Jueves, diciembre 08, 2016

MIS SIETE VOTOS

VIRGEN MARIA

Tan grande es nuestra poquedad y miseria que na­da podemos, valemos, ni somos, y que aún eso mínimo que parece ofrendamos a Dios, al fin y al cabo resulta que no son obras nuestras sino dones exclusivos del Al­tísimo, y a nosotros no nos queda sino la vergüenza de haber correspondido tarde y mal a los beneficios del Cie­lo.

Así ha pasado con los siete Votos que actualmente me ligan a la Santísima Virgen y que los menciono aquí, para recordar de ellos, no como obras meritorias mías, sino como dones de Dios a lo que he correspondido tan mal, aunque tengo la resolución de ser en adelante más agradecido con Dios y más fiel en el cumplimiento exac­to de esos sagrados compromisos con la Reina del Em­píreo. Los apunto aquí, pues, me ha acontecido ya, que con el transcurso del tiempo he llegado a olvidar algu­nos de mis compromisos con Dios o la Santísima Virgen, o recordarlos solamente en confuso; mientras que, cuando esos mismos compromisos están escritos, con sólo tornar a leerlos se refresca su memoria cual Si los hiciera por primera vez. Muchísimas veces he estado resuelto a poner por escrito estos votos, pero me ha im­pedido hacerla el temor de que este escrito pudiera caer en manos extrañas y se enteren del interior de mi alma; mas al fin veo claro que mayor provecho resulta a mi alma de que estos votos estén escritos y no confiados sólo a la memoria que es tan inestable y frágil.

Primer Voto, el de Castidad.- El primer Voto con que me ligué al servicio de la Santísima Virgen, de mo­do estable y perpetuo, fue el de Castidad. Tenía yo la edad de nueve o diez años, cuando lo hice, ante el al­tar de Nuestra Señora de la Luz, esto es, ante la precio­sa imagen de la Virgen Santísima de esta advocación, que se venera en el retablo principal del templo del Co­razón de Jesús, de esta ciudad. Yo frecuentaba mucho esa iglesia, porque me confesaba, en ella, con uno de los señores León que eran los capellanes de ese peque­ño santuario. Como ese voto lo hice tan niño, siendo, como he dicho, de nueve años, más o menos, no sabía, por entonces, bien a qué me había comprometido ni las obligaciones de este voto; y como nunca lo he puesto por escrito, sino ahora, por primera vez, no tengo ideas c. aras de ese compromiso. Lo que recuerdo con toda claridad es: 1º que ese voto lo hice a la Santísima Vir­gen, consagrándome por siervo suyo hasta la muerte; 2º que por ese voto me obligué a no casarme jamás con nadie; y 3º que desde ese día me he considerado siem­pre, coma que yo soy propiedad y cosa exclusiva de la Santísima Virgen que es no solamente mi Reina y mi Madre, sino mi dueña exclusiva. Algunos años más tar­de, siendo estudiante de teología y conociendo la exten­sión y las obligaciones propias de ese voto, ratifiqué el que había hecho de niño, pero ya en forma de Voto de perfecta y perpetua Castidad. Probablemente esto lo he de haber hecho con aprobación y conocimiento de mi confesor, pero ahora no lo recuerdo; lo que sí he adver­tido de modo muy claro es que, por ese Voto, la Santí­sima Virgen me ha acogido por hijo suyo y me ha dis­pensado, en todo tiempo, la protección más eficaz y po­derosa. Más que todos los demás votos, éste es el que, como una cadena de oro, me ha atado siempre de modo fortísimo e indisoluble al amor y servicio de la Santísima Virgen.

