Domingo, diciembre 11, 2016

LECTIO DIVINA PARA EL 23 DE SEPTIEMBRE DE 2012

LECTIO DIVINA PARA EL 23 DE SEPTIEMBRE DE 2012

PEQUEÑO COMO UN NIÑO
Mc 9,30-37

El Evangelio de este domingo nos presenta de nuevo a Jesús de camino a solas con los Doce: “No quería que se supiera, porque iba enseñando a sus discípulos”. Esta circunstancia y el hecho de ser ya la segunda vez que enseña lo mismo revela la importancia de su enseñanza que se resume así: “El Hijo del hombre será entregado en manos de los hombres y lo matarán y, una vez muerto, después de tres días, resucitará”. Tres acciones; pero el acento recae sobre la tercera: “Resucitará”.

Este es el punto que hacía incomprensibles sus palabras: “Los discípulos no entendían lo que les decía y temían preguntarle”.

Ellos creían ciertamente que Jesús iba a resucitar, pero “en el último día”. El problema es que Jesús había dicho claramente: “Después de tres días”. Si le hubieran preguntado, habrían corrido la misma suerte que Marta, la hermana de Lázaro. Cuando Jesús le dijo: “Tu hermano resucitará”, ella sabía que Jesús se refería a la resurrección de su hermano ¡ahora! Pero temió enfrentar este tema y lo evadió: “Ya sé que resucitará en la resurrección, el último día” (Jn 11,23ss). Por eso Jesús la enfrenta: “Yo soy la resurrección”, y le pregunta: “¿Crees esto?”. Ella responde: “Sí, Señor”. Pero responde así porque teme ahondar; en realidad, sigue sin creer. En efecto, cuando Jesús ordena retirar la piedra del sepulcro, ella insinúa la imprudencia de esa orden: “Señor, ya huele; es el cuarto día”. Entonces Jesús la reprende: “¿No te he dicho que, si crees, verás la gloria de Dios?”. Es que ella no creía. Esto es lo que ocurre a los apóstoles: no creen y por eso temen pedir aclaración. La fe verdadera no teme a la razón; la fe procura entender y pide aclaración. Los apóstoles, en cambio, querían entender primero y después creer. Pero este callejón no tiene salida. No entendían; y temen preguntar, pues temen disentir.

La segunda parte del Evangelio nos revela cuál era la preocupación de los Doce: “Por el camino habían discutido entre sí quién era el mayor”. No había acuerdo sobre este punto, como ocurre a menudo entre los hombres. Por eso para establecer las jerarquías humanas hay que competir y someterse a concursos. Estos concursos establecen grandezas relativas, que rigen sólo entre los hombres, jerarquías basadas en el poder. La jerarquía que Jesús va a establecer es la verdadera, es la que vale ante Dios: “Si uno quiere ser el primero, sea el último de todos y el servidor de todos”. Ser el primero ante el mundo y ser servido por todos requiere mucho esfuerzo, pues todos disputan este lugar. En cambio, ser el último y el servidor de todos nadie lo disputa. Este puesto está disponible, pero nadie lo desea. Y, sin embargo, el que ocupa este puesto es el mayor en absoluto. Este es el puesto que ocupó la Virgen María; es el puesto que se disputan los santos. Es el puesto que Jesús se reservó para sí: “Tomó la condición de esclavo” (Fil 2,7).

Con un gesto expresivo Jesús quiere demostrar hasta qué punto él se ha hecho el último: “Tomando un niño lo puso en medio de ellos”. Y se identificó con él: “El que reciba a un niño como éste, a mí me recibe”. Equivale a decir: Este es el puesto que yo he tomado; este es el puesto que deben tomar mis discípulos.

 

+ Felipe Bacarreza Rodríguez
Obispo Auxiliar de Concepción

LECTIO DIVINA PARA EL 23 DE SEPTIEMBRE DE 2012

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