Sábado, diciembre 10, 2016

OBLATIVIDAD 15

LA VIDA DEL CREYENTE NO TERMINA SE TRANSFORMA

En este día en que Cristo ha vencido la muerte, la Iglesia Universal celebra la fiesta de la vida redimida y glorificada, por aquel que es el “Camino, la Verdad y la Vida”, Cristo Jesús, en quien todos tienen vida eterna. En el contexto de la fiesta de los fieles difuntos, San Pablo en la segunda lectura afirma, que el bautismo es un acontecimiento de muerte y de vida, que nos inserta en la realidad de Cristo, sembrando en cada uno de nosotros las semillas del Reino y de la vida glorificada, la cual permite que los que han muerto en la fe del Hijo de Dios, no conozcan la corrupción del sepulcro, sino que sean llevados a la gloria del Padre eterno.

El bautismo como acontecimiento de muerte y de vida, nos ha revestido de la inmortalidad de Jesús, puesto que al sumergirnos en el agua bautismal, hemos muerto al pecado, a la vida sin Dios, al egocentrismo, al afán de lucro, al inmediatismo, a la historia sin esperanza; y al mismo tiempo asumida la vida de la gracia, la vida resucitada, sentimos el impulso de afirmar con fe: “en nosotros no reina la muerte, somos territorio de vida y esperanza”.

En este ambiente litúrgico, la primera lectura nos expresa que el culto a los muertos, es una experiencia que ha acompañado a la humanidad desde sus mismos orígenes y lo ha hecho no por memoria psicológica, sino por la convicción real de la resurrección. Razón por la cual, el culto que hacemos hoy a nuestros seres queridos fallecidos, no es una veneración a la muerte, aunque es una realidad biológica; sino el reconocimiento del poder de Dios obrado en ellos y manifestado en el paso de la muerte a la vida, en absoluta consonancia con las palabras de Jesús: “Yo soy la resurrección y la vida, el que cree en mi aunque haya muerto vivirá”.

El Evangelio por su parte, nos presenta la muerte como una realidad inherente a nuestra condición humana, a la cual ni el mismo Hijo de Dios escapó, realidad que por cierto, se debe leer desde la óptica de la esperanza: “Si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda solo; pero si muere, da mucho fruto”; la muerte por lo tanto, desde nuestros parámetros cristianos no es el fin del ser humano, sino el comienzo de la vida plena que empieza en el aquí y en el ahora, cuando éste logre entender que si bien es hijo de la tierra, también es ciudadano del cielo.

En conclusión, la celebración de los difuntos es la fiesta de la vida, que en Cristo Jesús se abre como una flor que adorna y embellece al mundo; pero también es un acontecimiento que nos mueve a hacer un alto en el camino para pensar cómo llevamos nuestra vida, qué estamos legando a los nuestros, qué tan felices somos, y cuál es nuestro sentido de gratitud para con Dios y con los seres que nos rodean y hacen parte de nuestra existencia.

No lloremos a nuestros muertos, veamos en la vida que llevaron un libro repleto de enseñanzas.

 "De manera, que pongamos todo anhelo en la gloria de morir, sin cansarnos de decir viendo el cielo: Nuestra ganancia es morir ”

(P.Matovelle. Fundador de Oblatos)

 

Fuente: Oblatividad No 15. Noviembre 2 de 2008. Publicación de la Congregación de Misioneros Oblatos de los corazones santísimos de Jesús y María. as.