Jueves, diciembre 08, 2016

PARA EL FIN DE SEMANA: AGOSTO 1 DE 2013.

La vida tiene eternidad.

Mis queridos amigos de santa Teresita, san José, el Carmen de La Habana y de tantas partes del mundo, los saludo a cada uno de manera especial y les deseo un fin de semana cargado de bendiciones. Y que este mes que comenzamos, mes de verano, de vientos y de cometas, sea un tiempo especial para cumplir tantos sueños y deseos que llevamos en el corazón.

El próximo domingo nos encontraremos con el texto del Evangelio de san Lucas (12, 13-21) en donde vemos a Jesús en la cotidianidad de la vida y en los problemas que el hombre, bien por su ambición o bien por su egoísmo, va generando y que sumergen a todos en un mundo que solo lleva al dolor, al resentimiento, a la división. Este mundo que todos queremos y que nadie quiere. Este mundo del que todos hablan del mañana pero que ninguno cuida el presente. Este mundo que se va acabando con nosotros porque solo importamos nosotros ¿Y los demás…?

Este mundo de hoy, ¡El nuestro! que está sentenciado a morir, lenta y cómodamente por causa del hombre mismo. A morir por causa de todos aquellos que solo viven para sí sin pensar en el demás.

El Evangelio se convierte en una llamada a redescubrir que somos más que una herencia, que un cuerpo, que una casa, que una cosecha, que una comida o un vestido. Somos mucho más de lo que pasa porque al fin de cuentas nosotros no pasaremos porque tenemos la semilla de la eternidad.

Jesús nos enseña que la vida va más allá, la vida tiene eternidad; la vida es ahora y es siempre. Por eso hay que hacer que lo de ahora sea para siempre. Ahora, en este instante, nos estamos forjando la eternidad en la que no necesitamos cosas sino un corazón lleno de amor, de amigos. Un corazón satisfecho de haber amado.

Este momento es para trabajar, para vivir; tener para dar. Pedir para compartir.

Las cosas del mundo son de los hombres pero deben manejarse con amor y generosidad. Dios no tomará partido cuando nos mueven las ambiciones, los egoísmos. Dios está mucho más allá de la poquedad de nuestros sueños e ilusiones.

Por más rico que uno sea, la vida no depende de los bienes. Desde Dios todos sabemos lo que tenemos qué hacer porque su voluntad nunca ha estado oculta o ha sido un secreto. Él no será juez de nadie porque el ser humano sabe que si gana en amor y en respeto por los demás será incapaz de hacerle daño al otro, a su prójimo, a su hermano. El juicio de Dios ya está dado. Y por más cosas que tengamos o que podamos acumular todos seremos llamados un día, cuando menos lo esperemos, y seremos examinados en el amor.

Ser ricos a los ojos de Dios es precisamente ser pobres para dejarse enriquecer por Él; es ser dóciles para dejarse moldear por Él; es ser humildes para que Él sea el Señor de la vida. Dios mira la humildad de su sierva María; la hospitalidad de Abraham; la acogida de Martha y de María. Dios escucha el grito del pobre y desvalido; tiene compasión de quien se inclina humillado y arrepentido. Ser ricos a los ojos de Dios es ser pobres de Espíritu, es saber esperar todo de él y es entender que la mayor y más grande riqueza del ser humano es la generosidad, la acogida y el respeto.

Con mi bendición:

P. Jaime Alberto Palacio González, ocd