Mi Voto de Consagración perpetua a la Santisima Virgen.- Era yo alumno externo (que jamás fui interno en ningún colegio) de los RR. PP. Jesuitas, y me confe­saba con el Padre Domingo García. Este religioso, co­mo confesor mío que era, me instaba constantemente a que yo hiciera voto perpetuo de consagrarme a los Co­razones Santísimos de Jesús y María; yo lo rehusaba siempre, porque quería pertenecer a la Santísima Vir­gen por el voto de castidad y nada más. Pero de tal mo­do me instó el Padre y casi me obligó, que al fin accedía sus insinuaciones y, en manos del mismo Padre, mi confesor, hice Voto de perpetua Consagración .a los Co­razones Santísimos de Jesús y María, obligándome por él, bajo pecado, a trabajar en la propagación del culto a estos Corazones Santísimos, sea de palabra, sea de o­bra, ya por medio de exhortaciones, pláticas o simples conversaciones, ya distribuyendo estampas, medallas, impresos, etc., etc.: doce actos de esta clase, u otros semejantes bastan en el curso de cada año, para dejar cumplido el voto. Me parece que, con la gracia de Dios, así lo he practicado hasta ahora y tengo intención de practicarlo hasta el fin de mi vida. Este voto que es lar­gamente explicado en varios devocionarios piadosos y es reconocido con el título de "Tesoro de verdadera san­tidad" es facilísimo de ser practicado por los sacerdo­tes, para quienes, ciertamente puede convertirse en fuen­te de preciosísimas y celestiales bendiciones.

3°. Mi voto de Amor a la Santísima Virgen.- Estan­do ya consagrado perpetuamente con voto a los Corazo­nes Santísimos de Jesús y María, como lo refiero en el párrafo anterior, sentía interiormente que la gracia de Dios me apremiaba a perfeccionar esta consagración, o­bligándome con otro voto que no sería sino el comple­mento del anterior, a amar al Corazón Santísimo de Je­sús sobre todas las cosas y a la Santísima Virgen sobre todas las criaturas. Me halagaba muchísimo la idea de poder realizar este compromiso, pero me arredraba la consideración de mi miseria. Algunos años luché con la gracia que me estrechaba fuertemente a hacer este voto y el temor de faltar a él que me quitaba serenidad y valor para hacerla. Finalmente, siendo ya sacerdote, por más de diez años, el veinte y uno de Septiembre de mil ochocientos noventa y uno, hice, durante una Misa que celebré en el altar de nuestra Señora de las Merce­des Mi voto de amor a Dios sobre todas las cosas y a Maria Santísima sobre todas las criaturas, esto es, des­pués de su divino Hijo, obligándome: 1º a no cometer ja­más deliberadamente un pecado mortal que es lo que extingue la caridad de Dios en el alma; 2º a ejercitarme frecuentemente, por lo menos unas dos veces al día en actos de amor a Dios. La primera obligación bajo pecado mortal, de modo que, si alguna vez tuviese la desgracia de incurrir en él, ese pecado mortal sería una doble ofensa a Dios, por ser, primero contra la ley de Dios y segundo; contra el voto. La se­gunda obligación del voto, esto es la de ejercitarme dia­riamente en actos de amor a Dios me he comprometido a llenarla bajo el reata de fidelidad a Dios, pero no ba­jo pecado. En cuanto a la otra parte del voto, me he o­bligado igualmente bajo pecado mortal y a ejercitarme diariamente en actos de amor a esta dulcísima Reina y Madre mía, siquiera unas doce veces cada día; pero es­to último, no bajo pecado, sino sólo bajo reata de fide­lidad.

Estos votos los hice con expresa autorización y a­probación de mi confesor.

