Sábado, diciembre 03, 2016

LECTIO DIVINA PARA EL 13 DE ABRIL DE 2014 DOMINGO DE RAMOS

Estudio bíblico de base para la Lectio Divina del Evangelio del Domingo
Domingo de Ramos en la Pasión del Señor – Abril 13 de 2014

Cargar las palmas y la cruz:
Estar con él donde él está por mí
Mateo 21,1-11 y Mt 26-27

Introducción

1. El sentido de una procesión que empieza con los vivas de las palmas y termina con el silencio ante la Cruz

Entramos hoy en la Semana Santa, la cual tiene como momento cumbre la celebración del Triduo Pascual, entre el jueves y el domingo próximo. Desde hoy colocamos nuestra mirada en la totalidad del Misterio Pascual: pasando por la contemplación de sus dolores y su muerte llegamos a la proclamación de la Victoria de la Vida en la entrega total de Jesús de Nazaret.

El domingo de Ramos hace el camino a la inversa: comenzamos por la proclamación jubilosa de Jesús “Rey humilde” y nos vamos sumergiendo poco a poco en el silencio contemplativo del acontecimiento de la Cruz, de donde surge verdaderamente el canto pascual de la victoria. Una maravillosa síntesis de alegría y duelo, de amor y de rechazo, de vivas y de silencio, de palmas de victoria y de cruz de humillación, nos convoca en este día y nos sitúa correctamente de cara a la fuente de nuestra salvación.

El obispo san Andrés de Creta convocaba a las comunidades para la Semana Santa con estas palabras:
“Venid, subamos juntos al monte de los Olivos y salgamos al encuentro de Cristo, que vuelve hoy desde Betania, y que se encamina por su propia voluntad hacia aquella venerable y bienaventurada pasión, para llevar a término el misterio de nuestra salvación” (De la Disertación 9).

Una gran revelación nos aguarda. Por nuestra parte, se espera que estemos a la altura de los acontecimientos. Que no los dejemos “pasar” desapercibidos, sino que hagan “paso” (=pascua) liberador por nuestras vidas, sumergiéndonos en el torrente de vida y de gracia que proviene de la Cruz y de la Resurrección. Decía este mismo Padre de la Iglesia:
“Imitemos a los que salían a su encuentro. No para alfombrarle el camino con ramos de olivo… sino para poner bajo sus pies nuestras propias personas, con un espíritu humillado al máximo, con una mente y un propósito sinceros, para que podamos así recibir a la Palabra que viene a nosotros y dar cabida a Dios, a quien nadie puede contener” (san Andrés de Creta, ibid.).

La procesión de ramos es, entonces, un gesto por medio del cual, quienes lo realizan, expresan su decisión de iniciar un camino. La escena no tiene finalidad en sí misma, ante todo recibe su significado del conjunto de eventos que vienen enseguida y que culminan con la muerte y resurrección de Jesús.

Por tanto, comenzar la Semana Santa recordando la entrada de Jesús a Jerusalén quiere decir ante todo: ¡Deja entrar su misterio en tu vida!

 

2. Lectio de Mateo 21,1-11: La entrada del Profeta-Rey en Jerusalén

Como lo acabamos de recordar, la bendición de las palmas, de la cual este domingo toma su nombre, evoca la entrada de Jesús en Jerusalén y la multitud que lo recibió en medio de aclamaciones, en ambiente de fiesta. Leamos el relato de Mateo 21,1-11:

1 Cuando se aproximaron a Jerusalén, al llegar a Betfagé, junto al monte de los Olivos, entonces envió Jesús a dos discípulos, 2 diciéndoles:
‘Id al pueblo que está enfrente de vosotros,
y enseguida encontraréis un asna atada y un pollino con ella;
desatadlos y traédmelos.
3 Y si alguien os dice algo, diréis:
El Señor los necesita, pero enseguida los devolverá’.
4 Esto sucedió para que se cumpliese el oráculo del profeta:
5 Decid a la hija de Sión:
He aquí que tu Rey viene a ti,
manso y montado en un asna y un pollino, hijo de animal de yugo.
6 Fueron, pues, los discípulos e hicieron como Jesús les había encargado: 7 trajeron el asna y el pollino. Luego pusieron sobre ellos sus mantos, y él se sentó encima.
8 La gente, muy numerosa, extendió sus mantos por el camino; otros cortaban ramas de los árboles y las tendían por el camino. 9 La gente que iba delante y detrás de él gritaba:
‘¡Hosanna al Hijo de David!
¡Bendito el que viene en nombre del Señor!
¡Hosanna en las alturas!’.
10 Y al entrar él en Jerusalén, toda la ciudad se conmovió.
‘¿Quién es éste?’ decían.
11 Y la gente decía:
‘Este es el profeta Jesús, de Nazaret de Galilea’.

