Domingo, diciembre 04, 2016

MI VOCACIÓN

Mi Vocación al Sacerdocio

P. Jose Julio María Matovelle Maldonado

Mientras se aclaraban mis incertidumbres y vacila­ciones acerca de la elección de estado, Dios Nuestro Se­ñor me sacó, por una nueva gracia, de mi casa y familia y me condujo al retiro y la soledad para que allí conociese el estado de vida al que me llamaba. Hasta entonces había vivido con una hermana mayor a mí, que formaba casi toda mi familia. Haciendo un esfuerzo supremo, renuncié a mi casa, propiedades y familia, arreglé todos los asuntos de mis pequeños intereses, dejé a la herma­na y, el 15 de Octubre de 1878, me trasladé a vivir en el Seminario, como Profesor de Derecho Público de dicho establecimiento. Parece que el cielo exigió de mí este sacrificio, pues fue lo que decidió mi vocación sacerdotal y religiosa; y si no hubiese dejado mi casa, como lo hice, probablemente jamás hubiera abandonado el mundo ni consagrándome al servicio de los altares.

En el Seminario me dediqué con mayor empeño al estudio y a las prácticas de piedad, bien que sin conocer aún el género de vida que debía abrazar y vacilando siem­pre entre hacerme religioso en un claustro o quedarme seglar en el mundo. Elegí por director espiritual al Rvdo. P. Félix Grissart, uno de los más notables religio­sos redentoristas que ha vivido en Cuenca; y confieso que este religioso, más que ningún otro confesor de cuantos he tenido en la vida, hizo un bien inmenso en mi alma. Su dirección era sencilla pero ilustrada, dulce pe­ro firme y sostenida. Dios Nuestro Señor me lo propor­cionó en el momento oportuno; pues yo tomé a este Padre por confesor contra mi voluntad e inclinación y sólo por obedecer a un confesor mío anterior que, al despedirse para Europa, me dijo imperativamente: "Ud. se confesará con el Padre Grissart". Hícelo así sólo por obedecer y éste fue el ángel que el Señor me dio para ponerme en el camino de mi vocación sacerdotal.

Por este tiempo oraba con muchas instancias al Señor, suplicándole me ilustrase en el asunto tan arduo y difícil de mi vocación. Un confesor, el Padre Rodrigo, de la Congregación de Redentoristas, me había dicho: "Dios Nuestro Señor hará conocer a Ud. su vocación, pero será valiéndose de las tribulaciones y desengaños. Entonces, cuando menos piense Ud. en ello, conocerá con claridad qué es lo que Dios quiere de Ud." y así re­sultó efectivamente. ­

Hallábame engolfado en varios proyectos. Uno de ellos era ir a París, a estudiar en el Seminario de San Sulpicio, para allí estudiar mejor mi vocación. Y no era esto una mera fantasía, sino que en unión de otro ami­go (el Sr. Cornelio Crespo) nos dirigimos realmente al Superior de San Sulpicio y arreglamos todo lo relativo a nuestra permanencia en aquel célebre Seminario. Conservo hasta hoy la carta de contestación del venerable Superior de aquella distinguida Congregación. Los otros proyectos eran de ingresar entre los Carmelitas o Fran­ciscanos; pero a esto último oponíase mi confesor y yo mismo lo veía imposible por mi poca salud, a no ser que interviniese un milagro. El mundo, por otra parte, no dejaba de solicitarme con sus engañosas esperanzas.

Por aquel entonces se me hicieron propuestas de matrimonios, al parecer ventajosas; pero mis pensamientos y mis afectos estaban ya tan lejos de estas cosas que ni impresión hicieron en mi ánimo tales propuestas. Estaba ya firmemente resuelto a servir a Dios, en perfecta castidad, pero aún no sabía cómo ni dónde.

Mi soberano refugio, como siempre, era la Virgen Santísima. Se me había encendido por ese entonces la devoción a esta dulcísima Madre, de suerte que sólo en ella pensaba. Tenía un hermoso cuadro de Nuestra Señora de los Dolores, en mi pieza de habitación y, pos­trado ante esta santa imagen, imploraba el auxilio y pro­tección de la bondadosísima Reina., para acertar en el arduo asunto de mi vocación. Por la mediación de María Santísima logré en Mayo de 1878, decidirme a abando­nar definitivamente el mundo y a no vivir más en él, sino a abrazar el estado de religioso o el de sacerdote; restábame optar por uno de los términos de esta disyuntiva. El modo como esto lo hice, lo encuentro expresado en el siguiente apunte de mi vida íntima, escrito preci­samente la víspera de ingresar en la clericatura. Dice así:

"Concluiré este cuaderno de apuntes (de mi vida íntima), con la relación de los hechos que me ha determi­nado a abrazar la carrera eclesiástica, advirtiendo que escribo esto, cabalmente la noche anterior al día en que (por medio de la tonsura y las Ordenes menores y vistiendo ya el hábito) pude exclamar a Dios: Dirupisti vin­cula mea, tibi sacrificaba hostiam laudis et nomen Domi­ni invocabo. Dominus pars hereditatis meae et calicis mei.

