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Sábado, Julio 22, 2017

LECTIO DIVINA PARA EL 28 DE AGOSTO DE 2016

LECTIO DIVINA PARA EL 28 DE AGOSTO DE 2016

Vigésimo segundo del tiempo ordinario
En la escuela de la humildad: Una nueva cultura de las relaciones. Lucas 14, 1.7-14

“Porque todo el que se ensalce, será humillado; y el que se humille, será ensalzado”

 Introducción

Un buen maestro siempre está enseñando. Como lo hemos venido notando en nuestra lectura del evangelio de Lucas en los domingos anteriores, Jesús encontraba en diversas circunstancias de la vida cotidiana que encontraba en su camino, una para transmitir una enseñanza. Al fin y al cabo el Reino es así: su aprendizaje parte de y conduce a lo más profundo de la vida.

Lo importante es que al interior de cada una de las esferas de la vida humana, Jesús va introduciendo la semilla del Reino que genera una verdadera revolución en las maneras de pensar y en los hábitos que siguen reglas de comportamiento ya previamente establecidas por la cultura en sus diversos ámbitos sociales, económicos, políticos y religiosos. Jesús lleva a repensar la vida, no con simples frases de afecto sino con análisis profundos.

Jesús entra en la vida cotidiana ya configurada por cada persona y su sociedad, cuestiona y propone. Y en esta dinámica hace emerger de dentro de las conciencias desnudas la fuerza renovadora del Reino, mano creadora de su Padre en medio del mundo, y del impulso arrollador del Espíritu de amor que moldea la vida según el querer de Dios.

Acojamos la Palabra del Evangelio que nos presenta Lucas 14,1.7-14:

1 Y sucedió que, habiendo ido en sábado a casa de uno de los jefes de los fariseos para comer, ellos le estaban observando.
7 Notando cómo los invitados elegían los primeros puestos, les dijo una parábola:
8 «Cuando seas convidado por alguien a una boda, no te pongas en el primer puesto, no sea que haya sido convidado por él otro más distinguido que tú,
9 y viniendo el que os convidó a ti y a él, te diga: "Deja el sitio a éste", y entonces vayas a ocupar avergonzado el último puesto.
10 Al contrario, cuando seas convidado, vete a sentarte en el último puesto, de manera que, cuando venga el que te convidó, te diga: "Amigo, sube más arriba."
Y esto será un honor para ti delante de todos los que estén contigo a la mesa.
11 Porque todo el que se ensalce, será humillado; y el que se humille, será ensalzado.»
12 Dijo también al que le había invitado: «Cuando des una comida o una cena, no llames a tus amigos, ni a tus hermanos, ni a tus parientes, ni a tus vecinos ricos; no sea que ellos te inviten a su vez, y tengas ya tu recompensa.
13 Cuando des un banquete, llama a los pobres, a los lisiados, a los cojos, a los ciegos;
14 y serás dichoso, porque no te pueden corresponder, pues se te recompensará en la resurrección de los justos.»

Ahora profundicemos.

1. El contexto

A. Jesús está en una comida. Allí cada una de sus acciones queda retratada por la lente pública, sobre todo por aquellos que ya lo consideran una persona incómoda: “Y sucedió que, habiendo ido en sábado a casa de uno de los jefes de los fariseos para comer, ellos le estaban observando” (Lucas 14,1).

En torno a la comida en común se viven los grandes valores de la relacionalidad. No es simplemente el hecho “funcional” de alimentarse; en la comida compartida se ejerce la hospitalidad, se teje la amistad, se experimenta la gracia del compartir, se abre el corazón. Los grandes impulsos internos del amor siempre pasan por la mesa ¡Qué importante es en el mundo bíblico una invitación a comer! Como lo dice el feliz orante del Salmo 23,6: “Tú me preparas una mesa”.

Jesús hizo de la mesa un espacio de evangelización y de construcción de la comunidad. Jesús no sólo compartió la mesa con los pecadores (7,34; 15,1-2; 19,1-10), con todo el pueblo (9,12-17), con sus amigos y discípulos (10,38-42; 22,14-38; 24,28-30), sino también con los fariseos, sus adversarios que tanto lo observaban y lo criticaban. En el caso que nos ocupa hoy, el de una cena con fariseos, notamos que con ésta ya es la tercera vez que Jesús lo hace (ver 7,36; 11,37).

Por tanto no es la primera vez que vemos a Jesús en una circunstancia de éstas. Lo que llama la atención es que esta vez está en casa de un representante de lo más alto de la sociedad judía de su tiempo, su anfitrión es “uno de los jefes de los fariseos”. Jesús también evangeliza estos “altos niveles” de la sociedad entrando hasta el comedor de sus propias casas.