El pasaje está ordenado de la siguiente manera:
(1) El escenario inicial (21,1a).
(2) Instrucciones de Jesús a dos discípulos (21,1b-3).
(3) Comentario (bíblico) del narrador: cita de cumplimiento (21,4-5).
(4) Ejecución de las instrucciones de Jesús y narración de las acciones subsiguientes (21,6-11).

En medio de los detalles del acontecimiento, el protagonista –que es Jesús– va siendo reconocido con títulos que hemos escuchado antes en la narración del evangelio de Mateo. Se destacan cinco:
- Jesús es el SEÑOR
“El Señor los necesita” (21,3)
- Jesús es el REY
“He aquí que tu Rey viene a ti” (21,5)
Ver Mt 2,1-12 (v.2: “¿Dónde está el Rey de los judíos que ha nacido?”)
- Jesús es HIJO DE DAVID
“Hosanna al Hijo de David” (21,9)
Ver Mt 1,1-18 (v.1: “Hijo de David”)
- Jesús es EL QUE VIENE
“Bendito el que viene en nombre del Señor” (21,9)
Ver Mt 3,11; 11,3 (3,11: “Aquel que viene detrás de mi es más fuerte que yo”; 11,3: “¿Eres tú el que ha de venir?”)
- Jesús es el PROFETA
“Este es el profeta Jesús, de Nazaret de Galilea” (21,11)
Ver Mt 13,57 (“Un profeta solo en su patria y en su casa carece de prestigio”)

Pero tenemos todavía otro reconocimiento de Jesús que engloba todos los anteriores. A Jesús no sólo se le reconoce con títulos dichos con palabras sino también con acciones, por eso es significativo que las multitudes hagan una proclamación y reconocimiento, con los gestos de los mantos y las ramas en el camino (junto con las aclamaciones públicas),  del REINADO MESIÁNICO de Jesús, lo cual contrasta con lo que decían antes en Mt 16,14 (donde Jesús era visto apenas al nivel de los profetas).

Tenemos, entonces, que el pasaje responde a la pregunta: “¿Quién es éste?” (21,10). Por tanto, apunta a la confesión de fe en Jesús y, en consecuencia, a la decisión por él. En el pasaje siguiente (21,12-16, que no se lee en la liturgia de hoy) se comprueba que, efectivamente, la entrada de Jesús a Jerusalén pone a la ciudad entera en la situación de quien debe responder a la pregunta: ¿Quién es Jesús?

Siguiendo el esquema que presentamos, veamos ahora algunos puntos destacados del desarrollo del pasaje.

2.1. El escenario inicial (21,1a).

“Cuando se aproximaron a Jerusalén, al llegar a Betfagé, junto al monte de los Olivos”

El ambiente en que se realiza la entrada de Jesús a Jerusalén contrasta con el de su antepasado David: si David vino de Jerusalén al Monte de los Olivos en medio de lamentaciones (ver 2 Samuel 15,30), Jesús –el Hijo de David- viene desde el monte de los Olivos hasta Jerusalén en medio de gritos de júbilo.

La mirada está puesta en Jerusalén. Ya en Mt 5,35, Jerusalén había sido llamada “la ciudad del gran Rey” (=Dios), sólo que aquí el rey es Jesús.

Mateo nos presenta la primera parte del recorrido que va desde Betfagé, en las faldas del Monte de los Olivos (21,1ª), hasta Jerusalén. La aldea de Betfagé (que significa “cada de los higos”), era considerada ritualmente como parte de la ciudad de Jerusalén, por lo tanto, es prácticamente la entrada a Jerusalén. El Monte de los Olivos (en hebreo: har hazztm), al oriente de Jerusalén, al otro lado del valle del Cedrón, estuvo relacionado desde muy antiguo con la expectativa del juicio final (ver Mt 24,3; 27,51-53).

