Viernes, diciembre 09, 2016

OBESIDAD INFANTIL

Obesidad Infantil

¿Qué se entiende por obesidad?

La palabra obesidad deriva del latín obesus que quiere decir "Persona que tiene gordura en demasía". Se caracteriza por la acumulación y almacenamiento excesivo de grasa, principalmente en el tejido adiposo. Se manifiesta por un incremento de peso mayor al 20 por ciento del peso ideal esperado por la edad, la talla y el sexo. En los niños, una forma práctica, aunque no exacta, para calcular el peso a partir de los dos años de edad y hasta los cinco, resulta de multiplicar la edad en años por dos más ocho (niño de tres años=3 x 2 + 8=14 kg.) Estos factores tienen que ser cuidadosamente comparados cuando se analiza la obesidad en los niños y adolescentes.
En la mayoría de los casos el médico, los padres y el niño están más preocupados por los problemas sociales que la obesidad origina, que por las alteraciones y complicaciones metabólicas que ésta puede ocasionar.

Cachetes regordetes y cuerpos rollizos en los bebés son síntomas de salud hasta cierto punto, ya que investigadores de Harvard Medical School realizaron un estudio a lo largo de 22 años que revela un incremento del 73,5% de obesidad en bebés.
Las causas son principalmente que hay bebés cada vez más grandes para su edad gestacional al momento del parto, que las madres padecen mayor sobrepeso durante el embarazo y que cada vez más desarrollan diabetes durante la gestación.

¿QUE HACER?

La clave está en educar a los padres con respecto a una correcta alimentación para sus bebés. Algunos creen que darles mucho de comer es beneficioso cuando lo que están provocando es una tendencia a la obesidad. Lo importante es la calidad y no la cantidad.
Cuando un bebé supera entre un 85% y un 95% su percentil de crecimiento, se enciende la alarma y debería consultarse con el pediatra los pasos a seguir.

Vivimos en una sociedad propensa a caer en una serie de tópicos, como es relacionar a un “bebé gordito” con un “bebé sano”, o pensar que la gordura desaparecerá cuando el niño crezca.
Estas creencias trasladadas a la práctica son las que afectan el esquema de peso corporal.
La edad de aparición de la obesidad infantil, por lo general es antes de los dos años.
Cuando un niño supera el percentil 95 o 97 de peso para su edad puede considerarse potencialmente obeso.

La obesidad es hereditaria

Si ambos padres son obesos, las probabilidades de que su hijo lo sea, son de 69 a 80%. Cuando sólo uno es obeso de 41 a 50%, y sin ninguno de los dos lo es, el riesgo será del 9%.
Pero también los hábitos alimenticios que siga la madre desde el embarazo y los que aplique a su hijo desde que nazca, influirán notablemente en el resultado final de obesidad o mantenerse el niño en su peso ideal.
La lactancia artificial es un factor de riesgo de obesidad. Sin embargo la materna, previene la obesidad infantil debido a la composición única de la leche, la succión y las respuestas metabólicas a la misma.

QUE DIETA SE RECOMIENDA HACER:

Cuando el niño empiece a comer, se recomienda introducir una dieta sana y balanceada que incluya: frutas, verduras, legumbres, pescados y lácteos principalmente.
Las consecuencias derivadas de la obesidad en los niños son entre otras, el incremento de la mortalidad por enfermedades cardiovasculares, diabetes, hipertensión, hipercolesterinemia, inadaptación social cuando sea mayor.
Se puede prevenir con la colaboración de los pediatras y nutricionistas. Y es fundamental conocer los hábitos alimentarios de los padres. Si son inadecuados, la intervención sobre la familia es el único medio para mejorar la dieta del bebé

Aunque existen individuos con cierta tendencia a ganar kilos de más, la mayoría de los niños con problemas de sobrepeso comen mal y acusan la despreocupación de sus padres por su alimentación. También hay que tener en cuenta que, en el colegio, el control paterno desaparece, y el niño puede administrar mal el poco dinero que recibe de sus progenitores, gastándoselo en chucherías, dulces y refrescos.
Los niños que van regularmente al pediatra tienen menos riesgo de sufrir obesidad, ya que el médico es capaz de detectar desde el principio pautas de salud que pueden desembocar después en un problema de sobrepeso. Por su parte, la adolescencia se caracteriza por ser un momento crucial en el desarrollo físico: en esta etapa también se dan muchos casos de obesidad, ya que muchos jóvenes reducen la cantidad de horas que dedican al día al ejercicio físico y padecen una importante revolución hormonal.

