Martes, diciembre 06, 2016

LECTIO DIVINA PARA EL 11 DE DICIEMBRE DE 2011

LECTIO DIVINA PARA EL 11 DE DICIEMBRE DE 2011

Estudio Bíblico Dominical
Un apoyo para hacer la Lectio Divina del Evangelio del Domingo
Tercero del Tiempo de Adviento –11 de Diciembre de 2011

Cristo viene hoy

«Hubo un hombre, enviado por Dios: su nombre era Juan». Con esta afirmación comienza el Evangelio de hoy.

Si consideramos de cerca esta misión hay algo insólito: «Vino para dar testimonio de la luz». ¿Qué significa? ¿Es que la luz puede ser oscura? ¿Es que necesita ser iluminada por otro? La luz, cuando se presenta, ella da testimonio de sí misma. La luz no necesita del testimonio de otro. Podría parecer entonces que Juan mismo era la luz. El Evangelio se adelanta a negarlo: «No era él la luz, sino quien debía dar testimonio de la luz». Reafirma lo dicho y nuestra perplejidad permanece.   Tiene una misión en el plan de salvación que Dios quiere poner en ejecución. Según el estilo característico del IV Evangelio, va diciendo en sucesivas oleadas cuál es esa misión: «Vino para un testimonio – para dar testimonio de la luz – para que todos creyeran por él». Lo más notable de este hombre es que ha sido enviado por Dios.

Estamos obligados a leer la frase siguiente: «Estaba viniendo al mundo la luz verdadera, la que ilumina a todo hombre. En el mundo estaba, y el mundo fue hecho por ella, y el mundo no la conoció». El evangelista usa una metáfora que es imposible imaginar; es inútil intentarlo: la luz estaba en el mundo, pero el mundo no la conoció. Con toda intención el evangelista pasa del ámbito de lo visivo –la luz- al ámbito de lo cognoscitivo: dice «no la conoció», donde esperaríamos «no la vio». Es que trata de expresar un misterio, el misterio de Cristo: Cristo está en toda la creación, su belleza lo llena todo; pero permanece desconocido de muchos. Es lo que afirma San Pablo: «Él es Imagen de Dios invisible, Primogénito de toda la creación, porque en él fueron creadas todas las cosas, en los cielos y en la tierra... todo fue creado por él y para él, él existe con anterioridad a todo, y todo tiene en él su consistencia» (Col 1,15-17).

Esto lo percibía bien San Juan de la Cruz,  y lo expresa de manera poética: «¡Oh bosques y espesuras, plantadas por la mano del amado! ¡Oh prado de verduras, de flores esmaltado, decid si por vosotros ha pasado! - Mil gracias derramando, pasó por estos sotos con presura, y yéndolos mirando, con sola su figura vestidos los dejó de hermosura» (Cántico espiritual, 3-4). En realidad, Cristo está en el mundo, pero el mundo no lo conoce. Necesita el testimonio de Juan.

Juan dio testimonio: «Yo bautizo con agua, pero en medio de ustedes está uno a quien no conocen, que viene detrás de mí, a quien yo no soy digno de desatarle la correa de su sandalia». El testimonio de Juan se desarrolló en dos momentos. En un primer momento afirmó que Cristo ya estaba en el mundo, aunque nadie sabía indicarlo. En un segundo momento él lo señaló y dijo quién era: «El que me envió a bautizar con agua, me dijo: "Aquel sobre quien veas que baja el Espíritu y se queda sobre él, ése es el que bautiza con Espíritu Santo". Y yo le he visto y doy testimonio de que éste es el Elegido de Dios» (Jn 1,3-34). Juan es el más grande de los profetas -«más que un profeta», según la definición de Jesús (Mt 11,9; Lc 7,26)- porque indicó a Cristo presente en el mundo.

Los Padres de la Iglesia (santos doctores de los primeros siglos) afirman que es triple la venida de Cristo. La primera ocurrió cuando él nació pobre y desconocido en el pesebre de Belén y desarrolló su ministerio en esas tierras de la Palestina; la tercera ocurrirá cuando él venga en la gloria a juzgar a vivos y muertos y sea visto por todos como el relámpago que atraviesa el cielo de un extremo al otro; la venida intermedia es la que está teniendo lugar ahora en cada momento. El tiempo del Adviento consiste en adoptar la actitud que nos permita reconocerlo presente en el mundo y acogerlo conduciendo una vida coherente con su enseñanza. Que no ocurra lo que la humanidad nunca dejará de lamentar: «Vino a los suyos y los suyos no lo acogieron» (Jn 1,11). ¿Cuál es la suerte de quienes lo acogen en sus vidas? «A todos los que lo acogieron les dio poder de hacerse hijos de Dios, a los que creen en su nombre» (Jn 1,12).

+ Felipe Bacarreza Rodríguez
Obispo de Santa María de Los Ángeles – Chile

LECTIO DIVINA PARA EL 11 DE DICIEMBRE DE 2011

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