Lunes, diciembre 05, 2016

LECTIO DIVINA PARA EL 22 DE MARZO DE 2015

Estudio Bíblico Dominical
Un apoyo para hacer la Lectio Divina del Evangelio del Domingo
Quinto Domingo de Cuaresma 22 de Marzo de 2015

Viviremos más allá de la muerte. “Donde yo esté estará también mi servidor”
Juan 12, 20-33

Introducción

Hoy celebramos una fe que nos colma de esperanza: viviremos más allá de la muerte. Esta fe tiene fundamento en la promesa de Jesús: “Donde yo esté estará también mi servidor” (Jn 12,26).  

En el pasaje del Evangelio de Juan que leemos hoy, vemos cómo esta promesa se ha realizado en el misterio pascual de Jesús, quien ha muerto para introducirnos en la plenitud de su misma vida.  Jesús abrió el camino que supera las fronteras de la muerte humana y nos enseña a “seguirlo” –con actitudes concretas de “servicio”- para compartir también su gloriosa resurrección.

Al ponernos hoy de cara a la realidad de la muerte, no nos llenamos de desesperación, sino más bien de una profunda alegría.  La fe en la muerte y resurrección de Jesús nos abre caminos de esperanza: la muerte no es el final.  Es más bien, como lo sentían y lo celebraban los primeros cristianos, el “día del verdadero nacimiento” (el Vere Dies Natalis), el día en que –en los brazos del buen Pastor- somos introducidos en la Casa del Padre, para el encuentro definitivo con la Trinidad Santa, encuentro que le da sentido y plenitud a toda nuestra existencia.

Veamos cómo Jesús nos ofrece este horizonte de esperanza que llena de sentido nuestra vida, subrayando los puntos más importantes del Evangelio de este domingo:

(1) La lección del grano de trigo (12,24)

La imagen del grano de trigo que “muere” cuando es sembrado, nos enseña una insólita maravilla. Así como la semilla muere para dar lugar a una planta, pero la planta no es distinta de la semilla, así Jesús en su muerte entra a una vida nueva inédita.

En su resurrección, Jesús ya no vuelve a ser lo que era en su vida terrena, y con todo, no deja de ser él mismo. Ahora en su cuerpo, como la semilla convertida ya en una planta, se manifiesta la plenitud de lo que se empezó a manifestar en su vida terrena.   

De ahí que la muerte no es una pérdida sino una ganancia, porque sólo así se expresa el verdadero potencial de vida que llevamos dentro, es el comienzo de una vida nueva, la vida eterna.

(2) La condición para que la semilla renazca en una vigorosa planta (12,25)

Pero para que esto sea posible es necesario que la semilla sepa renunciar a sí misma.

“El que ama su vida la pierde”, es decir, quien se busque a sí mismo y no sea capaz de abrirse, de trascenderse a los demás, no evolucionará hacia la realidad definitiva que ya está incubada en su propio ser.  Por el contrario, quien “siga” el camino de Jesús, que es el camino de la donación de sí mismo –a la manera del evento de la Cruz-, podrá, en este mismo Jesús, llegar a la plena realización de su existencia en la vida que ya no muere más.

La muerte vendrá inevitablemente, de esto podemos estar seguros. Pero también es cierto que si caminamos en el proyecto de Jesús -entregando la propia vida en el servicio a todos-, haremos del atardecer de nuestras vidas, el comienzo de la mañana de la resurrección.

(3) Estar con Jesús, donde Él está por mí (12,26)

Sólo quien sigue a Jesús, unido a Él en el servicio, participará de su destino, llegando así a la meta en la cual recibirá el reconocimiento beatificante de parte del Padre.

Nos preparamos para este momento crucial, dejando que desde ya la semilla se abra y le regale al mundo lo mejor que lleva dentro: las buenas iniciativas, el espíritu de bondad, la honestidad, el sentido de responsabilidad, la capacidad de amar, de perdonar y de servir a todos intensamente.  De esta forma el cielo puede comenzar en la tierra, anticipando -con un realismo sereno frente a las dificultades propias de la vida- la alegría de los que con mansedumbre no se dejan abatir por los problemas y, con pureza de corazón, se esfuerzan por hacer realidad la paz.

(4) Una inmensa plegaria comunitaria que se eleva al cielo (12,27-28)

Frente a la realidad de su propia muerte Jesús ora con mucha fuerza: “¡Padre, glorifica tu nombre!”. Él no esconde su turbación interior, pero tampoco cae en la desesperación. Con la mirada clavada en el Padre, su corazón orante se abre para acoger la “Gloria” que viene del Padre, la cual brillará en la Cruz.

Celebramos la Eucaristía dominical con la esperanza cierta de que en la muerte se manifiesta la gloria del Señor.  

Cultivemos la semilla de la Palabra en lo profundo del corazón

Valdría la pena retomar las palabras del Concilio Vaticano II: “Algunos (cristianos) peregrinan en la tierra, otros, ya difuntos, se purifican, mientras otros son glorificados contemplando claramente al mismo Dios, Uno y Trino, tal cual es; mas todos, aunque en grado y formas distintas, estamos unidos en fraterna caridad y cantamos el mismo himno de gloria a nuestro Dios, porque todos los que son de Cristo y tienen su Espíritu crecen juntos y en Él se unen entre sí, formando una sola Iglesia (cf. Ef 4,16)” (LG 49).

Profundicemos:

1. ¿Qué sentido tiene la muerte para un discípulo de Jesús?

2. ¿Cuáles son las enseñanzas del grano de trigo que se siembra y renace en la tierra? ¿Cómo se aplican a Jesús? ¿Cómo se realizan en nosotros?

3. ¿Qué sentido tiene orar por los difuntos?

P. Fidel Oñoro, cjm
Centro Bíblico del CELAM

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