A esto se suma que la cena ocurre en “sábado”, justo la ocasión en que los milagros de Jesús se han vuelto más polémicos para los fariseos (ver la curación de un hombre en 6,6 y de una mujer en 13,14, ambas en el ámbito de una sinagoga); y, como era de esperar, hace allí –delante de ellos- un nuevo gesto de misericordia con un enfermo de hidropesía (14,2-6).

2. Jesús pasa de “observado” a “observador”

Después de la curación del hidrópico y de la lección sobre la misericordia inaplazable (14,2-5), dejando a su auditorio sin argumentos para la crítica (14,6), Jesús ahora pasa de observado a observador.

A partir del análisis de dos puntos importantes del mundo de la etiqueta en los banquetes, la distribución de los puestos en la mesa y la lista de los invitados, Jesús saca dos lecciones importantes para la vida de sus discípulos.  Todo se coloca bajo una nueva lente. El problema no está en lo externo sino en la motivación interna: el honor.

2.1. La etiqueta en la distribución de los puestos en la mesa (14,7-11)

Veamos las tres partes de esta sección del pasaje evangélico: (1) una observación, (2) una parábola y (3) la aplicación.

(1) Una observación: “Notando cómo los invitados elegían los primeros puestos” (14,7ª).

¿Qué hay detrás de este comportamiento?  Una de las necesidades humanas es la estima. Esto se percibe en la aspiración al reconocimiento. El problema es cuando se busca por medio de la competencia: ser superiores a los demás, tener posiciones más altas, estar más adelante. Esto último es lo que Jesús ve en los comensales de aquella mesa: quieren los puestos más visibles (a la cabecera de la mesa o en el centro), los que indican superioridad.

Esto que sucede en las comidas formales también sucede en la convivencia humana y en todos los estratos sociales. No es fácil reconocerle a las otras personas nuestros mismos derechos y nuestro mismo valor. En esta feria de las vanidades, aparece el deseo de la afirmación personal mediante la comparación: lo nuestro es superior o mejor que lo de los otros. De esta comparación proviene un criterio errado de valoración.

(2) Una parábola: “Cuando seas invitado…” (14,8)

En una parábola, Jesús propone una regla de comportamiento diferente para los comensales: “Cuando seas invitado a una boda, no te pongas en el primer puesto… no sea que… y entonces vayas a ocupar avergonzado el último puesto” (14,8-10). Su frase proviene de la sabiduría popular: quien busca los primeros puestos de manera directa o muy de prisa puede terminar recibiendo más humillación que honra; no hay que correr riesgos.

Sin embargo, detrás de esto puede suceder que no haya verdadera humildad sino una estrategia para salirse con la suya. A lo mejor de esta forma la honra puede ser más evidente ante los demás invitados a la hora en que el anfitrión lo haga ascender de lugar.

Puesto que lo que Jesús quiere no es simplemente recordar una regla de sabiduría sino ir hasta el fondo de las actitudes, es que no hay que perder de vista la idea principal: hay que dejarle al patrón de la casa la tarea de la asignación de los puestos. Los puestos no dependen de los méritos que creemos tener sino de la gratuidad del anfitrión.

(3) La aplicación: “Todo el que se ensalce, será humillado; y el que se humille, será ensalzado” (14,11)

Poner en crisis este tipo de comportamientos

Toda búsqueda de honor fracasa delante de Dios; es más, tiene un efecto contrario. Dios no está dispuesto a admitir las jerarquías de honor que nos inventamos los hombres. Todo lo que hagamos por dar brillo a nuestro honor, prestigio y esplendor carece de valor en la presencia de Dios.

Por eso, en este tipo de cosas no vale la pena gastar energías porque pertenece al mundo de la vanidad, que en el fondo es vaciedad, una forma de egoísmo por la exaltación del propio yo. Es Dios, no nuestra ambición, quien nos da el valor y la importancia que tenemos.

Bajo la mirada de Dios

De ahí que el verdadero lugar del hombre es el que ocupa ante Dios y no el que puede ganar esforzándose en su propia promoción.

Lo mismo vale para las relaciones entre nosotros. Hay que evitar la autopromoción y más bien actuar desde la humildad, no nos corresponde a nosotros sino a los otros la promoción.

Un principio de vida evangélico

La última palabra sobre el valor de las personas la tiene Dios. Esto ya lo había dicho María en el Magníficat: “Derribó a los potentados de sus tronos y exaltó a los humildes” (1,52).

Todas estas actitudes provienen del fondo del corazón, por eso se retoma como conclusión de la parábola de la oración del fariseo y el publicano: “Todo el que se ensalce será humillado; y el que se humille será ensalzado” (18,14).

La lección se volverá a escuchar en la última cena, donde irónicamente los discípulos van a pelear por los puestos; Jesús les responderá con un llamado al servicio humilde, de lo cual Él es el mejor ejemplo: “¿Quién es mayor, el que está a la mesa o el que sirve? ¿No es el que está a la mesa? Pues yo estoy en medio de vosotros como el que sirve” (22,27).

