Martes, diciembre 06, 2016

PARA EL FIN DE SEMANA: ABRIL 24 DE 2014.

En Pascua hemos sido hechos para el Perdón

Mis queridos amigos de santa Teresita, de san José, del Carmen de La Habana, del Carmelo de Quito y de tantas partes del mundo. Un saludo cargado de paz como el que le da Jesús a sus discípulos una vez resucitado. Esa misma paz que llena el corazón de alegría y de esperanza y que hace posible que nos abramos al acontecer de Dios en la historia.

El próximo domingo la iglesia celebra la fiesta de la Divina Misericordia y también la canonización de Juan XXIII y Juan Pablo II. Nos unimos también a la acción de gracias a Dios por estos dos nuevos santos.

El domingo nos encontraremos con el Evangelio de san Juan que nos hace caer en cuenta que somos enviados por Jesús de la misma manera que él fue enviado por el Padre. Jesús les regala el Espíritu Santo que será el que les de la fuerza y los hará capaces de llegar hasta el final (Jn 20, 19-31)

Ser enviados implica continuar las obras que Jesús ha iniciado. Enviados a sanar, liberar, anunciar el año de gracia; pero sobre todo, a reconciliar. Una misión, una tarea difícil y hermosa: agentes de la misericordia de Dios; canales de la misericordia de Dios… esas cosas de Dios en nosotros que son tan difíciles pero que nos hacen partícipes y constructores de un nuevo reino; el reino del amor.

El perdón es entonces un regalo, el más preciado de los regalos que nosotros podemos, desde la experiencia del resucitado, dar a los que nos ofenden o hacen daño. Pascua es misericordia, Pascua es amor. En la Pascua somos vencedores, hemos sido perdonados, sepultados con Cristo y hechos creaturas nuevas, nacidos para una esperanza nueva. El envío de Jesús implica para nosotros un llamado también a la conversión.

El mensaje que debemos anunciar es de amor, no debe presentarse agresivo. El mensaje parte de una invitación a la conversión, al perdón de los pecados.

Demos a Cristo sin heridas, sin resentimientos interiores, sin miedos. Hemos sido hechos, en la Pascua, para el perdón, a la manera de Jesús. Al estilo del más exquisito amor de Dios.

El Evangelio se envuelve en amor, se entrega con ternura y libera de toda atadura. Hay que sentir que cuando perdonamos es Dios quien está perdonando y cuando no, Dios sigue esperando de ti, hay que agotar las 70 veces 7 del Evangelio y después, antes de condenar a los demás, habrá que gritar: “Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen”.

Y estas cosas de Dios son de Fe, no hay que ver ni tocar. Hay que dejar que el corazón se llene de certezas. Jesús se hace presente en la duda y en el miedo pero nos pide creer en su Palabra y en su promesa. Esto del Evangelio, de Jesús no es de tocar, de constatar o de signos. Es de confianza. De saber mirar más allá del hecho para descubrir la verdad que en Dios muchas veces se viste, se llena, se manifiesta en la ilógica de la vida. La lógica de Dios es otra, esa que hace posible lo imposible, esa que crea de la nada. Que hace ver a los ciegos, que perdona a los pecadores y que resucita a los muertos. Esa lógica que te hace agente, ministro y apóstol de la misericordia. Y es que las apariciones de Cristo tienen como consecuencia la fe y como lo escribió san Pedro:

“A Cristo Jesús ustedes no lo han visto y, sin embargo, lo aman; al creer en Él ahora, sin verlo, se llenan de una alegría radiante e indescriptible, seguros de alcanzar la salvación de sus almas, que es la meta de la fe” (1Pe, 9)

Con mi bendición:

P. Jaime Alberto Palacio González, ocd