Martes, diciembre 06, 2016

MI PRIMERA MISA

Eucaristia

Deseando prepararme del mejor modo posible para la celebración del augusto sacrificio de la Misa, resol­ví emplear en esto un mes entero; y efectivamente con el favor de Dios así lo hice. Este mes lo consagré al aprendizaje de las rúbricas del Misal, a ejercitarme en las sagradas ceremonias, y a las prácticas de piedad que me parecieron más conducentes a este objeto.

 

El Sábado de Pasión o sea la víspera del Domingo de Ramos, por la tarde, entramos en la casa del Corazón de María, a tener unos días de ejercicios espirituales preparatorios, para la celebración de nuestra primera Misa, tres nuevos sacerdotes, que nos habíamos compro­metido a decirla en la misma fecha, a saber los Drs. Adolfo Corral y Cornelio Crespo junto con el autor de estas líneas. Pasamos pues en nuestro retiro eucarístico, si pudiera llamarse así, los cuatro primeros días de la Semana Santa de 1880, El Jueves Santo que en a­quel año cayó el 25 de Marzo, fue día de fiesta de guar­dar por razón del misterio de la Encarnación que se con­memora en esa fecha, por cuyo motivo la autoridad eclesiástica dispuso que, en aquel Jueves Santo, se celebra­ran misas rezadas, en cierto número determinado y no más, en ciertas Iglesias, para que los fieles pudiesen có­modamente cumplir el precepto de la audición de la Misa. Esta circunstancia favoreció el cumplimiento de nuestros deseos; porque el Sr. Corral dijo su primera Misa, rezada, en el templo del Corazón de María; el Sr. Crespo, en el de San Francisco, entonces a cargo de los Jesuitas; y yo celebré mi primera Misa, y cantada, en la Capilla de la Adoración perpetua, de las Madres de los SS. Corazones. Me, diaconaron los Srs. Corral y Cres­po, e hizo de padrino de capa pluvial el Capellán de ese santuario que después fue el célebre orador, P. Fr. Jo­sé María Aguirre.

Las dulces y gratísimas impresiones que la gracia hizo en mí en aquel día, no lo podré expresar. ¡Cuánto no me conmovieron aquellas hermosas palabras del Canon del Jueves Santo: Qui pridie qua m pateretur, hoc est hodie...! Paréceme que ninguna Misa como la de esta solemnidad es tan adecuada para ofrecer por vez primera. el divino Sacrificio. Luego en aquel mismo día se conmemoraba el misterio de la Encarnación: Et Ver­bum caro factumest: misterio de mi particular devoción, por cuanto la Anunciata era el título de la Santísima Vir­gen bajo el cual estaba erigida la Congregación piadosa, a .que por primera vez tuve la dicha de ser alistado en mi vida. ¡Y en el día 25 de Marzo en que se conme­mora este dulcísimo Misterio tenía la, dicha de celebrar mi primera Misa! Fue todo esto un hermoso conjunto de circunstancias, una gracia verdaderamente extraordinaria para mí. Durante todos los ejercicios espirituales, los dos misterios que me absorbían mi mente y mis afectos eran la Encarnación y la Eucaristía. El punto prin­cipal de mis meditaciones era éste: debo prepararme a celebrar mi primera Misa, imitando las disposiciones que adornaban a la Santísima Virgen, al tiempo de la Encarnación, especialmente su humildad, su pureza y caridad.

Tres resoluciones tomé en este retiro y me parece que, con la gracia de Dios, las he cumplido fielmente hasta hoy: 1ª no celebrar jamás la Santa Misa con con­ciencia de pecado mortal, y, si por desgracia, llego algu­na vez a contraer la feísima y terrible mancha de una culpa grave, purificarme de ella cuanto antes, por medio de la confesión, antes de acercarme a los altares; 2ª no celebrar jamás, el augusto sacrificio, sin haber tenido la preparación inmediata siquiera de media hora; y 3ª jamás omitir la acción de gracias inmediatamente des­pués de la Santa Misa, siquiera por otra media hora. El retiro más provechoso para mi alma, de cuantos he te­nido, durante toda mi vida, ha sido éste que tuve en pre­paración para mi primera Misa.

Así como los cuatro primeros días de la Semana Santa, de 1880, los empleé en prepararme para la cele­bración del augusto Sacrificio, los tres últimos días de aquella Semana tan preciosa los dediqué a la acción de gracias por mi primera Misa. Nuestro retiro espiritual lo terminamos el domingo de Pascua; en cuya hermosa fiesta canté mi segunda Misa, en el templo de los Padres Redentoristas. De este modo aquella semana de ejercicios espirituales, la más memorable de toda mi vida, la más fecunda de gracias y bendiciones, vino a ser el principio de mi ministerio sacerdotal.

Debo aquí consignar una idea o quizás inspiración del cielo que entonces se apoderó fuertemente de mi al­ma. Así como hay una inocencia bautismal, me decía, así debe haber también una inocencia sacerdotal. La pri­mera consiste en no manchar el alma con culpa grave después del bautismo y, la segunda, en mantener lim­pia de la misma culpa el alma después de la ordenación sacerdotal. Malo mori quam foedari, antes morir que afear el alma con mancha tan horrible y detestable; ja­más, hasta la muerte, por nada de este mundo, incurriré voluntariamente en ningún pecado grave. Dios Nuestro Señor sabe si he cumplido esta promesa; en medio de la amargura de mi alma. Por mis continuas miserias e in­gratitudes, quédame al menos el consuelo de que con pleno y deliberado consentimiento, me parece, no haber ofendido a mi Dios gravemente desde que me hice sa­cerdote. Me reconozco deudor de esta gracia a la cele­bración diaria de la Santa Misa que fue otro de los propósitos que hice en mi retiro de preparación, para el Jue­ves Santo de 1880. Todas estas gracias del cielo las de­bo a la intercesión Poderosa de la Virgen Santísima.

Fuente: www.oblatosdematovelle.com