Un poco de ayuda paterna

Si para una persona adulta es difícil adaptarse a dietas estrictas de 1.500 calorías, en las que sólo se puede comer verdura hervida, pollo a la plancha y queso fresco, la frustración en un niño es mucho mayor, sobre todo cuando todos sus amigos pueden disfrutar de los alimentos y chucherías que a él se le niegan. Los padres, en estos casos, se convierten en 'los malos de la película'.

Una opción muy saludable es acompañar al pequeño en su esfuerzo contra los kilos con una dieta similar, además de permitirle de vez en cuando algún capricho. Compartir con él una alimentación sana y equilibrada no sólo le dará confianza, sino que le servirá de ejemplo. El truco para que no se desanime está en que si, por ejemplo, un día se salta la dieta por cenar pizza con los amigos, pueda compensar el exceso de calorías al día siguiente

Los refrescos gaseosos de fruta o cola son otro de los compañeros habituales de los más jóvenes. En Estados Unidos, las autoridades escolares de Los Ángeles decidieron prohibir recientemente este tipo de bebidas en las dispensadoras de comida de los centros docentes como medida parcial para atajar el problema de la obesidad infantil. En otros estados americanos como Texas han eliminado directamente las máquinas con chocolatinas, aperitivos de patata y bollería.
Los refrescos carecen de valor nutritivo y tienen exceso de azúcares, por no mencionar que el gas no es el mejor aliado del estómago. El agua mineral, los zumos, la leche y batidos son la mejor opción a la hora de saciar la sed fuera de casa.
Por su parte, las galletas y el pan son excelentes fuentes de hidratos de carbono, muy necesarios para el organismo. Sin embargo, no conviene abusar de su consumo. Serán mucho más beneficiosos si le incorporamos una buena ración de fibra, así que optaremos siempre por productos integrales. En el caso de las galletas, existen variedades integrales deliciosas que no decepcionarán el paladar de los niños más golosos.

Es muy importante habituar a los pequeños a comer verdura y fruta. Son, por lo general, productos hipocalóricos, ricos en vitaminas, minerales, y, en el caso de la fruta, con cantidades moderadas de carbohidratos y azúcares. Además, el sistema digestivo lo agradecerá gracias a su importante contenido en fibra, fundamental para combatir el estreñimiento.

El menú más idóneo para un niño puede ser similar al que te proponemos. Lleno de alimentos ricos en nutrientes y que no suponen un suplicio para los niños a la hora de comer, ni siquiera para aquellos que tienen más apetito. No puede faltar el calcio para unos huesos en pleno desarrollo: los productos lácteos desnatados proporcionan todos los minerales de la leche, pero carecen de grasa. El queso, aunque es graso, tiene abundantes minerales y permite saciar el hambre a media mañana o por la tarde.

El aceite de oliva en crudo es fundamental para el sistema cardiovascular y el pan, rico en carbohidratos, importante para proporcionar energía. No está de más variar las tostadas con margarina y mermelada por unas tostadas con aceite de oliva para desayunar
Por otra parte, es muy importante introducir las legumbres en la dieta infantil, aunque muchos niños suelen rechazarlas. Debemos insistir en ello puesto que son tan energéticas como la carne, pero a la vez bajas en grasas. Además, suministran cantidades elevadas de minerales imprescindibles para el desarrollo como el hierro y el calcio.

La proteína puede venir de pescados, carnes o huevos. Evitaremos abusar de los empanados y fritos. La carne y el pescado se puede comer a la plancha, o aderezado con ajo y perejil; mientras que los huevos se pueden degustar cocidos en ensaladas o bocadillos y en tortilla francesa.