2.2. La etiqueta en la elaboración de la lista de los invitados (14,12-14)

“Dijo también al que le había invitado” (14,12). Después de hablar a todos, a partir del comportamiento de los comensales, Jesús ahora se dirige al anfitrión del banquete para hablarle de una tarea que era propia de él: hacer la lista de los invitados.

En su enseñanza, Jesús hace un paralelo: (1) En una primera columna coloca lo que “no”  se debe hacer (“cuando des una comida o una cena, no tomes la iniciativa de invitar a...”, 14,12). (2) En la segunda describe el comportamiento deseable (“cuando des un banquete, toma la iniciativa de invitar a...”, 14,13-14).

(1) Una comunión a partir de la nivelación de dignidad (14,12)

En la primera lista aparecen cuatro grupos: “los amigos, los hermanos, los parientes y los vecinos ricos”. Normalmente las relaciones se establecen con personas que están al mismo nivel, esto permite el intercambio: se puede devolver la invitación o dar regalos que estén a la par de la situación. La comunión aquí se fundamenta en la posibilidad del intercambio. Con este criterio, el círculo de los invitados se reduce, llegando al exclusivismo: los pobres y los miserables quedan automáticamente excluidos.

(2) Una comunión que elimina la desigualdad (14,13-14)

En la segunda lista, la que Jesús recomienda, la invitación se dirige a todos aquellos que las diversas circunstancias de la vida han marginado.

Frente a los cuatro primeros grupos ya enumerados, Jesús propone cuatro nuevos grupos: “los pobres, los lisiados, los cojos y los ciegos”. Se trata de personas que no tiene como corresponder con otra invitación en la tierra (como lo podía hacer el primer grupo, 14,12) sino que será Dios quien lo hará en la resurrección (14,14).

Con este comportamiento se reconoce en todas estas personas su igual valor y dignidad.

De esta manera, Jesús refleja una nueva manera de entender las relaciones humanas.  Según ésta, las relaciones humanas, habitualmente fundamentadas en la reciprocidad, se basan más bien en un amor unilateral, así como lo es el amor de Dios por cada hombre: Dios nos ama por encima de todo, a pesar de que no queramos o no estemos en condiciones de responderle a la altura de su amor.

Llama la atención que Jesús colocó dentro de esta lista, después de los pobres, tres grupos de enfermos: “lisiados, cojos y ciegos”.  Cuando uno lee 2ª Samuel 5,8, uno se encuentra con que los ciegos y los enfermos no eran huéspedes agradables para David.  En Qumrán (ver la “Regla de la Comunidad”), los esenios excluían también a los enfermos, los cojos y los ciegos de la vida comunitaria. ¿Cómo sería, entonces, la reacción del anfitrión –un jefe de fariseos- cuando Jesús le dijo a quiénes debía invitar a su mesa?

En conclusión…

Con esta enseñanza Jesús no está queriendo decir que no haya que comer con los familiares ni con los amigos; a lo que se opone rotundamente es al exclusivismo y a la marginación de los más desfavorecidos.

Hay que vencer el exclusivismo derribando los muros y los círculos cerrados en las relaciones humanas.  Hay que vencer la repugnancia y los prejuicios. El corazón debe ensancharse para darle espacio a todos, especialmente a los desfavorecidos, los abandonados, los que sufren, y acogerlos con amor, haciéndolos parte de nuestra propia vida.

Habiendo comprendido que nuestro honor no depende de nuestros méritos sino de la gratuidad del corazón de Dios, construiremos nuevas relaciones en el mundo que no se basan en la utilidad que nos puedan reportar sino en el valor infinito que tiene cada persona. Esta es la comunión que anticipa el modo de vivir definitivo en la resurrección.

Cultivemos la semilla de la Palabra en lo profundo del corazón

1. ¿Cuándo fue la última vez que organicé una fiesta o invité a alguien a comer? ¿Con qué criterio seleccioné mis invitados?

2. ¿Qué formas –discretas o públicas- tiene hoy la aspiración al honor y al prestigio? ¿Qué podemos decir al respecto?

3. ¿Qué nueva cultura de las relaciones propone Jesús? ¿En qué se basa? ¿Para dónde apunta?

4. Los fariseos basaban su espiritualidad en la lógica de la recompensa. ¿Esto es correcto? ¿Qué es lo que hay que buscar en la relación con Dios y con los demás?

5. ¿Hago parte de algún círculo cerrado? ¿Mi grupo o mi comunidad cristiana tienen esta tendencia?

6. ¿Por qué la Iglesia (y nosotros como miembros de ella) optó preferencial y proféticamente por los pobres? ¿Cómo la pongo en práctica?

P. Fidel Oñoro C., cjm
Centro Bíblico del CELAM

LECTIO DIVINA PARA EL 28 DE AGOSTO DE 2016

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