. Es llenar de paz y de amor cada corazón siendo misericordiosos y santos como el Padre celestial lo es.

Con mi bendición:

P. Jaime Alberto Palacio González, ocd