Jueves, diciembre 08, 2016

MI ORDENACIÓN SACERDOTAL

El Diaconado fue para mí fuente copiosa de gracias y bendiciones; de manera que de buena gana habría per­manecido en él durante toda mi vida. El sagrado orden del Presbiterado, al par que era objeto de profunda vene­ración para mí, lo era también de temblor y temor, por los deberes que impone y, así, deseaba prepararme a él durante algún tiempo considerable, por lo menos de un año.

 

Pero ni en esta parte tampoco se real izaron mis planes y propósitos. No había transcurrido un año aún desde mi ingreso en el Diaconado, cuando al acercarse la Cuaresma de 1880, a principios del mes dé febrero, el Ilmo. Señor To­ral dispuso que me encerrara en la semana de ejercicios del Clero, que habían de tener lugar en los primeros días de la Cuaresma y que al término de esos ejercicios, en el sábado de las Témporas, debía ordenarme de Presbí­tero. Esta disposición era muy dura para mí, porque contrariaba todas mis resoluciones; pero acatando en ella la voluntad divina manifestada en la del Prelado, in­cliné la cerviz y me sometí resignada y alegremente a lo ordenado por la Curia episcopal.

Tuve una semana de ejercicios en unión de otros cinco ordenandos y de la mitad del Clero de la Diócesis, bajo la dirección del piadosísimo redentorista Rvdo. Padre Alfonso Obdereger que era entonces mi confesor, lo cual fue para mí una gracia muy especial. Procuré ha­cer estos ejercicios del mejor modo que me fue posi­ble; y en verdad experimenté que el Señor derramó so­bre mí un torrente inusitado de gracias, de que estaba por cierto muy necesitado. Durante esos mismos ejer­cicios recibí una lección elocuente sobre la fragilidad de la vida humana y la incertidumbre de la muerte; pues uno de los ordenados, el Sr. José María Estrella, diá­cono, cayó gravemente enfermo al siguiente día de prin­cipiados los ejercicios y murió a la conclusión de ellos.

Fui ordenado de Sacerdote en la Catedral, por el Ilmo. Sr. Obispo Toral, el 21 de febrero de 1880, sába­do de las Témporas de Cuaresma, en cuyo día se rezó aquel año de San Ignacio Mártir, de modo que en la Misa de Ordenación que fue muy solemne, en la Pastoca­ mmunio, recé estas hermosas palabras del Santo, apro­piándomelas de corazón y tomándolas como lema de mi sacerdocio: Frumentum Christi sum, dentibus bestiarum molar, ut panis mundus inveniar. Desde entonces tomé al santo Mártir por Patrón mío especial.

Las gracias del cielo llovieron sobre mí en tanta a­bundancia, en el día, para mí, inolvidable de mi ordena­ción, que, mi espíritu quedó enteramente anonadado bajo el inmenso peso de las misericordias del Altísimo; y por mucho tiempo prorrumpía en ardientes jaculatorias, siendo la más frecuente este versículo de los salmos: Omnia excelsa tua et fluctus tui super me transierunt (41. v. 8.). "Señor y Dios mío: todas las tempestades y olas de tu gracia han descargado sobre mí". Abyssus abyssum invacat in vace cataractarum tuarum (lb.). "Co­mo al estampido, Señor, con que se deshacen tus cata­ratas, un abismo llama a otro abismo, así el abismo de mi nada ha llamado al abismo de tu infinita misericor­dia", " y yo no sé cómo estas hermosas palabras vinie­ron de suyo a ponerse en mis labios.

Todas las funciones del culto sagrado me causaban una emoción viva y profunda: El rezo del Oficio divino me inundaba en delicias; cada salmo, cada lección me hablaba en lo más íntimo del alma, como si sólo para mí se hubiese compuesto, adrede, ese rezo. Sentía una fruición inexplicable en acolitar y mucho más en diaco­nar en cualquier Misa. Aquellas mismas cosas que, cuan­do yo secular, no me habían llamado mucho la atención, ahora me impresionaban tan hondamente como si por vez primera las viese y experimentase. Todas las Sa­gradas Ceremonias me tenían como absorto y maravilla­do, cual si me hubiese dado un sentido nuevo para ver oír y gustar lo que no había antes percibido jamás o si lo había hecho, había sido muy débilmente.

En el retiro de nueve días preparatorio para la ordenación de sacerdote, tomé algunas resoluciones: he aquí las principales que, para no olvidarme, las puse por escrito: 1ª Cuésteme lo que me costare, confiando en la gracia de Dios, me esforzaré en adquirir la perfección sacerdotal, considerando para ello que la medida de la perfección no está tanto en la sublimidad de las obras, como en la pureza de intención con que se las hace.- ­2ª La perfección para mí estará en conformarme en todo plena y gustosamente en la voluntad santísima de Dios; acatando, como manifestaciones de esta Voluntad divi­na, todas las órdenes de mis superiores.- 3ª La despo­sada de mi alma, mi virtud predilecta será la caridad: esto es hacerlo todo por amor de Dios y amar y servir al prójimo por amor de Dios . – 4ª Procuraré vivir en el mundo como si no existiéramos en él sino Dios y yo, Todo por Dios y para Dios.- 5ª Recordaré siempre que dejé al mundo por amor al Santísimo Sacramento y recordaré además que gracia tan grande debo a la intercesión de mi única Madre, la Santísima Virgen. Mi ofi­cio en el sacerdocio será hacer con el Santísimo Sacramento lo que practicaría con este misterio adorable la Virgen Inmaculada, si viviera aún sobre la tierra.- 6ª Me esforzaré, durante todo mi ministerio sacerdotal, en hon­rar y hacer honrar por los fieles confiados a mi cuidado, a la Virgen Sacratísima, considerando esto como uno de los principales deberes de mi sacerdocio.

Fuente: www.oblatosdematovelle.com