Miércoles, diciembre 07, 2016

LECTIO DIVINA PARA EL 30 DE AGOSTO DE 2015

Un apoyo para hacer la Lectio Divina del Evangelio del Domingo
Vigésimo segundo del Tiempo Ordinario (B) – 30 de agosto de 2015
PURIFICARSE EN EL AMOR: La victoria sobre el mal comienza en el corazón
Lectio de Marcos 7,1-23

Introducción

El evangelio de hoy trata de la pureza del corazón. Podemos sintetizarlo así: el hombre “puro” es el que tiene el corazón puro, y tiene el corazón puro quien sigue la voluntad de Dios revelada en la Biblia, voluntad que centra todas las decisiones del hombre en la motivación fundamental del amor. Mejor dicho, lo que hay que purificar es el amor.

En el texto, Jesús establece dos principios fundamentales, la prioridad de la palabra y la centralidad del corazón, e invita a analizarlos a partir de casos concretos.

Por medio de estos dos principios Jesús nos enseña el “hacer” que Dios espera de nosotros como hombres nuevos. Así la relación con Dios no se convierte en un puro acto formalístico y mágico, sino existencial y estructurado en el compromiso cotidiano. ¡Qué bella lección de moral bíblica!

La de hoy es una de esas páginas del evangelio que merece un amplio estudio.

1. El texto y su estructura

Leamos Marcos 7,1-23

“1 Se reúnen junto a él los fariseos, así como algunos escribas venidos de Jerusalén.
2 Y al ver que algunos de sus discípulos comían los panes con manos impuras, es decir no lavadas,
3- es que los fariseos y todos los judíos no comen sin haberse lavado las manos hasta el codo, aferrados a la tradición de los antiguos,
4 y al volver de la plaza, si no se bañan, no comen; y hay otras muchas cosas que observan por tradición, como la purificación de copas, jarros y bandejas -.
5 Por ello, los fariseos y los escribas le preguntan: ‘¿Por qué tus discípulos no viven conforme a la tradición de los antepasados, sino que comen con manos impuras?’
6 El les dijo: ‘Bien profetizó Isaías de vosotros, hipócritas, según está escrito: Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí.
7 En vano me rinden culto, ya que enseñan doctrinas que son preceptos de hombres.
8 Dejando el precepto de Dios, os aferráis a la tradición de los hombres’.
9 Les decía también: ‘¡Qué bien violáis el mandamiento de Dios, para conservar vuestra tradición!
10 Porque Moisés dijo: Honra a tu padre y a tu madre y: el que maldiga a su padre o a su madre, sea castigado con la muerte. Pero vosotros decís:
11 Si uno dice a su padre o a su madre: Lo que de mí podrías recibir como ayuda lo declaro Korbán -es decir: ofrenda-,
12 ya no le dejáis hacer nada por su padre y por su madre,
13 anulando así la Palabra de Dios por vuestra tradición que os habéis transmitido; y hacéis muchas cosas semejantes a éstas’.
14 Llamó otra vez a la gente y les dijo:‘Oídme todos y entended.
15 Nada hay fuera del hombre que, entrando en él, pueda contaminarle; sino lo que sale del hombre, eso es lo que contamina al hombre.
16 Quien tenga oídos para oír, que oiga’.
17 Y cuando, apartándose de la gente, entró en casa, sus discípulos le preguntaban sobre la parábola.
18 El les dijo: ‘¿Con que también vosotros estáis sin inteligencia? ¿No comprendéis que todo lo que de fuera entra en el hombre no puede contaminarle,
19 pues no entra en su corazón, sino en el vientre y va a parar al excusado?’ - así declaraba puros todos los alimentos -.
20 Y decía: ‘Lo que sale del hombre, eso es lo que contamina al hombre.
21 Porque de dentro, del corazón de los hombres, salen las intenciones malas: fornicaciones, robos, asesinatos,
22 adulterios, avaricias, maldades, fraude, libertinaje, envidia, injuria, insolencia, insensatez.
23 Todas estas perversidades salen de dentro y contaminan al hombre’”.

Podemos distinguir en el texto tres partes:

(1) El planteamiento del problema (Mc 7,1-5), que se formula explícitamente en el versículo 5 y que viene de un grupo de Fariseos y Escribas escandalizados con el comportamiento extraño de los discípulos de Jesús.
(2) La primera parte de la respuesta de Jesús (7,6-13), la cual enfoca la centralidad de la “Palabra de Dios”. Jesús se dirige con palabras fuertes a los Fariseos y Escribas que lo interpelaron. La frase central está en el versículo 8.
(3) La segunda parte de la respuesta de Jesús (7,14-23), que invita a poner la atención en el “Corazón” del hombre como fuente de contaminación. El auditorio está compuesto inicialmente de la multitud y luego, de manera privada, de los discípulos. La frase central está en el versículo 21ª.