"En medio de una niñez desgraciada (por mi com­pleta orfandad) y una juventud expuesta a los mil azares y peligros que ocasiona la misma orfandad, miré siem­pre el brazo de Dios que me conducía a altos fines (co­mo es la vocación sacerdotal), con amorosísima provi­dencia. Entregado a todas las luchas del corazón, ya me decidía unas veces a abrazar prácticas fervorosas de vir­tud, ya me lanzaba en las vías de perdición; mas por una gracia especialísima, nunca permanecí mucho tiempo ba­jo el yugo de la culpa. Un anhelo insaciable de gloria, fa­ma y amor devoraba mi corazón y he aquí, por qué me entregué ardorosamente al cultivo de las letras y la poe­sía y, un tiempo, a los devaneos de aquello que se lla­ma la culta sociedad. Más, en medio de los extravíos, la Iglesia Católica fue siempre mi norte; con el estudio de las bellezas de la Religión se extasiaba mi alma y me dije: es necesario para ser lógico ser cristiano en prác­tica no sólo en teoría; y me resolví abandonar definiti­vamente el mundo y entregarme del todo a las prácticas de virtud. ¡Mas, ah qué mal cumplo estos propósitos!

"Conocí pues que sólo Dios podía saciar todos mis deseos, y ser el único objeto de mi amor. El Santísimo Sacramento ha sido mi maestro, mi guía, mi confidente, mi amigo, mi Padre, mi Esposo y mi todo. María Santísima de los Dolores ha sido mi única Madre. Por esto los Corazones Santísimos de Jesús y María son los úni­cos dueños de mi ser, mi vida, mi alma y mi corazón; yo, me debo a estos Corazones Santísimos por toda la eternidad, como el esclavo se debe a su amo. ¡Cuántos secretos dramas guarda mi pecho! Por reparación. Por correspondencia de amor, debo ser apóstol de la devo­ción a los Sagrados Corazones, por toda la vida".

"Llegó el tiempo (el mes de Mayo de 1878) en que me decidí abrazar la carrera eclesiástica (aunque sin determinar si sería en un claustro o en el siglo); mas transcurrió un año y aún no sabía cuándo fijaría mi suer­te: todo se me mostraba tan lejos. Un viernes. 23 de Ma­yo de 1879, salí al campo, y nunca como entonces se me presentó más vivamente la sublime locura del Calvario. Mas he aquí, mientras yo estaba en el campo, vino im­provisadamente el Ilustrísimo Señor Obispo Toral al Colegio Seminario, donde esto escribía y notificó al Rector (que era el Sr. Deán Arévalo), de una manera decisiva y terminante, que dentro de pocos días debía ordenarme. Mas yo llevé a broma".