Para finalizar, aunque es bueno aplicar este tipo de dieta a todos los niños, es conveniente ajustarla fundamentalmente en casos de obesidad. Cada persona tiene sus propias necesidades calóricas y se dan casos de niños inquietos que no engordan nunca porque gastan todas las calorías que ingieren. En los casos de incipiente obesidad, como siempre, lo mejor es seguir el asesoramiento del médico o de un especialista en nutrición y dieta
Esta es una información para ayudarlos a conocer algunas de las precauciones que se puedan tener con sus hijos; pero siempre se recomienda que sea un especialista quien los orienta para de esta manera poder a tiempo prevenir y tratar con precaución cada caso

Es común que se piense que la obesidad será transitoria y tan solo una expresión del crecimiento y desarrollo del individuo, desafortunadamente esta opinión no solo es aceptada por la mayoría de las personas, sino por algunos médicos, que no le dan la debida importancia cuando la detectan.
La edad de aparición en 50 por ciento de los casos es antes de los dos años, el resto se observa en los periodos de mayor crecimiento, particularmente en la pubertad y adolescencia.
En práctica médica institucional como en la privada, cada día es más frecuente enfrentarse a niños y adolescentes, que generalmente provienen de clase media y alta.
La obesidad está asociada a 300 mil muertes por año. Aproximadamente un 80 por ciento de los adolescentes obesos lo seguirán siendo durante el resto de su vida, menos del cinco por ciento de los adultos que pierden peso son capaces de mantenerse en su peso ideal durante cinco años después del tratamiento y seis por ciento recupera el peso perdido en los primeros seis a doce meses.
La obesidad contribuye entre otras causas a incrementar la mortalidad por enfermedades cardiovasculares, diabetes mellitus, alteraciones esqueléticas, hipertensión arterial, hipercolesterolemia e inadaptación psicosocial entre las más importantes.

¿Causas por las que un niño puede ser obeso?

La obesidad durante la infancia y adolescencia es el resultado de una compleja interacción entre los factores genéticos, psicológicos, ambientales, y factores socioeconómicos.
Factores como el estado de salud y el ambiente en que se desarrolla el niño, juegan un papel principal en la génesis de la obesidad.
Factores predisponentes para que un niño se convierta en obeso son: que los padres sean gordos, inadecuados hábitos de alimentación en la familia, es más frecuente cuando la madre es la obesa, en virtud de que ella es la que convive mayor tiempo con el niño.
Actitudes sedentarias como comer golosinas delante del televisor, en el automóvil y durante los juegos de salón o de mesa la favorecen.

¿Cómo se manifiesta la obesidad?

La creencia de los padres y de algunos médicos de que el lactante obeso es sinónimo de salud es falsa. Inicialmente el aumento de peso es paulatino y progresivo, los padres están contentos porque su hijo se ve sano, después regordete y por último gordo cuando ya sobrepasó el 20 por ciento de su peso ideal.
Son niños por lo general pasivos, reprimidos, tímidos, su gran apetito obedece a una actitud de escape, comen de manera compulsiva, tienen bajo rendimiento escolar y deportivo. Su tez rubicunda, rolliza o rechoncha.
¿Puede afectar psicológicamente la obesidad a mi hijo?
Sí, la capacidad del niño para discriminar entre el hambre y otras necesidades o afectos se desarrolla en la experiencia recíproca al lado de su madre. Cuando la madre alimenta al niño en respuesta a demandas que no son nutricionales, como ternura, enojo o miedo, él no podrá diferenciar entre lo que es el hambre y estar molesto. Esto provocará una sobrealimentación y la confusión ante las demandas afectivas del niño, que no le permitirán tener una claridad de sus necesidades, lo que generará mayor inseguridad.
El niño y adolescente obesos muestran poca tolerancia a las actitudes de sus compañeros y familiares en relación con su aspecto y aceptación, muy pronto se sienten marginados y rechazados, los insultos de sus compañeros pueden ser destructivos.
Esta condición se exacerba en los adolescentes en los que coincide con los cambios físicos propios de su edad. Ser obeso o tener ligero sobrepeso, está fuera de moda.
El cuerpo obeso puede representar una protección, un caparazón, una barrera o una máscara como defensa para protegerse de su inseguridad, dependencia y ansiedad.

¿De qué forma se puede prevenir la obesidad en tu hijo?