2. Planteamiento del problema (7,1-5)

“¿Por qué tus discípulos no viven conforme a la tradición de los antepasados, sino que comen con manos impuras?” (7,5)

El punto de partida de este texto es la constatación que los Fariseos y Escribas, venidos con plena autoridad desde Jerusalén en calidad de “inspectores” (7,1), hacen del comportamiento anómalo de los discípulos de Jesús, con relación a las normas de pureza ritual, particularmente en el ámbito de la mesa: “algunos de los discípulos (de Jesús) comían los panes con manos impuras” (7,2).

Los Fariseos y Escribas vienen entonces donde Jesús revestidos de su autoridad de intérpretes oficiales de la Ley y, como tales, lanzan la acusación. Los escribas son los encargados de velar por la preservación de la doctrina, por su parte los fariseos son los que promueven la puesta en práctica, pero no sólo de la Ley de Moisés (la Toráh) sino también de todo el conjunto de enseñanzas que ellos mismos han creado con el fin de aplicarla.

La intención de los Escribas y Fariseos, en principio, es buena. Su propósito es promover un pueblo de la Alianza, un pueblo fiel y consagrado a Dios. El problema era que al lado de la Ley Escrita (tal como se encuentra en la Biblia) habían colocado, y al mismo nivel, la Ley Oral creada por ellos mismos, conocida como la “tradición de los antiguos” (7,3b). Esta última estaba cargada de detalles y exigencias, y se le dio tanto énfasis, de manera que la explicación resultó más importante que el texto inicial. Es como si la ceniza fuera más importante que el fuego.

Esto tuvo consecuencias gravísimas, ya que no sólo la experiencia religiosa de la gente se sentía agobiada con tanta norma puntillosa que exageraba lo que decía la Palabra de Dios, sino que en uno que otro caso la interpretación de la Ley era incorrecta, o sea, no iba de acuerdo con lo que Dios quería sino con lo que los maestros querían, y todo para poder exhibir orgullosamente una religiosidad perfecta. ¡Un gran peligro para una verdadera espiritualidad!

El punto de discusión entre las autoridades y Jesús está en que para los discípulos las normas de la Ley Oral (=tradición de los antiguos), las normas creadas por el judaísmo rabínico, no tenían ningún valor y tranquilamente se las saltaban.Un hecho notable era el que comieran “sin lavarse las manos”.

¿Por qué era un problema comer con las manos “impuras”?

El evangelista aclara que se trata de manos “no lavadas”, con lo cual indica que se trata del lavado ceremonial que se hacía antes de comenzar el culto. No sólo era una cuestión de higiene, sino una preparación espiritual para realizar un acto sagrado. Una persona que no lo hiciera así, quedaría automáticamente excluida del culto (de la comunión con Dios) y por lo tanto marginada en la comunidad de fe.

El trasfondo está en las normas del ambiente sacerdotal (del Antiguo Testamento) que encontramos en Éxodo 40, Levítico 15 y Números 19. Allí la “pureza” no era cuestión de simple higiene corporal sino espiritual, porque sin pureza (=santidad) no se puede entrar en la presencia del Señor (ver el Salmo 24,3-4; Isaías 6,5-6).

Por lo tanto, lo que está en juego es la comunión con Dios, el vivir en su presencia (ahora y en la eternidad). El problema está en qué se basa uno para entablar la comunión con Dios: el criterio bíblico es la “pureza”, ¿pero la pureza de qué?

¿Cómo releer esto hoy?

La cuestión de la “pureza” o “impureza” puede sonarnos como algo superado hoy. Nosotros no tenemos nada en común con las prescripciones judías sobre la pureza. Los buenos modales, la higiene requerida en la mesa y el tipo de alimentos que comamos, para nosotros no tienen ninguna relación con la espiritualidad, con la relación con Dios.

Sin embargo, en el pasaje que estamos leyendo hay un aviso espiritual de gran importancia. El problema ya no es ¿Qué es lo que nos hace puros o impuros?, sino ¿Con base en qué criterio debemos valorar nuestro comportamiento con el prójimo? y ¿Qué es lo que tiene un peso determinante para nuestra relación con Dios?

3. Respuesta de Jesús a los fariseos y escribas: La prioridad de la Palabra (7,6-13)

“Dejando el precepto de Dios, os aferráis a la tradición de los hombres” (7,8)

Jesús comienza a responder progresivamente. Se dirige primero a los Escribas y Fariseos (7,6-13), luego a la gente (7,14-16) y finalmente –en la privacidad de la casa- a sus discípulos (7,15-23).

En su respuesta Jesús da claridad sobre el tema de la relación con Dios –de la que se deriva la relación con los demás- acentuando la prioridad de la Palabra de Dios (7,6-13) y la centralidad del corazón (7,14-23).

