Jueves, diciembre 08, 2016

LOS FRUTOS DE LA FE EN EL CONTEXTO DEL MIERCOLES DE CENIZA Y DE LA CUARESMA. 6TO DOM. CICLO. C.

Queridos Hermanos y Hermanas:

La liturgia de la palabra que nos ofrece la Iglesia en este sexto domingo del tiempo ordinario, nos permite hacer una seria reflexión acerca de la identidad, las características, las consecuencias y los frutos  de una persona de fe, entendiendo por FE la adhesión incondicional a Jesucristo, que nos mueve a ver la vida con los ojos de Él y a enfrentarla según sus actitudes.

En el Capítulo 17 del libro del profeta Jeremías, encontramos la caracterización general de una persona que está adherida a Jesucristo y por su parte la descripción de otra que cree más en sí misma y en sus semejantes, llevando una vida como si Dios no existiera; situación que va a ser confirmada por el salmo 1 como veremos más adelante.

Según lo expuesto por Jeremías aquél que ha puesto su esperanza, su confianza, su fe y su vida en Dios, en primer lugar será bendecido, entendida la bendición como la presencia de Dios en la vida del creyente, pero no una presencia mágica, sino una presencia que permite sentir su amor, su ternura y su compañía.

En segundo lugar aquél que ha puesto su fe en Dios, dice Jeremías, será como un árbol plantado junto al agua, comprendiendo que el agua es fundamentalmente signo de vida, purificación y renovación para aquél que se siente necesitado de Dios; en tercer lugar la vida de quien espera en Dios en medio de toda desesperanza, aún en medio del estío dará fruto, y los frutos son las bienaventuranzas de las cuales da cuenta el evangelio según San Lucas en el Capítulo 6: generosidad, solidaridad, compasión, misericordia y consuelo. En cuarto lugar afirma Jeremías que todo hombre que cree en Dios tendrá sus hojas verdes, pues ni en año de sequía éstas se marchitarán.

Lo anteriormente expresado nos lleva  a asumir a partir de este miércoles de ceniza y a lo largo del tiempo de cuaresma propósitos nuevos para fundar nuestra fe en Dios, así como actitudes que renueven nuestra adhesión incondicional a Jesucristo.

En la experiencia del miércoles de ceniza encontramos un buen motivo para volver a empezar, pues hemos fallado, nuestros comportamientos nos han alejado de la fuente del agua viva que es Jesús y por eso hemos asistido en algunas ocasiones al marchitamiento procesual de nuestras hojas, así como a la pobre cosecha de frutos ya sin vida. Es una ocasión para sentirnos tierra y al mismo tiempo es una buena oportunidad para sentir la presencia de Dios en cada uno de nosotros; una presencia que nos levanta y nos fortalece para cargar la cruz de cada día con alegría y esperanza; una presencia divina que con ORGULLO nos anima a llevar la CRUZ sobre la frente, como un signo de fe y conversión, que ha roto ya la barrera de la tradición y la costumbre.

Fijando ahora nuestra atención en un apartado del Capítulo 17 de Jeremías así como en Salmo 1 que nos invita a cantar: DICHOSO EL HOMBRE QUE HA PUESTO SU CONFIANZA EN EL SEÑOR, veamos brevemente la caracterización de una persona que ha depositado su confianza, su fe, su vida y sus esperanzas en sí misma, en las cosas o en las personas al margen de Dios.

En primer lugar, dice Jeremías, será maldito quien confía en el hombre; expresión que llevada a la radicalidad comprensiva de la letra, llena de miedo y de temor, pues se trata de una maldición. Por lo tanto creemos que es importante aclarar en esta parte que si bien es necesario creer en nuestros talentos, dones, capacidades y aptitudes, es más importante creer en Dios y esperar siempre en Él, es bueno creer y confiar en las personas, pero es mejor depositar en las manos de Dios nuestras más hondas inquietudes y los motivos de nuestra esperanza. De igual manera no está mal estar seguros de nosotros mismos, de lo que somos, hacemos y decimos, no está mal estar seguros de los otros, pero es de vital importancia estar seguros de Dios, de su compañía, de su benevolencia, de su amor  y de manera especial en este tiempo de cuaresma estar seguros de su perdón. Éste es el gran milagro de la cuaresma, el Señor perdonándonos en medio de nuestras traiciones.

En segundo lugar aquél que no confía en el Señor, es como un cardo en la estepa, habitará en la aridez del desierto; dolorosa realidad es ésta, algunos preferimos ser espinos en el desierto a ser árboles frondosos plantados al borde de la acequia, la acequia es Dios, que en Jesucristo se convirtió en fuente de agua viva para el mundo. Hermanos y hermanas en este miércoles de ceniza y a lo largo del tiempo de cuaresma situémonos en el desierto de nuestra propia vida e intentemos buscar en medio de la aridez del mundo a Aquél que baña nuestro ser con el rocío delicado de su presencia compasiva y misericordiosa.

En tercer lugar, aquél que no confía en el señor, será como paja que arrebata el viento, dice el salmista, cuanto emprende tiene mal fin, concluye. Como se puede evidenciar, estar lejos de Dios, no confiar en Él, no poner en sus manos nuestros planes, empresas, proyectos, sueños, metas, ilusiones y esperanzas, lleva como resultado el fracaso, la derrota y la muerte, y cuando se triunfa aparece la vanagloria y por supuesto la autosuficiencia.

Hermanos y hermanas, un hombre y una mujer de fe son aquellos que están convencidos de lo expresado por San Pablo en el Capítulo 15 de la primera carta a los Corintios: “Si Cristo no ha resucitado, vuestra fe no tiene sentido”. Al empezar entonces el tiempo de cuaresma con la imposición de la ceniza y animados por la presencia maternal de María Santísima evaluemos nuestra fe, y reconozcamos  en ella la virtud que le da sentido a nuestra vida de creyentes, que nos anima y nos fortalece en nuestro caminar diario hacia nuestra santificación.

P. Ernesto León D. o.cc.ss

Superior Viceprovincial de Oblatos