2.2. Instrucciones de Jesús a dos discípulos (21,1b-3).

“… Entonces envió Jesús a dos discípulos, 2 diciéndoles: ‘Id al pueblo que está enfrente de vosotros, y enseguida encontraréis un asna atada y un pollino con ella; desatadlos y traédmelos. 3 Y si alguien os dice algo, diréis: El Señor los necesita, pero enseguida los devolverá’”

Los dos discípulos de Jesús aquí no tienen nombre. La mención de “dos”, más que el envío misionero (que, por cierto, en Mateo es de dos en dos; Mt 10,5) nos recuerda algo de 1 Samuel 10,2.

Llama la atención la autoridad y majestad con que Jesús habla en el momento de dar las instrucciones, lo hace como un rey. El hecho de “desatar” a un asno será un acto intencional y simbólico.

Jesús los manda a la aldea de “enfrente”, que es Betfagé (probablemente no Betania). Jesús habla proféticamente (de nuevo vemos algún parecido con el vaticinio de 1 Sm 10,1-9), allí encontrarán un asna y un pollino. La mención del “asna atada” podría remitirnos a Gn 49,11, un pasaje que en el judaísmo tenía una interpretación mesiánica (gracias a la conexión con Zacarías 9,9). En el antiguo oriente, el asno era usado en las ceremonias reales (por ejemplo 1 Reyes 1,33: cuando Salomón va a ser consagrado Rey, David lo hace montar en su mula para ir a Guijón. La nobleza poseía asnos (ver Jc 5,10; 10,4; 12,13-14; 2 Sm 13,29). El hecho de “desatar” el asno para una entrada ceremonial en la ciudad es, de por sí, un acto de reinado.

Los imperativos de Jesús se suceden: “Vayan… desaten… tráiganme… digan”. Algunos intérpretes de este pasaje, al notar que Jesús tiende a comportarse como si fuera el dueño de los animales, han señalado que lo que probablemente se quiere decir aquí es que Jesús es el Señor-Mesías que recupera el señorío de Adán sobre los animales (ver Gn 1,26-31). Pensamos que es una interpretación que va más allá del texto y que, si bien el señorío de Jesús está afirmado en este pasaje, no es tanto sobre las bestias sino sobre Jerusalén entera, tal como lo muestran los acontecimientos que siguen y de manera especial la clave interpretativa que nos da el mismo Mateo.

2.3. Comentario (bíblico) del narrador: cita de cumplimiento (21,4-5).

“4 Esto sucedió para que se cumpliese el oráculo del profeta: 5 Decid a la hija de Sión: He aquí que tu Rey viene a ti, manso y montado en un asna y un pollino, hijo de animal de yugo”

En medio del relato se escucha, de repente, la voz del evangelista que llama la atención sobre el hecho de que el acontecimiento es “cumplimiento” de las antiguas promesas de Dios. Lo que Jesús parece tener en mente en este momento es lo que el evangelista intenta traducir. Se habla del “oráculo del profeta”, pero en realidad, según Mateo 21,5 vienen a colación dos profecías del Antiguo Testamento:
• Isaías 62,11ª: “Decid a la hija de Sión: Mira que viene tu salvación”
• Zacarías 9,9: “[¡Exulta sin freno, Sión, grita de alegría, Jerusalén!] Que viene a ti tu rey: [justo y victorioso,] humilde y montado sobre un asno, en una cría de asna”.

La cita comienza: “Decid a la hija de Sión”. Notemos que Mateo, quien tiene como base el texto de Zacarías 9,9, quita la primera parte de la cita (ver los corchetes) y la sustituye con una cita de Isaías. La razón parece ser que la frase de Isaías es la que mejor conviene para una entrada -y sus aclamaciones- que pide una repuesta de Jerusalén (parecer de N. Lohfink).

La “hija de Sión” es el pueblo de Jerusalén, quien debería escuchar la palabra dirigida a él y recibir –como se lo merece- a su Rey. Pero su respuesta no será el regocijo sino la puesta de un interrogante: “¿Quién es éste?” (21,20).

“He aquí que tu Rey viene a ti, manso”. Miremos de nuevo los corchetes en la cita de Zacarías: Mateo ha quitado la frase “justo y victorioso”, de manera que el énfasis recae sobre la mansedumbre de Jesús y del animal. De cara a lo que vendrá, se quita cualquier nota de triunfalismo.