En la respuesta a los Fariseos y Escribas, Jesús destaca la prioridad de la Palabra de Dios de dos maneras: (1) con una cita profética y un brevísimo comentario (7,6-8), y (2) con un ejemplo concreto (7,9-13).

(1) La cita profética y su comentario: Palabra de Dios vs. la tradición de los hombres (7,6-8)

Jesús le lee a su respetable auditorio una cita de Isaías (29,13), denunciando así su “hipocresía”:

“Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí. 7 En vano me rinden culto, ya que enseñan doctrinas que son preceptos de hombres.”

Y luego se la aplica al reclamo que le están haciendo: “Dejando el precepto de Dios, os aferráis a la tradición de los hombres” (7,8).

Jesús pone en el centro el mandamiento de Dios (7,8). Todo nuestro actuar debe estar determinado por los mandamientos, todo lo que se opone y limita su cumplimiento es palabra de hombre. Consecuencia: sólo por este criterio se puede determinar si una persona está “lejos” o “cerca” de Dios, como bien dice la cita isaíanica: “su corazón está lejos de mí”, y por lo tanto, sólo por este criterio se determina la validez o no de la religiosidad, como dice también la cita: “en vano me riden culto”.

Desde ya se plantea la cuestión del “de labios para dentro” o “de labios para fuera”.

(2) Jesús explica la prioridad de la Palabra de Dios, tomando como ejemplo el cuarto mandamiento: “Honra a tu padre y a tu madre” (7,9-13).

Una vez que Jesús ha dicho que en lugar de ayudar a vivir la Palabra de Dios, la enseñanza farisea rabínica lo que ha hecho es anularla (Palabra de Dios vs. Enseñanzas de los hombres), en torno a un mandamiento concreto muestra el daño que han hecho estos maestros. Notemos la insistencia:

v.9: Mandamiento de Dios vs. Vuestra tradición

v.10.11: Moisés dijo vs. Vosotros decís

v.13 La Palabra de Dios vs. Vuestra tradición

Al decir, “y hacéis muchas cosas semejantes a éstas” (7,13), Jesús deja claro que el caso del cuarto mandamiento es apenas un ejemplo (eso sí, bien diciente) de la manera como se llega a anular la Palabra de Dios. Los oyentes de Jesús deben luego analizar otras situaciones irregulares parecidas.

¿Por qué Jesús ejemplifica con el cuarto mandamiento?

Este y todos los mandamientos deben ser cumplidos puntualmente. De ninguna manera se puede privar al padre y a la madre de lo que les corresponde, ni siquiera declararlo ofrenda sacrificial, es decir, que ninguna acción aparentemente devota puede anular el mandamiento de Dios. Por hacer cosas relacionadas con Dios no se puede dejar de lado la responsabilidad que Dios quiere que tengamos con los demás comenzando con los más “próximos”, o sea, los papás.

Puede parecer extraño el hecho que Jesús explique la obligatoriedad de los mandamientos refiriéndose al cuarto mandamiento. También en el diálogo con el hombre rico (10,17-22) Jesús vuelve a hablar de los mandamientos de Dios y afirma que su observancia es necesaria para alcanzar la vida eterna. En esa circunstancia Jesús enumera algunos de los diez mandamientos, pero no pone el mandamiento de honrar a los progenitores en el lugar que le corresponde normalmente, sino que lo deja para el final. Y esto lo hace no para minusvalorarlo sino precisamente para destacarlo.

Ya en el AT el mandamiento de honrar al padre y a la madre se distingue de los otros, porque es el único, junto con el del sábado, que aparece en forma positiva, mientras que los otros mandamientos se expresan de manera negativa diciendo lo que no se debe hacer, en estos dos se afirma más bien lo que sí se debe hacer.

Según la Biblia, la relación de una persona con sus padres tiene una importancia fundamental no sólo para su existencia (nos dan la vida y el sustento), sino también para la configuración de su personalidad moral. El cuarto mandamiento, aunque se dirige a todas las etapas de la vida del hombre y cada uno lo practica según su grado de madurez, es claro que se dirige en primer lugar a los hijos adultos: ocuparse de los papás cuando están en la tercera edad y son ellos ahora los que dependen de sus hijos.

El sentido del cuarto mandamiento es que el querer de Dios es que tratemos a nuestros progenitores con respeto (cuando ya comienzan a decir “chocheras”), con reconocimiento (cuando ya no tienen la grandeza física y mental que tanto admirábamos en otros tiempos), con solicitud (cuando requieren de nuestros cuidados). El mandamiento general “Ama a tu prójimo como a ti mismo” se debe concretar y se debe demostrar en primer lugar en la práctica del precepto “Honra a tu padre y a tu madre”.