"El lunes siguiente, 26 de Mayo, día de mi gran Pa­trona, la Beata Mariana de Jesús, comulgué en la Capilla de Nuestra Señora de Lourdes (que tenían a su cargo los Padres Jesuitas) y me sentí animado de una gran fuerza para cualquier sacrificio. A las once del día recibo un llamamiento del Ilmo. Sr. Obispo, a palacio. Antes de salir a la calle, vaya la Capilla a pedir la bendición al Santísimo Sacramento, abro entonces el Kempis, y leo: Hodie est et cras nom comparet (Lib. 111. Cap. 36). Lle­gado donde el Señor Obispo, me estuve una hora con su Señoría Ilma. y fueron vanas todas mis representacio­nes, porque insistió invariable y decididamente en, que debía ordenarme de diácono dentro de pocos días, en las próximas Témporas de Pentecostés. Fuertemente impre­sionado salí de allí, con una ligera esperanza de poder evadirme de la resolución del Prelado; fui (con este pen­samiento) a la Capilla episcopal, me postré delante del Santísimo Sacramento, abrí otra vez el Kempis al acaso, como la vez primera y leí estas palabras: "Ego, inquit Dominus, docui Prophetas ab initio, et usque nunc non cesso omnibus /oqui; sed mu/ti ad vocem meam surdi sunt et duri. P/ures mundum libentius audiunt quam Deum: Faci/ius sequuntur carnis suae appetitum. Quam meum benep/acitum. Promittit mundus tempora/ia et par­va, et servitur ei aviditate magna: ego promitto summa et aetern, et torpescunt morta/ium carda" (Lib. 111 Cap. 3). Llego fatigado a mi habitación, y por consolar­ me abro al acaso el libro de los Evangelios y las prime­ras palabras que leo son éstas: Adolescens. tibo dico surge (Luc. VII., 14). ¿Podía ser esto nada más que una casualidad? Al día siguiente por la mañana, me levanto aún intranquilo, tomo otra vez el Kempis, abro a la ventura el libro y me hallo con el hermosísimo capitulo diez y siete del libro tercero que principia así: "Fili sine me tecum agere quod va/o; ego scio quid expedit tibi..." Basta: me dije entonces, ésta es la voz de Dios; sí, Dios mismo me está hablando por este libro, después de haberme hecho conocer su adorable voluntad por la voz de mi prelado. Los momentos de Dios son preciosos; si ahora no escucho dócilmente su llamamiento, seré probablemente reprobado para siempre y no volveré a escu­char otra vez la voz del cielo, señalándome el camino que debo seguir para arribar a la bienaventuranza eterna".

"Consulto en seguida a las personas más graves, especialmente a mi confesor, sobre este asunto y todos me aconsejan obedecer ciegamente al Sr. Obispo. A pe­sar de todo y valiéndome del mismo confesor, insisto cerca del Prelado, para que revoque su orden y es inú­til, porque permanece inflexible en su resolución de que debo ordenarme de Sacerdote. Basta, pues, me digo nuevamente: ésta es la voz de Dios.

"Pues es ya indudable que Dios Nuestro Señor me llama para que sea sacerdote suyo, a pesar de mi indig­nidad y de toda mi resistencia, he aquí ahora las reso­luciones que tomo en un momento tan solemne de mi vida".

"Entraré pues en el sacerdocio, ya que el Señor lo quiere así, y entraré con el mismo desprendimiento con que lo hiciera en la Cartuja. Entro en el sacerdocio para hacerme santo, primeramente con la oración, el retiro y el estudio y, secundariamente, ejerciendo el ministerio para salvar a los demás. Entro en el sacerdocio para ser un apóstol del Santísimo Sacramento y los Corazones Santísimos de Jesús y María. Mi divisa desde hoy será ésta: "Trabajar, Amar y Padecer". La Cruz, la corona de espinas y la herida del Costado, serán mis blasones.

"Suscepi, suscepi de manu tua crucem; portaba et portaba eam, usque in mortem, sicut imposuisti mihi. . . (Kempis. Lib., 111., Cap. 56):

Cuenca. Junio 2 de 1879.- Ultimo día de mi vida de, secular".

Al día siguiente, hice mi solemne consagración a Dios, entre las manos del Ilmo. Sr. Obispo Toral y, de­jada la ignominia del traje seglar, pronuncié aquel subli­me compromiso que ata al clérigo para siempre a Dios y su Iglesia: Dominus pars haereditatis meae et ca/icis mei: tu est qui restitues haereditatem meam mihi.

El 3 de Junio de 1879, fui pues condecorado con la tonsura eclesiástica y recibí las cuatro Ordenes meno­res. El día siguiente cuatro de Julio, fiesta de San Fran­cisco Caracciolo, fui ordenado de Subdiácono, en la Iglesia del Carmen antiguo; las Ordenes menores las recibí en la Capilla interior del Seminario. Y el sábado siguiente. 7 de Junio, dentro de las Témporas de Pentecos­tés, fui ordenado de Diácono, en la Iglesia Catedral. Es­ta última ordenación fue solemnísima, tanto por el número de ordenados, que éramos siete, según recuerdo, porque la Misa de Ordenación fue cantada, cosa que no se había hecho jamás antes, en Cuenca.

Mi alma quedó inundada en un torrente de paz y delicias; sentía materialmente una dulzura como de miel, en la boca, lo que duró como un mes; y tenía que hacer­me violencia para no estar llorando continuamente, a impulsos del gozo interior que llenaba mi alma.

Fuente: www.oblatosdematovelle.com