El asno –y su pollino todavía débil– se contrapone a los caballos de guerra. El animal fue escogido por su asociación en realeza y para mostrar que Jesús es un hombre de paz. [Llama la atención cómo en las representaciones orientales de esta escena, Jesús aparece sentado de medio lado en el asno, la cual es la postura de una mujer y no de un guerrero].

La “mansedumbre” caracteriza a Jesús como Rey quien no viene como un conquistador y por eso no entra con los carruajes que se usaban en tiempos de guerra (como sí se hace en 2 Re 9,21). También en el Antiguo Testamento se le pide la virtud extraña –en el mundo del gobierno- de la mansedumbre o humildad a los reyes (como en 1 Sm 9,21; 2 Sm 7,18-19; 1 Re 21,20; 2 Re 22,18-20). La “mansedumbre” es una de las bienaventuranzas proclamadas por Jesús (ver Mt 5,4) y es también un rasgo característico del ministerio de Jesús (ver como Jesús es envuelto en el ropaje de la mansedumbre del Siervo de Yahvé en Mt 12,18-21).

Por tanto, Jesús no viene como un héroe de guerra sino con un servidor humilde de los planes salvíficos de Dios, y lo hace a la manera de Dios, no de los esquemas humanos conocidos.

2.4. Ejecución de las instrucciones de Jesús y narración de las acciones subsiguientes (21,6-11).

“6 Fueron, pues, los discípulos e hicieron como Jesús les había encargado: 7 trajeron el asna y el pollino. Luego pusieron sobre ellos sus mantos, y él se sentó encima…”

Los discípulos son presentados como modelo de obediencia. Además, lo anunciado por el Antiguo Testamento comienza a cumplirse plenamente.

Ya sabemos que Jesús no entrará al Jerusalén como un peregrino normal, quien habitualmente lo hace a pie. Ahora él se sienta como lo hace un rey (ver Mt 19,28; 20,21) y todo está listo para la marcha.

Previamente los discípulos han puesto sobre los animales sus propios mantos: ellos son los primeros en reconocerlo como rey (ver 2 Reyes 9,13). Las vestiduras representan a quienes las visten, por tanto, esta es la manera como los discípulos expresan su sometimiento a Jesús y se ponen a sus pies.

Luego entran en el escenario nuevos personajes: “La gente, muy numerosa” (21,8a). Según Mateo, la entrada de Jesús es un triunfo popular, las multitudes interpretan correctamente el que Jesús entre montado sobre un asno: este es el Hijo de David mesiánico.

Las multitudes siguen el mismo comportamiento inicial de los discípulos de Jesús: “extendió sus mantos por el camino” (21,8b). Y se agrega: “otros cortaban ramas de los árboles y las tendían por el camino” (21,8c). Las ramas nos recuerdan otras procesiones como la de 2 Reyes 9,13, cuando se hizo la proclamación del rey Jehú: “Cada uno se apresuró a tomar su manto y lo colocó a sus pies sobre el empedrado” (esto es el equivalente contemporáneo de la alfombra roja; ver también 1 Macabeos 13,51; 2 Macabeos 10, 7).

Quienes van delante y detrás de Jesús van haciendo aclamaciones tomadas del Salmo 118,25-26, al cual le agregan el título “Hijo de David”. La expresión “Hosanna” corresponde al imperativo hebreo: “Sálvanos” (en realidad son dos palabras: hšî‘â - n, que significan “salva ahora” o “salva, (nosotros) pedimos”. En 2 Reyes 6,26 se dice que “pasaba el rey de Israel por la muralla cuando una mujer clamó a él diciendo: ¡Sálvame, rey mi Señor!’”. Sin embargo, el uso del término en este caso no connota súplica sino alabanza, como ocurre en Lc 19,37-38 y en textos de la primitiva Iglesia como la Didajé 10,6.

En nuestro pasaje de Mateo, a diferencia de Marcos –quien no coloca después el ‘Hosanna’ el título de ‘Hijo de David’-, se establece una conexión estrecha entre el clamor por la salvación y el reconocimiento de Jesús como mesías davídico. Según Mateo, Jesús no entra en Jerusalén como el Hijo de Dios ni como el Hijo del hombre, sino como el “Hijo de David” (ver 20,30).