En algunos casos la práctica de este mandamiento puede verse obstaculizada por relaciones difíciles o experiencias negativas en la vida familiar. Pero Jesús subraya claramente que por voluntad de Dios debemos comportarnos con nuestros padres, movidos ante todo por el amor y por un vivo interés hacia ellos. Es más, (1) ahí es donde se ve el verdadero amor y (2) ahí, en la relación positiva con ellos, es donde se preparan también las relaciones positivas con las demás personas. Ése es el amor fundante, el primero y más hondo en la afectividad humana, que nos capacita y nos purifica para amar a todos los demás.

¿Cómo leer esto hoy?

Jesús nos pide que examinemos con un profundo sentido crítico las normas que determinan nuestro comportamiento. Todo nuestro actuar debe estar orientado totalmente hacia el mandamiento del Dios. Algunas prescripciones devotas –y otras menos devotas- quisieran ponerlo a un lado.

Se trata en este caso de algunas disposiciones humanas que nosotros mismos nos imponemos: las que son producto de nuestro egoísmo o las que nos dejamos imponer desde el externo (una sociedad que tiende a ver al ser humano como medio de producción y que desde este egoísmo crea mecanismos de valoración). Frecuentemente nos dejamos guiar por aquello que es considerado deseable, necesario, moderno, actual, etc. Nos dejamos guiar por nuestro egoísmo en todas las formas en que se manifiesta.

Jesús nos dice que el único punto de referencia válido es el mandamiento de Dios, todo lo demás debe estar orientado hacia él y no viceversa.

Para nosotros los hombres es importante estar en la justa relación con Dios. En esto consiste la verdadera pureza. El único camino para lograrla consiste en comportarse no según las normas humanas, sino según la voluntad de Dios. La relación con la familia es el primer termómetro de esto.

4. La enseñanza de Jesús a la gente y a los discípulos en particular: para entrar en comunión con Dios hay que purificar la raíz, el corazón (7,14-23).

“Lo que sale del hombre, eso es lo que contamina al hombre. Porque de dentro, del corazón de los hombres, salen las intenciones malas... Todas estas perversidades salen de dentro y contaminan al hombre” (7,20b.21ª.23)

En la primera parte de su respuesta, Jesús estableció el primado de la Palabra de Dios. Pero todavía falta un paso importante en la enseñanza, el punto más alto de ella: la práctica puramente exterior de la ley no es suficiente, es el corazón del hombre el que debe orientarse hacia la voluntad de Dios. La sintonía con Dios debe ser total, de corazón, sólo así amaremos con un amor purificado y esto es el verdadero culto (de comunión) que agrada a Dios y hace grande a cada persona.

Jesús procede así: (1) enuncia un nuevo principio de manera solemne delante de la gente (7,14-16), y (2) lo profundiza, a propósito de la una nueva pregunta, con sus discípulos en la intimidad de la casa (7,17-23)

Ante la gente (7,14-16), Jesús enuncia el principio:

“Oídme todos y entended. Nada hay fuera del hombre que, entrando en él, pueda contaminarle; sino lo que sale del hombre, eso es lo que contamina al hombre. Quien tenga oídos para oír, que oiga”.

Dice, ante todo, que las acciones malvadas provienen del corazón malvado, no es sólo problema de la sociedad, de la estructura, del sistema, sino del corazón del hombre de donde todo procede. Por eso la primera preocupación de una persona debe ser la de tener un corazón puro, porque desde allí es que se transforma el mundo entero.

Luego, ante los discípulos (7,17-23), la regla se confirma, hasta el punto que el evangelista dice “Así declaraba puros todos los alimentos”, frase osada que declara que Jesús suprime definitivamente una antigua norma del Antiguo Testamento que decía: “Separad lo puro de lo impuro” (Levítico 10,10; ver también 20,25).

Jesús va a fondo, allí de donde procede toda renovación personal auténtica, esto es al “corazón”.

Siguiendo la pista del v.6 (“Su corazón está lejos de mí”), que planteaba cómo es que se da la verdadera comunión con Dios, en los versículos 19 y 20 se nota la siguiente contraposición:

v.19: “pues no entra en su corazón” (la contaminación que nos separa de Dios)

v.20: “del corazón de los hombres, salen las intenciones malas”(...que efectivamente nos separan de Dios)

¿Qué indica aquí el término “corazón”?

En mundo simbólico bíblico, el “corazón” indica el lugar profundo en el que la persona toma conciencia de sí misma, reflexiona sobre los acontecimientos, medita sobre el sentido de la realidad y asume comportamientos responsables ante los hechos de la vida y ante el misterio de Dios.

