Sábado, diciembre 03, 2016

MARÍA ES MI MADRE

María

Cuando, tocado por la gracia, resolví definitivamente dejar el mundo y consagrarme a Dios en el sacerdocio o en el claustro, tomé también la resolución de dedicar­me por completo al amor y servicio de la Santísima Vir­gen, eligiéndola por mi única y verdadera Madre, en tiem­po y eternidad.

 

En tales circunstancias vino a mi poder un hermoso lienzo que representaba a Nuestra Señora de los Dolores, precisamente a tiempo que recibía mi alma una amarguísima decepción de familia, con la que se robusteció más mi anterior resolución; desde enton­ces he considerado siempre a Nuestra Señora de los Do­lores como a mi propia, única y verdadera Madre. El pasaje evangélico que decidió de mi vocación al sacerdo­cio, fue, según queda ya referido, aquel de San Lucas: Adolecens, tibi, dico, surge; pero, en el mismo. se cuen­ta también que el Salvador resucitó aquel muerto, compadecido de las lágrimas de su madre y que habiéndose levantado vivo el joven se lo entregó a ella: Et dedit illum matri suae (VII. 15). Este Evangelio que la Iglesia aplica a la conversión de San Agustín, me lo he apropiado también a mí, por la razón ya expresada; y así, cual si la historia de la resurrección del hijo de la viuda de Nain fuese historia mía propia, la leo con singular frui­ción y con devoción muy especial, tanto en la Sagrada Biblia, como las veces que la Iglesia nos presenta este pasaje evangélico en la liturgia. Yo era ese muerto que el infierno y las pasiones del mundo llevaban a enterrar, en los abismos de la perdición eterna; pero Nuestra Se­ñora de los Dolores intercedía por mí, era mi Madre que iba llorando tras de mi féretro; entonces el Salvador ex­clamó: Adolescens, tibi, dico, surge, entregándome in­mediatamente como propiedad exclusiva de la Virgen Santísima: Et dedit illum Matri suae.

Pero nunca ardió en mí tan inflamado y vivo este a­ mor a la Santísima Virgen, como en los primeros años de mi sacerdocio; reconozco esto como una de las gracias más preciosas que he recibido de la munificencia divi­na. Parecíame que era yo, en cuanto al espíritu, como un pequeñito y tierno niño, abandonado, huérfano y solo, falto de todas las cosas y que no tenía otro amparo que la Virgen Santísima; acogíame, pues, a esta dulcísima Madre con entera confianza, para que, como Madre mía que era, me socorriese en todas mis necesidades, como lo hacía efectivamente con bondad admirable. Porque hallándome desnudo y falto de toda virtud, Ella me ves­tía con sus méritos; estando flaco y sediento de gracias, Ella me las daba a beber en su fuente y manantial que es el corazón divino de Jesús. Yo no sé cómo era, si por visión imaginativa o por una acción natural de la fanta­sía, pero el hecho es que me parecía que era yo un niño pequeñito, vestido con una túnica muy blanca que me la había dado la dulcísima Madre; y tenía yo una delicia singular en verme revestido con esa túnica y en repetir en mi interior: "Esta es la túnica con que me ha vestido mi Madre".

Ni eran estas solamente las gracias con que la Vir­gen dulcísima me regalaba sino que iban más adelante aún; pues me parecía que niño como era yo, en orden al espíritu me arrimaba confiado y cariñosamente a mi Madre amabilísima y unas veces me envolvía en su man­to, otras descansaba en su regazo o, más frecuentemen­te aún me subía a sus brazos me reclinaba en su cue­llo la abrazaba y cubría de ósculos, con todas las ternu­ras y caricias que un niño pequeñito gasta con su Ma­dre. Era en esto, como en todo, mi modelo y ejemplar el Niño Jesús: ¿por qué no imitaríamos a este divino Ni­ño en las caricias amorosas de qué colmó a su Madre Santísima? ¡Ah!, el secreto está en que no queremos humillamos ni hacemos niños, ni aún tratándose de de­voción y piedad; por esto nos vemos privados de los a­brazos y caricias .maternales de la Virgen Santísima... Entonces comprendí el profundo significado de estas palabras que la Iglesia pone en labios de María: Si quis est parvulus veniat ad me; también se me manifestó en­tonces el sentido oculto de esta frase del Evangelio: Nissi efficiamini cicut parvuli non intravitis in regnum coelorum. Una de las porciones más selectas de este reino es el amor y devoción a la Santa Virgen, pero no disfrutaremos toda la suavidad y dulzura de esta rica he­rencia, si no nos hacemos pequeñitos como niños.

Por lo demás, la Virgen amabilísima me tomó verda­deramente por hijo suyo, pues desde entonces he expe­rimentado su auxilio y protección en todas las circunstancias difíciles de mi vida. Jamás la he Invocado sin haber sido socorrido; y lo que es más todavía: esta dulcísima Madre se adelanta casi siempre a mis peticiones y las previene, concediéndome sus bendiciones antes de solicitarlas. Pero, cuando más ha resplandecido la be­nignidad de esta generosísima Reina para conmigo ha sido en medio de muchas y graves tribulaciones por las que he tenido que atravesar en mi vida; y como estos beneficios de María son tantos y tan preciosos, haré memoria de algunos siquiera de ellos en otro lugar.

Todo esto es una de las preciosas gracias que el Cielo se ha dignado dispensarme, por lo cual cada día tributo especiales acciones a Jesucristo, nuestro Salva­dor divino, por haberme concedido por Madre a la Vir­gen Santísima. El origen de esta práctica fue el suceso siguiente.

El año de 1902, hallábame en Quito hospedado en la casa de San José, donde tomé por mi cuenta cuidar de la capilla del Santísimo Sacramento y de una pequeña imagen de la Virgen que había en ella. Un día que esta­ba en dicha capilla arreglando el altar, meditaba en los grandes beneficios con que me había colmado mi ama­bilísima Madre, con alguna queja de que el Señor hubiese sido conmigo tan generoso como la Virgen San­tísima se me había manifestado. A este tiempo, al pasar yo por delante del Santísimo Sacramento, al hacer la genuflexión, salió del tabernáculo ana voz que me dijo: "¿Y por qué María, mi Madre Santísima, es Madre tuya, sino porque ya la he recomendado que lo fuese?" No fue esa voz material, sino interior, pero tan fuerte y viva, que me quedé todo confuso y avergonzado; pues, en verdad, no había advertido hasta entonces, que María no podía ser Madre mía, si el Señor no le hubiese con­fiado este encargo. Fue preciso que el Salvador dijese desde lo alto de la Cruz: Ecce filius tuus, para que la San­tísima Virgen adoptase por hijo a San Juan; pues a es­te modo, nadie puede llegar a ser hijo espiritual de Ma­ría, si no es por gracia especial de nuestro divino Salvador Jesucristo.

Fuente: www.oblatosdematovelle.com