Mi Voto de Inmolación.- Los tres anteriores, en vez de asustarme, me llenaban de santo júbilo, pero el Vo­to de Inmolación me ha aterrado siempre y sin embargo, me sentía fuertemente impulsado a hacerlo, no por mí mismo, sino por una fuerza extraña que no podía venir sino de la gracia y esto desde que era yo seglar. Sien­do ya sacerdote, un religioso dominico y de notable mérito en su orden, con quien me confesé por una vez sola en mi vida, pero a quien nada dije acerca de estas dis­posiciones interiores de mi alma que le debían ser to­talmente desconocidas, sin una luz de lo alto, ex abrup­to, me impuso por penitencia sacramental que me con­sagrara yo por víctima al Sagrado Corazón. Esto me asustó grandemente y sin decirle nada de mi interior aunque aceptando el consagrarme por víctima al Sagra­do Corazón y a la Santísima Virgen, rogué al confesor que me cambiara la penitencia sacramental, pues no que­ría así ser víctima expiatoria de mis propios pecados, sino víctima del puro amor a Dios. El Padre escuchó be­nignamente mi súplica y me cambió la penitencia. Pero, desde entonces, conocí clarísimamente que aunque era yo totalmente indigno de ser consagrado a Dios como víctima, era su voluntad santísima que le hiciera esta consagración. Consulté pues el caso con otros confesores y todos me dijeron que en verdad era asi. No podía después de esto dudar que Dios me exigía este sacrificio. Pedí a Dios viniera en mi auxilio con su gracia, y me preparé del modo que pude para realizar lo que Dios exigía tan manifiestamente de mí. Al fin, el día 19 de Septiembre de 1890, fui con esta intención a celebra la Santa Misa en la Iglesia o Capilla del Corazón de María y allí, a los pies de la santa imagen de este título y durante el divino sacrificio de la Misa, hice a Dios y a su Madre Santísima, Mi Promesa de Inmolación. A regresar al Convento de la Merced, noté que, en mi celda de habitación había, alguien, colocado en mi mesa de trabajo, ante una pequeña imagen de la Santísima Virgen que siempre he tenido conmigo, un hermoso lirio morado recién entreabierto; me sorprendió esto no poco, porque jamás nadie había hecho antes conmigo este acto de atención totalmente inusitado en el Instituto por lo cual tomé esto como indicio de que la promesa que acababa de hacer había sido del agrado de la Santí­sima Virgen y, efectivamente, nunca jamás he llegado a saber quién haya puesto esa flor en mi pieza. Desde entonces he cogido y tengo al lirio morado por emblema o símbolo de mi voto de inmolación.

Por último, el día 21 de Noviembre de 1891, fiesta de la Presentación de la Santísima Virgen en el templo, junto con los votos antes referidos de amar a Dios so­bre todas las cosas y a la Santísima Virgen más que a todas las criaturas, después de su divino Hijo humanado, hice también, durante la Santa Misa, en la iglesia de la Merced, mi Voto de inmolación al Santísimo Cora­zón de Jesús, ofreciéndome por víctima suya, para que me sacrifique y me consuma, como sea de su divino a­grado y en aras de su divino amor, y, también, de inmo­ larme y sacrificarme por la mayor gloria del Corazón ma­ternal y purísimo de María. La explicación de este voto consta del papel firmado en esa misma fecha con mi sangre; en ese papel digo que "me obligo, bajo peca­do mortal, a hacer, aunque me cueste la vida, lo que mi prelado o mi confesor me mandaren, bajo precepto de obediencia, cosa que sea de la mayor gloria del Corazón. Santísimo de Jesús, o de la mayor gloria de la Santísi­ma Virgen". Pero, aunque en último resumen esta es la mayor obligación de este voto, su espíritu es que debo hallarme siempre listo a ser sacrificado del modo que la Voluntad divina quisiera disponer de mí, a mayor glo­ria de Dios y de su Madre Santísima. De hecho, en la presente Cuaresma, el Ilmo. Sr. Obispo Hermida me en­cargó dar unos días de ejercicios, en la Iglesia de la Ca­tedral, para preparar a los fieles de esta ciudad, a pre­pararse a renovar su Consagración al Divino Corazón de Jesús, con motivo de la conclusión del año jubilar o quin­cuagésimo de la Consagración de nuestra República a este divino Corazón; y, aunque me sentía enfermo, acep­té gustoso el encargo de Su Ilma., y dí los ejercicios en cumplimiento de mi Voto de Inmolación.

5º --- Mi Voto de perpetua Esclavitud hecho a la San­tísima Virgen.- Consta este Voto de la siguiente es­quela firmada de mi mano y que la conservo hasta hoy: -"En Cuenca, a veinte y uno de Octubre de mil ocho­cientos ochenta y ocho, domingo, Fiesta de la Pureza Virginal de María Santísima.- En testimonio, de mi absoluta y perpetua Consagración a María y de que todo mi ser es propiedad exclusiva suya, renuevo en este día mi Voto de perfecta Castidad y me doy y entrego a Ma­ría Santísima no sólo por esclavo, sino por cosa y pro­piedad suya en tiempo y eternidad. - Julio Matovelle".