De ahí que el “corazón” tenga una importancia decisiva con relación a la salvación. La salvación que Jesús ofrece sólo es realmente eficaz cuando pasa por el “corazón” de cada persona y lo convierte, por la fuerza del Espíritu Santo en un nuevo corazón movido por el amor de Dios para amar a los demás como él lo hace (este es el hombre nuevo). Digámoslo de otra forma, el corazón experimenta una especial plenitud de vida cuando sale de sí mismo y encuentra la absoluta novedad del amor de Dios que se nos da en Jesús y, por decisión propia y como criterio permanente de comportamiento, le comparte a los otros ese amor.

Generalmente cuando hablamos de “corazón” lo relacionamos automáticamente con “amor”, y esto es cierto, pero no es todo, se trata del amor-decisión, de la personalidad fraguada en la opción fundamental por el amor de Dios, de la interioridad (del “ser”) del que brota el “hacer” cristiano. Esto es lo que se está expresando en estas líneas del evangelio, tan importantes ayer como hoy.

¿Cómo se purifica el corazón?

Profundizando un poco más, veamos el comentario que Jesús le hace a este nuevo principio de vida establecido por él. Entramos a lo que se ha llamado una “pequeña suma moral de la primitiva Iglesia”. La lectura de los versículos siguientes son una excelente oportunidad para que exploremos el corazón del hombre y, particularmente, el nuestro. Volvamos a la pregunta que nos planteamos desde el principio: ¿Con base en qué criterio debemos valorar nuestro comportamiento con el prójimo? y ¿Qué es lo que tiene un peso determinante para nuestra relación con Dios?

Jesús dice: “Porque de dentro, del corazón de los hombres, salen las intenciones malas: fornicaciones, robos, asesinatos, 22 adulterios, avaricias, maldades, fraude, libertinaje, envidia, injuria, insolencia, insensatez. Todas estas perversidades salen de dentro y contaminan al hombre” (7,21-23)

Jesús ha establecido que el corazón, la conciencia libre (o mejor, “liberada”, “purificada” por el amor de Jesús), es la fuente de la vida moral. Allí es donde está el foco de la contaminación, “las perversidades que contaminan al hombre” o la fuerza del amor que transforma el mundo. Lo interesante ahora es notar la dinámica que emerge de los términos que acuña Jesús. Una lectura bien atenta nos permitirá captar el juego de contraposiciones “entrar”/ “salir”, “lo que no contamina”/ “lo que contamina” (cada uno haga el análisis personalmente).

Volteando la terminología aparece que “corazón puro” no es únicamente el que está preparado para la comunión con Dios, sino el que ya está en plena sintonía con el querer, con los sentimientos, con el proyecto de Dios para el mundo. El “corazón puro” en realidad es el corazón “purificado” que pone todo su interés en Dios y en el próximo, para hacer siempre el bien.

Es así como podemos entender por qué Jesús cita, de una manera particular, el decálogo. Ya no es la “norma” en sí, el corazón nuevo del hombre que se ha purificado en el corazón de Dios y del cual “brota” una nueva fuerza de amor.

Los vv.21-23 lo enuncian de manera negativa, como una manera de mostrarnos lo que nos sucede cuando creemos ser hombres nuevos, pero en realidad no lo somos (no olvidemos que estas palabras están dirigidas a los discípulos en la intimidad de la escuela).

En el medio una lista selectiva de doce pecados, que abarcan los campos principales o más frecuentes del comportamiento, se diseña el perfil del hombre viejo, o mejor, en positivo (que es lo que en realidad se quiere acentuar), los aspectos de la vida donde debería brillar con mayor razón el hombre nuevo según el Reino de Dios (ver Marcos 1,15; 2,21-22).

Las maldades enumeradas (fornicaciones, robos, asesinatos) corresponden a lo que está prohibido en otras disposiciones de los mandamientos del decálogo. Se trata de una serie de reproches, de actitudes por evitar porque nos separan de Dios, nos hacen incapaces de conocer el misterio de Dios. Se trata de una pequeña suma de la catequesis moral de la Iglesia primitiva: “De dentro del corazón del hombre proceden...” (7,21). Así aparece una lista de vicios y pecados.

La frase de la cual se deriva todo es: “Del corazón del hombre salen las ‘intenciones malas’” (dialogismoi kakoi)

Jesús comienza con la “raíz” de todo pecado que una decisión personal que proviene del fondo del corazón. El pecado no es una casualidad, es deliberado.

El término griego “dialogismós” (=pensamiento, cálculo) describe precisamente el proceso interno de una reflexión de la que se deriva, en consecuencia, una decisión. Toda decisión tiene una motivación. Cuando la motivación es mala (“kakós”), es decir, basada en criterios que le apuntan prioritariamente a una ventaja personal con perjuicio de otro, lo que sigue es una mala acción, como sucede con aquel que juzga basado en malos motivos (ver Santiago 2,4). Antes de volverse acción concreta, el pecado ha sido elaborado previamente en el corazón. El pecado no sucede “porque sí”, él tiene sus “razones” en el corazón de quien lo comete, por lo tanto hay responsabilidad personal.

