Miércoles, diciembre 07, 2016

MIS SACRAMENTOS

LA RECEPCIÓN DE LOS SACRAMENTOS AL AMPARO DE LA VIRGEN SANTISIMA

Virgen María

Tuve la dicha de nacer en una de las fiestas más grandes de la Virgen Inmaculada, la de su Natividad glo­riosa y al acercarse la solemne proclamación del hermo­so dogma de su Concepción Inmaculada, esto es, el ocho de Septiembre de 1852.

 

Dos días después fui bautizado en la iglesia parroquial del Sagrario o sea el templo de la Compañía de Jesús que no existe ya al presente. Siendo de no poco consuelo para mí el que haya sido bautizado en esa iglesia, pues en ella establecieron los antiguos Jesuitas, en el siglo XVIII, la primera, grande y célebre Congregación de Nuestra Señora de los Dolores que ha habido en Cuenca. Junto al bautisterio, donde tuve la dicha de recibir la gracia de la generación espi­ritual, se veneraba en aquel templo un lienzo hermoso de Nuestra Señora de los Dolores, propiedad de los antiguos Jesuitas; de modo que la Madre de los Dolores fue la que me tomó en brazos al presentarme a las fuentes bautismales y, a la sombra de esta Madre dulcísima, nací a la vida de la gracia.

Era costumbre en mi familia consagrar a todos los niños a una imagen determinada de la Virgen Santísima; yo me consagré al Corazón Purísimo de María, en la pia­dosa capilla de este título, que existe en Cuenca, fuera de la ciudad, cerca de San Blas. Como esta capilla per­tenecía a una familia muy amiga de la mía, era ese pe­queño templo el que yo frecuentaba más a menudo que en ningún otro de la ciudad; en él asistía a las fiestas religiosas, la misa y el trisagio de la Santísima Trinidad que, con el Santísimo expuesto, se celebraba todos los domingos; fiestas cuyo recuerdo dulce y poético vive impreso en lo profundo de mi alma. Una persona pia­dosa que habiendo sido mi nodriza, cuidaba a veces de mí, cuando niño, concurría a esa humilde capilla todos los sábados para adornar con flores el altar del Corazón Purísimo de María. ¡Qué grato me era entonces ir tam­bién yo con mis pobres ramilletes de romero, albahaca, claveles, rosas y azafranes, a cooperar, a mi modo, al adorno del templo de mi Madre dulcísima! Hasta las flores ya marchitas y secas caídas de su altar, tenían para mí un encanto especial y me las guardaba por mu­chos días. La capilla del Corazón de María era para mi el Paraíso y el Tabor. De aquí proviene la devoción par­ticular que he profesado desde niño y profesaré hasta mi muerte al Corazón Santísimo de la Virgen; de lo cual tendré ocasión todavía de hablar más adelante.

Hallándose, cierta vez, mi nodriza enferma de muer­te, de la capilla antedicha le llevaron, por un favor espe­cial, la pequeña escultura que representaba el Corazón de la Virgen, atravesado por una espada, arrancándolo del pecho de la estatua de María. Fue cosa admirable, porque hallándose la enferma ya desahuciada del médi­co, en el mismo día que la llevaron aquella insignia pre­ciosa, principió a restablecer de su mal y, a poco, estu­vo enteramente sana. Esta fue la primera muestra de protección particular, por no decir el primer milagro de la Santísima Virgen presenciado por mí, en mi vida.

La primera comunión la hice, siendo niño de nueve años, en el templo de Santo Domingo de esta ciudad, ante un altar lateral donde era singularmente venerada Nuestra Señora del Rosario, representada en el hermo­so lienzo que hoy está suspendido en el presbiterio de dicha iglesia, al lado del evangelio. Mi maestro de es­cuela, bajo cuya dirección aprendí las primeras letras y que ahora es el digno y Vble. Sr. Canónigo Dr. Dn. Ma­nuel María Cuesta, me enseñó entre otras cosas la de­voción del santo Rosario; y como la escuela donde me eduqué estaba situada en una de las celdas del antiguo y ruinoso convento de Santo Domingo, mi infancia trans­currió al amparo de Nuestra Señora del Rosario y al ca­lor de esta devoción preciosa. Fue, pues, para mí una gracia no pequeña hacer mi primera Comunión en una fiesta del Rosario y ante un altar de esta Virgen sobe­rana.

El sacramento de la Confirmación lo recibí (y lo re­cuerdo muy claramente) en el templo de San Sebastián, siendo yo niño de cuatro años, poco más o menos; me lo administró el Gobernador Eclesiástico de la Diócesis, que era el Canónigo Dr. Dn. Mariano Veintimilla. Fue pa­drino mío de confirmación el mismo Sr. Cura de San Sebastián, Dr. Vivar. Recibí este sacramento hermoso, ante el altar e imagen de Nuestra Señora de las Nieves, venerada hasta hoy en aquella iglesia. En la confirma­ción se me puso el nombre de María, agregándolo a los de José Julio, dados en el bautismo; advirtiendo que el nombre de María es el más propio de los que llevo, por haber nacido el ocho de Septiembre, fiesta de la Natividad de la Santísima Virgen y es por lo mismo el nom­bre que aprecio más que todos y hace toda mi gloria.

Fuente: www.oblatosdematovelle.com