Mas, como en el voto de esclavitud no consta obli­gación ninguna proveniente del mismo, para precisarlo de modo bien claro y determinar las obligaciones en fuerza del voto, resolví que mi Voto de Esclavitud y per­petua Dependencia de la Santísima Virgen se resolviese en el Voto de Perseverancia hasta la muerte en la Con­gregación de Sacerdotes Oblatos; de suerte que, precisamente, en cuanto soy esclavo de la Santísima Virgen, estoy obligado a servirla en su casa, esto es a perseve­rar hasta mi muerte en la Congregación de Oblatos (que es casi como esclavos) de los Corazones Santísimos de Jesús y María. En consecuencia, hice, primeramente, de un modo público, mi voto de perseverancia en dicho Ins­tituto, entonces, no solamente con aprobación de mi con­fesor, sino con autorización del Ilmo. Sr. Pólit, Obispo de la Diócesis, hice, no yo únicamente, sino con otros varios miembros del Instituto, voto de perseverancia en él hasta la muerte y los votos anuales de pobreza, cas­tidad y obediencia, el veinte y dos de Agosto de mil no­vecientos nueve, en la octava de la Fiesta de la Santísi­ma Virgen, esto es de su Asunción gloriosa a los cie­los, como consta del Libro de Profesiones de la Congre­gación. Estoy, pues, obligado a perseverar hasta mi muerte, en dicho Instituto, por haberme consagrado por esclavo a la Santísima Virgen y todo esto bajo reata de pecado mortal.

Mi Voto de profesar y defender, si es necesario con el sacrificio de la vida, la creencia católica de la A­sunción de la Santísima Virgen en cuerpo y alma a los Cielos. - Este voto lo hice en la Fiesta de la Asunción de la Santísima Virgen, de 1898, obligándome, además, bajo pecado mortal, a hacer cada año algún esfuerzo, al­guna gestión, alguna publicación o cualquier otro traba­jo, por mínimo que sea, que tienda a alcanzar de la San­ta Sede la pronta definición de ese dogma o a difundir entre los fieles una devoción más marcada y fervorosa a la Asunción de la Santísima Virgen o, por lo menos, a hacer conocer mejor esta creencia entre los fieles. Un sermón, una plática, una exhortación cualquiera o un escrito por la prensa, relativamente a este misterio, he­chos una sola vez en el año, basta para que quede cum­plido este voto; y así se ha realizado hasta hoy, con la gracia de Dios. Esta es la letra o la obligación estricta de este voto; pero su espíritu está en que se profese una fervorosa devoción a este misterio de la Santísima Virgen y se procure sacar como fruto de esta devoción, un deseo ardiente de vivir constantemente preparados a la muerte y resignados a la voluntad de Dios, a imitación de la Santísima Virgen en su Tránsito glorioso.

7º. Mi Voto de compadecer y acompañar a la Santísima Virgen en sus Dolores.- Siendo esta mi devoción fa­vorita y considerándome como hijo de los Dolores de es­ta Madre incomparable, era forzoso que rindiera mi plei­to homenaje a este misterio tan tierno y conmovedor de la Reina del cielo. Desde niño, de edad de seis o siete años, cuando más, ofrecí a la Santísima Virgen rezarle cada día, hasta mi muerte, siete Ave Marías en honra de sus siete Dolores y, con la gracia y auxilio de Dios, lo he cumplido fielmente hasta hoy; si alguna vez he deja­do, quizás, de hacerla, habrá sido sin advertirlo y por ol­vido involuntario; lo que es voluntariamente, jamás con la gracia de Dios. Desde hace muchos años, a las Ave Marías por los Dolores de la Santísima Virgen, he aña­dido rezar, diariamente también, otras siete Ave Marías, en honra de las siete principales estaciones de la So­ ledad de la Santísima Virgen y, además, el himno o se­quencía del Stabat Mater Dolorosa; lo cual, desde enton­ces hasta hoy, he cumplido, también exactamente, auxi­liado por la gracia divina. Sobre todo esto, no recuerdo en qué tiempo ni en qué año, hice a la Santísima Virgen el Voto, pero solamente bajo pecado venial, de rezar dia­riamente hasta mi muerte las siete Ave Marías, antes indicadas en honor de los Siete principales Dolores de la Reina del cielo; Ave Marías que van precedidas, cada una, de una estrofita en verso en que se menciona cada Dolor, separadamente; estrofitas que las aprendí cuando niño y que las recito hasta el día de hoy. Esta es la ca­dena de oro con que estoy atado de modo irrevocable y para siempre, a la cruz y a la Santísima Virgen.

Fuente: www.oblatosdematovelle.com