Sábado, diciembre 10, 2016

PARA EL FIN DE SEMANA: AGOSTO 14 DE 2014.

¿Quién gritará por los otros niños?

Mis queridos amigos de santa Teresita, de san José, del Carmen de La Habana, del Carmelo de Quito y de tantas partes del mundo. Mi saludo con los mejores deseos de paz y bien en el Señor Jesús en quien ponemos nuestra fe y desahogamos nuestros gritos de dolor para que cesen las muertes de los niños y los horrores de la guerra endemoniada que se vive en tantas partes del mundo.

El texto de san Mateo con el que nos encontraremos el próximo domingo (15, 21-28) nos enseña que no hay que darse por vencido en las dificultades. La mujer cananea no pedía nada para ella, sino para su hija. Le dolía verla atormentada y no le importó gritar, rogar; pedirle a Jesús. Se sentía impotente frente al mal que agobiada a su hija.

Los gritos, el sufrimiento de su hija, el dolor que siente como madre. Todo esto la hace seguir a Jesús, gritarle que tuviera misericordia y compasión.

Y ante el dolor, el grito, el sufrimiento, Jesús se detiene. La fe le arrebata el milagro. La hija ha sido curada por encima de toda creencia, de toda cultura, de cualquier religión. Jesús se sigue compadeciendo.

A la hija de esta mujer, de la cananea, era un demonio la que la atormentaba. Era algo de la sacaba de sí misma y la ponía en una situación de violencia, de enferma. La apartaba de los demás y ponía en condición de víctima, era indefensa.

Y a los hijos e hijas de tantas mujeres que lloran y que gritan, que claman misericordia y salud. Las mamás de guerrilleros, militares, drogadictos. Mamás de los niños palestinos. Los niños de Irak. Muchos de los tuyos, de los vecinos. De aquellos, de todos aquellos que son acusados, asesinados, maltratados, violados, víctimas de algo que los hace menos y hasta les quita la vida, ya no por un demonio sino por las guerras, las armas, la prepotencia, el orgullo, la soberbia de las gentes y de las religiones que se creen dioses, dueños de la humanidad. ¿Quién los defiende; quién grita por ellos?

Gritemos todos y que nada nos silencie. Que cese la guerra, el maltrato, la muerte. Que en el nombre de Jesús todo demonio, todo lo que nos saque de casillas y nos haga violentos desaparezca. La fe, vivamos con fe, pidamos con fe. La fe nos cambia y nos arrebata milagros de vida sin importar la religión o la cultura.

Pidamos, trabajemos por la paz. Cuando estamos convencidos del bien que queremos no nos cansamos ni de luchar ni de pedir. Dios no quiere hacer sufrir, no quiere que nadie sufra. Somos nosotros los responsables del dolor. Los que nos endemoniamos y obramos no conforme a su querer. Estamos lejos de Dios, de su experiencia de amor.

Somos, por momentos, tan malos que hacemos de Dios “un malo” y hasta en su nombre hemos mandado caer fuego sobre pueblos. En su nombre hemos y seguimos condenando y matando.

¿Cuándo será que nos convertiremos al Dios del amor, de la alegría, de la ternura. De los niños, de los indefensos y nos hacemos protagonistas del reino de justicia y de paz que él quiere instaurar?

Estamos llamados a salir, hacer el bien, aliviar los sufrimientos.

Con mi bendición:

P. Jaime Alberto Palacio González, ocd