CONGREGACIÓN DE MISIONEROS OBLATOS DE LOS CORAZONES SANTÍSIMOS

PARA EL FIN DE SEMANA NOVIEMBRE 3 DE 2016

PARA EL FIN DE SEMANA NOVIEMBRE 3 DE 2016

Si creemos en Cristo, creamos en Él.
Mis queridos amigos de santa Teresita, de san José, del Carmen de La Habana, del Carmelo de Quito y de tantas partes del mundo. Mi saludo con los mejores deseos de paz y bien en el Señor que en su amor nos regala siempre la posibilidad de la conversión de mente y de corazón. Hoy, en la reflexión, quiero asumir un tema que es necesario en este caminar en la fe y es precisamente la importancia del cambio de mentalidad y el de la apertura al Evangelio.

Para aclarar algún asunto o resolver alguna duda lo más recomendable es abrir, el oído, el corazón y la mente y ser capaz de trascender el propio saber. Aunque como lo decía un filósofo la pregunta que se hace suele tener ya la mitad de la respuesta; y puede ser peligroso que solo esperemos confirmar, en la respuesta del otro, lo que pensamos o también puede pasar que preguntamos y no nos interese saber lo que puede ser la verdad y nos pueda ayudar a cambiar nuestro pensar o nuestro actuar.

Al querer aprender y al atrevernos a preguntar debemos estar dispuestos a cambiar, si es necesario, el propio razonamiento y más cuando ya la mitad de lo que pensábamos saber o creer no es ni siquiera una parte. Para todos debe ser claro que no porque yo crea una cosa que considero verdad lo que piensen los demás es mentira. A muchos les pasa que, aun creyendo lo mismo, profesando una fe esperan que también las personas piensen igual y les den las respuestas que ellos esperan y en muchos casos acaban cerrados, obstinados sin querer oír y muchos menos creer. Un consejo para los muchos cristianos que esperamos que alguien que sepa o conozca la verdad nos aclare las dudas, nos regale la luz para entender: abrámonos a esa verdad, aunque sea distinta a la que pensamos y no sigamos divididos oyendo, pero no creyendo, escuchando, pero no cambiando de opinión. Si no es así entonces perdemos el tiempo, no crecemos y la verdad sigue siendo un tema de pocos cuando por gracia de Dios podría ser de todos. Digo todo esto porque muchos que se dicen cristianos, aferrados a sus tradiciones y a la catequesis recibida y a los propios conceptos, han abandonado el Evangelio, han dejado de creer en Jesús, han dejado de leer la Palabra y se han dedicado a lo “propio” a lo que saben; han dejado la doctrina de Jesús para seguir la de los líderes de tanto movimiento eclesial nuevo que basado en normas y en tradiciones no vividas y hasta en costumbres y otros en complejos y frustraciones personales se cierran a cosas tan propias del Padre de amor como son la misericordia, la ternura, la bondad, el perdón. Y qué difícil es cambiar la mentalidad de los que viven los mandamientos y se olvidan de las bienaventuranzas, de los que piden perdón y no perdonan, de los que piensan que la Eucaristía es el banquete excluyente de los pecadores.

Hemos venido a creer en Cristo y por lo tanto debemos créele a Él. Si somos cristianos nos deben conocer por el amor que nos tenemos unos a otros y porque tenemos la certeza que nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo se lo quiere revelar. Nadie ha bajado del cielo sino Jesús. Por eso nuestra vida tratamos de identificarla, asemejarla día a día más a Jesús para tener los mismos sentimientos que tuvo Él con los demás, con nosotros.

Creer o no creer siempre será una opción en la vida, pero cuando la fe es en una persona hay que creer con el corazón y confesar con la boca que lo que dice es verdad.

Creemos en la resurrección de los muertos, en la vida eterna, en el regreso a la casa del Padre, en el hecho que seremos justificados en Cristo y que todos estamos llamados a vivir para siempre.

Con mi bendición:

P. Jaime Alberto Palacio González, ocd