(1) Del corazón del hombre salen las “fornicaciones” (porneíai)

Se trata de deseos sexuales incontrolados que conducen a relaciones sexuales inmorales. Se trata de la persona para la cual cualquier tipo de relación da lo mismo y ésta se vuelve habitual, reiterativa, viciosa. El criterio de comportamiento es la propia satisfacción, haciendo de la pareja un objeto para la propia autocomplacencia, negando por lo tanto el valor del otro y sacrificando relaciones estables más profundas basadas en el amor. El daño que se hace a la persona amada, a la cual se le ha entregado el corazón, es bien grande.

(2) Del corazón del hombre salen los “robos” (klopai)

Se trata de aquel para quien la apropiación de lo ajeno es un comportamiento habitual. Tampoco en su caso hay una escala de valores en la cual el respeto y el amor por los demás esté en primer lugar. Coloca el entorno al servicio de sus propios intereses. Es un delincuente que actúa subrepticiamente, engañando siempre a los demás.

(3) Del corazón del hombre salen los “asesinatos” (fonoi)

La negación del otro llega a su punto más grave: no sólo lo usa sexualmente, no sólo se apropia de sus bienes sino que le rapta incluso la vida, que es el valor más preciado. Homicidio.

(4) Del corazón del hombre salen los “adulterios” (moijeíai)

La lista comenzó con el tema de la inmoralidad sexual y retoma ahora el mismo tema, con el matiz de la “infidelidad” a la persona a la cual se le prometió amor total. Sobran comentarios.

(5) Del corazón del hombre salen las “codicias” (plenoxeíai)

Es otro mal manejo del “deseo”. El término que Jesús utiliza significa literalmente tener (“ejo”) en sobreabundancia (“plen”). Pero, puesto que se trata de una acción (mala) derivada de una motivación interna (mala), hay que observar allí un comportamiento que va en doble dirección:

· De fuera hacia dentro: encontrar placer en el “llenarse” de cosas, con tres habituales manifestaciones (a) el deseo compulsivo de llenarse de cosas (se antoja de todo lo que ve en el supermercado) malgastando el dinero en lo que no vale la pena (el lujo desmedido), (b) el entrar en competencia con los demás motivado por la envidia (si fulano(a) tiene esto, yo también lo quiero, y ojalá mejor), (c) el placer de exhibir lo que se tiene con el fin de obtener una nueva ganancia: la felicitación y la envidia de los otros.

· De dentro hacia fuera: la tacañería o avaricia de aquel al que le duele compartir. En otras palabras, la persona se vuelve “mezquina” (lo contrario de “don generoso”, en 2 Corintios 9,5) y avara, casi incapaz de ser generosa.

Cuando esto sucede, las relaciones comienzan basarse en las “cosas” y se pierde de vista al “otro” como valor fundamental, de ahí que sea en el fondo una negación de Dios, quien es el “Otro” por excelencia. Peor todavía, si consideramos que en el “adquirir, adquirir y adquirir”, en el fondo hay una injusticia social que contradice el proyecto de fraternidad y solidaridad querido por Dios, porque quien acumula se está apropiando de aquello que por derecho le pertenece a los otros.

(6) Del corazón del hombre salen las “maldades” (poneríai)

No se trata solamente de hechos malos en sí sino de una persona que está dañada en la estructura de su personalidad y encuentra placer en hacerle daño a los otros. Es una persona que se goza en ver a los demás sometidos, humillados, vapuleados, divididos; se alegra cuando otra persona cae en desgracia. Su motivación es la destrucción y ama complicarle la vida a los demás.

Una persona “perversa” como ésta, cuya motivación fundamental en la vida es el ver las desgracias de los otros, tiende a agrupar en torno a sí a otras personas de la misma calaña. Como bien observan los escrituristas el “Maligno” es el título de Satanás, el que siendo malo en sí mismo, hace que los otros sean tan malos como él.

(7) Del corazón del hombre sale el “fraude” (dolos)

Es lo que en Colombia llamamos peyorativamente “la viveza”. Se trata de aquella persona que actúa doblemente, con engaño, con el fin de lograr sus deseos ocultos. El término tiene un origen interesante: el “dolo” es la carnada que se coloca para hacer caer a una víctima en la trampa (por ejemplo, una trampa de ratones). Por lo tanto es la inteligencia pero para salirse con la suya, para el mal.

Lo contrario es ser “de una sola pieza”, “transparente”. Por ejemplo de Jesús se dice que “no cometió pecado y en su boca no se halló engaño” (2 Pedro 2,22), incluso el apóstol Felipe lo presenta como “un israelita de verdad, en quien no hay engaño” (Juan 1,47).