A través de modificar los hábitos nutricionales de la familia, principalmente en los padres, quienes a pesar de no ser obesos deben vigilar estrechamente la alimentación de sus hijos y limitar el consumo exagerado de alimentos. El ejemplo de qué alimentos, cómo y cuándo es la mejor forma para educar a los hijos. Ya que compartir los alimentos constituye una actividad social y trascendente en la relación familia, esta oportunidad debe aprovecharse para prevenir la obesidad infantil y evitar llegar al tratamiento que es muy complejo y prolongado.
Alimentar adecuadamente a los niños desde su nacimiento y durante los primeros años de vida, es la mejor forma de impedir que aparezca la obesidad. Desde los primeros meses de la vida se identifican los sabores, se conocen los alimentos, sus texturas, se adquieren los hábitos de alimentación, se marcan los gustos y las preferencias por los alimentos.
Mediante la alimentación al pecho materno (libre demanda) el niño consume lo que necesita, mientras que con el biberón se tiende a alimentarlo de más, lo que puede ser el inicio de la obesidad y un mal hábito.
La adecuada introducción de alimentos diferentes de la leche materna entre los cuatro y seis meses de edad es indispensable para prevenir la obesidad, iniciar con un solo alimento; ofrecerlo por dos o tres días seguidos para conocer su tolerancia; no mezclar alimentos; no forzar su aceptación; ofrecer primero los sólidos y después los líquidos; incrementar progresivamente la cantidad ofrecida; promover el consumo de alimentos naturales, prepararlos sin la adición de condimentos y especies; ofrecer alimentos en textura adecuada para la edad, primero papillas, seguidas de picados y trozos. Hay que recordar que la alimentación es un hábito por lo que deberá adaptarse al horario y al menú familiar, lo que favorece socialización y aprendizaje.
Durante los dos primeros años de vida se genera en los niños el hábito alimentario, a través de cómo, cuándo, dónde y con quién se come.
Reglas para la alimentación, como horarios fijos específicos para los tiempos de comida, determinar el lugar para el consumo de alimentos, indicar cuál es el comportamiento que se debe tener en la mesa, promover una masticación adecuada y marcar el tiempo disponible para el consumo de alimentos, entre otras, serán las bases de los hábitos de alimentación.
Utilizar algunos alimentos y principalmente las golosinas como premios no es conveniente, ya que se encuentran fuera de las reglas, esto puede originar que el niño empiece a tener una preferencia marcada por estos alimentos, al relacionarlos con actos y conductas que ante sus padres fueron positivos.

Ahora señalaremos su tratamiento y la importancia de la participación de los padres en el manejo integral del niño obeso.
¿De qué manera pueden los padres participar en el tratamiento de la obesidad de sus hijos?
Ante la sospecha de sobrepeso en su hijo debe consultar al médico lo antes posible, quien a su vez se apoyará en el endocrinólogo pediatra, nutriólogo, paidopsiquiatra, gastroenterólogo pediatra y psicólogo, para manejarlo integralmente.
Se aconseja vigilar que el niño al bajar de peso no presente alteraciones en su crecimiento y desarrollo, no causarle alteraciones metabólicas, disminuir el apetito y tratar de evitar los problemas psicológicos, objetivos todos ellos que se persiguen durante el tratamiento.
Una forma práctica para lograrlos es a través de los siguientes pasos:

  1. Educar a su hijo y modificar los hábitos alimentarios familiares, no es tarea fácil, sin embargo se pueden utilizar diferentes técnicas que lo harán más sencillo, y que a continuación recomendamos:

    1. Control diario. Consiste en que el niño lleve un registro semanal del consumo de alimentos, especificando la cantidad de cada uno de ellos, así como la actividad física que realiza y por cuánto tiempo.
    2. Evitar las actividades que condicionan el consumo de alimentos fuera de los horarios de comida, como el ir de compras al supermercado antes de haber comido, tener botanas. Consumir alimentos que por costumbre se acompañen de otros hipercalóricos, como hamburguesas con papas y refresco, pizzas, hot dogs y especialmente lo que se conoce como "comida rápida". Comprometer al niño en la observación de su dieta y actividad física, lo hará más responsable y consciente de su problema.
    3. Modificar los hábitos dietéticos: Es la etapa más difícil de lograr, ésta puede conseguirse al reforzar los buenos hábitos, como la masticación, el comer despacio, disminuir la cantidad de alimentos, balancear la dieta, evitar las golosinas, tomar agua en lugar de refrescos, no realizar otra actividad simultánea como ver la televisión o distraerlo con juguetes, cambiar los hábitos de toda la familia, plantear metas semanales para evaluarlas e incrementar la actividad física diaria.
      Durante el tiempo que el niño esté bajo un régimen dietético y acuda a un evento infantil (fiestas, kermesse, etc.) deberá recomendarle que podrá comer y reforzar su conducta ante cualquier circunstancia social, a través de felicitarlo por su comportamiento y premiarlo con un estímulo afectivo.
  2. Dieta adecuada para su etapa de crecimiento y desarrollo.: Bajo prescripción médica se aportarán los requerimientos calóricos diarios del niño, de acuerdo a su etapa de crecimiento y desarrollo. Es conveniente sugerir los alimentos que habitualmente se consumen y particularmente aquellos que más le agradan al niño, así el médico podrá seleccionar de ellos aquellos que sean adecuados para la nueva dieta.
    En la medida de lo posible y de acuerdo con su edad individualizar la dieta, fraccionarla en las comidas del día y de preferencia con el sistema de intercambios para elegir alimentos. Recordar que la prescripción dietética es sólo una parte del tratamiento nutricional.
    Las dietas muy bajas en calorías no están indicadas para niños ni adolescentes, generalmente son dietas que se emplean por periodos muy cortos y que no modifican la conducta alimentaria, lo que tampoco se recomienda en niños. No olvidar que el niño pertenece a un entorno social en el que la alimentación juega un papel trascendental.
    Los malos hábitos alimentarios de los padres los aprenden los hijos, agregar sal antes de probar los alimentos usar azúcar en exceso, condimentos, salsas y aceites, son algunos de los ejemplos que durante las comidas del día, el niño adquiere, inicialmente por imitación y que posteriormente repite, lo que generará un mal hábito para su vida futura.
  3. Ejercicio rutinario: Este favorece el gasto de energía y contribuye a disminuir de peso. Incorporar al niño y adolescente a la actividad física diaria es un principio indispensable. Se recomienda que esta actividad la realice acompañado de los padres, hermanos o amigos con una frecuencia de 3 a 5 días por semana, iniciarlo con una duración de 15 minutos e incrementarlo hasta una hora. Actividades como caminata, natación, ciclismo, o bien, algún deporte de interés y diversión para el niño como jugar futbol o patinar son siempre un ejercicio. Por otra parte, se debe propiciar la actividad física diaria en casa, tratar de caminar más, subir escaleras en lugar de utilizar elevador y andar en bicicleta. Disminuir las actividades sedentarias por largos periodos, como son ver televisión, usar la computadora y juegos de video.
  4. Participación de los padres: Esta es la acción más importante de todo el tratamiento. De los padres depende en gran medida el tipo, cantidad y la preparación de los alimentos que comerá el niño. Es muy útil modificar los hábitos alimentarios de toda la familia, no comprar alimentos que el niño no puede consumir, utilizar platos pequeños, ofrecer porciones pequeñas, mantener los alimentos fuera de la vista del niño y educar con el ejemplo.
    En ocasiones los padres condicionan indirectamente la obesidad de sus hijos, al ofrecer alimentos para distraer la atención de los niños, les brindan golosinas en los momentos en que están "ocupados" y no pueden atenderlos o los premian con pasteles, dulces, chocolates y helados.
    Convivir durante la alimentación del niño, poner límites y compartir los alimentos en familia, favorece el instituir buenos hábitos.


A partir de la edad escolar es conveniente hacer responsable al niño de seguir las recomendaciones de la dieta, siempre supervisado por los padres, quienes deben estar convencidos y de mutuo acuerdo con todas las medidas que se llevarán a cabo para alcanzar el éxito del tratamiento.
"Recordar que la alimentación es un hábito que se adquiere en el seno familiar"

*Subdirector de Asistencia Médica
**Supervisora de Nutrición SEP.