(8) Del corazón del hombre sale el “libertinaje”(asélgeia)

Literalmente significa “desenfreno”, su mejor imagen es la del caballo desbocado que no acepta la rienda. Se trata del comportamiento de quien no acepta reglas, sintiéndose con derecho a todo. Su criterio de acción es el capricho personal y para conseguirlo pasa por encima de lo que sea empeñando en ello todas sus capacidades.

Al contrario del que actúa por fraude (obra ocultamente), el que actúa por libertinaje hace sus maldades públicamente sin temor a escandalizar, perdiendo el respeto por sí mismo y por los otros, se vuelve literalmente “sin-vergüenza”.

(9) Del corazón del hombre sale la “envidia” (oftalmós poneros; literalmente: “ojo malo”)

Como bien lo indica el término original (“ojo malo”), es el comportamiento de aquella persona que mira con rabia el éxito y la felicidad de los demás.

Esta actitud en realidad está a la base de las anteriores. Se trata de una persona que considera que no es suficientemente amada y que vale poco, por eso los demás son para ella una amenaza, considera que los demás son o tienen es un derecho que a ella le fue negado.

En el fondo se trata de un problema espiritual serio. La misma expresión, cuando aparece en Mt 20,15, indica una actitud de envidia y casi de crítica con relación a los designios de Dios. Es casi una acusación a Dios.

Esta actitud cierra la lista de las anteriores (de la 5ta a la 8va) y nos prepara para las últimas tres faltas, que precisamente son las de una persona que tiene relaciones difíciles con Dios.

(10) Del corazón del hombre sale la “injuria” (blasfemía)

El término literalmente significa “calumnia”, pero en este contexto se refiere a Dios y por lo tanto se trata más bien del insulto a Dios.

A Dios, a quien se le debe la adoración y la alabanza, se le dice todo lo contrario de lo que se le debe. La persona considera que no tiene nada que agradecerle a Dios. El resentimiento es grande.

(11) Del corazón del hombre sale la “insolencia” (hyperefanía)

Es consecuencia de lo anterior. La persona piensa que no tiene necesidad de Dios, que puede hacer y deshacer por su propia cuenta.

Literalmente es el engrandecimiento de sí mismo, esto es, el orgullo, la autosuficiencia, la arrogancia. Una persona así se considera “el ombligo del mundo”, mira con desprecio a las demás personas considerándolas con menor capacidad y valor que ella. Su criterio de acción es el comparativo, partiendo del presupuesto de que él siempre es el mejor.

La persona en su arrogancia se coloca al nivel o incluso por encima del mismo Dios. En nuestro tiempo hemos escuchado a un grupo musical que el culmen de su fama se declaró más popular que Jesucristo o a una cantante que dijo públicamente que al nivel de ella sólo Dios.

Hay un Salmo que describe la actitud del hombre rico y poderoso que tiene tanto que se cree el mismo Dios: “el orgullo es su collar, la violencia es el vestido que los cubre... se sonríen, hablan con maldad, hablan altivamente de opresión, ponen en cielo su boca, y su lengua se pasea por la tierra... dicen: ‘¿Qué va a saber Dios?’” (73,6-9).Pero al respecto profetiza Isaías: “Tú que habías dicho en tu corazón: ‘Al cielo voy a subir, por encima de las estrellas de Dios alzaré mi trono... subiré a las alturas del nublado, me asemejaré al Altisimo’, ¡Ya! al abismo has sido precipitado, a lo más hondo del pozo” (14,13). Pero “Dios resiste a los soberbios” (Santiago 4,6; ver igualmente el Magníficat: Lucas 1,51)

(12) Del corazón del hombre sale la “insensatez” (afrosyné)

El término es engañoso, no se refiere a una carencia de inteligencia, sino a la falta de disponibilidad para reconocer a Dios en su verdadera grandeza y potencia.

Literalmente significa “locura”, pérdida del sentido de las cosas que termina en acciones desatinadas, por lo tanto sin criterio de valoración (moral), peor todavía: fuera del proyecto de Dios. Se trata de una persona sin rumbo en la vida, sin proyecto. Más que el “loco” en sí, es el que “se hace el loco” para pasarla bien, pero su vida no trascenderá.

Insensato es aquél que no quiere tomar a Dios en serio y por lo tanto no está dispuesto en lo más mínimo a poner el mandato de Dios por encima de todas las palabras humanas y a dejarse guiar por la voluntad de Dios.

Una persona así, definitivamente anda perdida en la vida.

¿Qué queda de todo esto?

Ya vimos que, en última instancia, la instrucción sobre pureza y la impureza se convierte en un comentario al Decálogo. Desde Jesús la Ley se vive desde un nuevo principio espiritual: él purifica nuestro amor para que desde el fondo del corazón, con la personalidad bien formada del discípulo, seamos realmente el pueblo que Dios quiere y el mal venza al bien.

Nuestro corazón debe ser liberado para poder estar lleno del sentido de Dios, para poder reconocer con gratitud nuestra dependencia de él, para poder reconocer con gratitud nuestra dependencia de él, para que nuestra vida toda sea una fiesta de alabanza.

5. Releamos el evangelio con los Padres de la Iglesia

Los Padres de la Iglesia nos enseñan a captarle el sabor espiritual a la Palabra y a colocarla bien dentro de nosotros.

Veamos cómo leen algunas de las frases del evangelio de hoy dos Padres de la Iglesia.

5.1. El sentido de la purificación

“(Los fariseos) les reprochan a los discípulos el que no se laven las manos del cuerpo, si bien no logran encontrarles en sus obras, realizadas con las manos o con los otros miembros del cuerpo, ninguna impureza. Habrían hecho mejor si se hubieran culpado a sí mismos quienes, a pesar de haberse lavado bien las manos con agua, tenían la conciencia puerca con la envidia (...)

Se trata de una tradición supersticiosa, esa de lavarse repetidamente, después de estar ya lavados, para comer el pan, y no tomar alimento al regreso del mercado sin haberse purificado primero. Pero es necesaria la enseñanza de la verdad, según la cual aquellos que desean tener parte en el pan de la vida que baja del cielo, deben purificar sus obras con el lavatorio frecuente de las limosnas, de las lágrimas y de los otros frutos de la justicia, para poder participar en los misterios celestiales con pureza de corazón y de cuerpo.

Es necesario que la impureza con la cual cada uno se mancha al ocuparse de los asuntos terrenos, sea purificada con la presencia frecuente de buenos pensamientos y buenas acciones, si es que él desea gozar del íntimo restauro de aquel pan (...)

En vano los fariseos, en vano todos los judíos se lavan las manos y se purifican al volver del mercado, si se niegan a lavarse en la fuente del Salvador”.

(Beda el Venerable, Evang. Marc., 2, 7, 1-4)

5.2. El amor responsable con los padres

“Hay un honor que no sólo es de obsequio sino de liberalidad (dar sin esperar recompensa). (... aunque) De hecho, honrar significa tratar según los méritos.

Por tanto, nutre a tu padre, nutre a tu madre.

Y si nutres a tu madre, es verdad que no la recompensarás por el dolor, por los tormentos que ella ha sufrido por ti, ni le restituirás los cuidados que te ha prodigado, ni le restituirás el alimento que ella te ha dado con tierna piedad derramando la leche de su seno en tus labios, no le restituirás el hambre que ha soportado por ti, cuando no comía aquello que pudiera hacerte daño, lo que podría secar su leche. Por ti ella ha ayunado, por ti se ha alimentado, por ti no ha tomado el alimento que deseaba y ha tomado el que no le gustaba, por ti ha pasado la noche entera en vela, por ti ha llorado.

¿Y tú puedes tolerar que le falte alguna cosa? Oh, hijo, qué condena atraes sobre tu cabeza si no nutres a tu madre. A ella le debes lo que tienes, a ella le debes lo que eres...

¿A lo mejor le das a los otros? ¿Y si éstos te ponen la objeción: ‘Ve primero a nutrir a tu madre’? De hecho, a pesar de que son pobres, no quieren usufructuar una limosna impía. ¿No has oído hablar lo suficiente de aquel rico, tendido sobre lecho de púrpura y de cuya mesa Lázaro recogía las migajas, cómo sufrió las torturas del eterno suplicio por no haberle dado alimento al pobre? ¡Si grave es la culpa por no darle a los extraños, cuánto más grave es la de excluir a los propios progenitores!

Tú podrías replicar que prefieres donarle a la Iglesia lo que podrías darle a tus progenitores. Pues bien, Dios no te pide un don fundado en el hambre de tus progenitores”.

(San Ambrosio, Exp. in Luc., 8, 75.77)

6. Para cultivar la semilla de la Palabra en lo profundo del corazón

6.1. Respondamos personalmente y en comunidad:

a) Los fariseos regañan a los discípulos de Jesús porque toman los alimentos con manos impuras.¿Cuándo es que nosotros nos apegamos a cosas terrenas, de manera que no le concedemos a los otros la libertad que Dios nos ha concedido?

b) ¿Cuáles son las maneras de “sacarle el cuerpo” a los mandamientos de Dios? ¿Qué palabras o slogans humanos nos ayudan a justificarlo?

c) ¿Tenemos conciencia del carácter de obligatoriedad de los mandamientos de Dios?

d) ¿Cuándo nos aproximamos para recibir la Eucaristía lo hacemos con manos, corazón y mente pura?

P. Fidel Oñoro, cjm
Centro Bíblico del CELAM

LECTIO DIVINA PARA EL 30 DE AGOSTO DE 2015

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