La alabanza continúa: “¡Bendito el que viene en nombre del Señor! ¡Hosanna en las alturas!” (21,9). Es posible que se esté bendiciendo en nombre del Señor al “que viene”; pero también se puede entender en otra dirección: que Jesús está viniendo “en el nombre del Señor”; o también como un: “¡Sea bendito Dios que lo ha enviado!”. Al canto del Salmo 118,25-26, se le agrega luego “¡Hosanna en las alturas!”, la cual, en relación con el Salmo 148,1, indicaría una sintonía con el júbilo de los ángeles en el cielo.

Finalmente, tenemos la reacción de la ciudad de Jerusalén ante la entrada de Jesús realizada de esta manera. No sabemos qué hizo Jesús con la tremenda acogida por parte de la multitud, pero sí sabemos cómo fue que “la ciudad” reaccionó: “se conmovió”, quizás en el mismo sentido de lo ocurrido en Mt 2,3, cuando los magos llegaron a Jerusalén preguntando por el rey de los judíos que había nacido: “Al oírlo, el rey Herodes se sobresaltó y con él toda Jerusalén”.

La pregunta “¿Quién es éste?” (21,10) no quiere decir “¿Cómo se llama este hombre?” sino “¿Qué deberíamos hacer con esta persona?”.

Responden los peregrinos galileos que acompañan el cortejo de Jesús con una confesión de fe: “Este es el profeta Jesús, de Nazaret de Galilea” (21,11). Que este profeta sea “nazareno”, ya lo habíamos visto en Mt 2,23; la mención de la Galilea nos lleva a la memoria de tantos gestos de misericordia realizado por Jesús durante su ministerio precisamente galileo.

Que Jesús sea reconocido como “profeta” tiene su importancia: prepara para la acción simbólica que, a la manera de los profetas, Jesús va a realizar enseguida en el Templo. Pero también establece un paralelo entre Jesús y Moisés, ya que Moisés fue considerado por la tradición judía como “profeta”, además se esperaba un gran profeta –el profeta definitivo- que sería como Moisés, como dice Deuteronomio 18,15: “Yahvé tu Dios suscitará, de en medio de ti, entre tus hermanos, un profeta como yo, a quien escucharéis”.

En fin…

Jesús entra en Jerusalén como un rey caracterizado por la “mansedumbre” de las bienaventuranzas, como un rey que no se impone por la fuerza sino que interpela la libertad de cada persona y exige una toma de decisión ante él: la aceptación o el rechazo.

Ante Jesús se desvela el verdadero y el falso discipulado, ya que en el seguimiento de Jesús salen a flote tantas intenciones ocultas: ¿buscamos el poder o tenemos una firme voluntad de servicio?.

La pregunta final “¿Quién es éste?”, es fundamental. Según como comprenda la identidad de Jesús, cada seguidor suyo comprenderá lo propio y sabrá a qué debe aspirar. La respuesta definitiva a la pregunta vendrá del mismo Jesús en el acontecimiento de la Cruz.

3. Acompañar a Jesús hasta la Cruz: el itinerario de la Pasión en Mateo 26-27

Después que realizamos la procesión de ramos, la liturgia nos proclama el relato de la Pasión según san Mateo. La procesión inicial se prolonga entonces en un nuevo itinerario más profundo: ¡Jesús reina verdaderamente en la Cruz!

Detrás de todo se plantea una pregunta que es al mismo tiempo una invitación: “¿Quieres ponerte en camino de una vida nueva, entrando con Jesús a Jerusalén y siguiéndolo hasta el Calvario?”, o mejor, “¿Quieres ver dónde hasta dónde es capaz de ir tu Dios por amor a ti?”, “¿Quieres acompañarlo para estar con Él donde Él está por ti?”. Sólo así alcanzaremos la verdadera alegría de la Pascua.

Con este espíritu somos invitados a seguir atentamente el camino de la Pasión de Jesús. A continuación, siguiendo el orden de la Pasión según san Mateo, destacamos los puntos relevantes del itinerario interno de la Pasión de Jesús.

3.1. Primera parte: el preludio (26,1-16)

El relato se abre con una visión profunda del significado de los acontecimientos que vienen: la Pasión es anunciada e interpretada con palabras y acciones simbólicas. Mateo nos coloca ante tres escenas que muestran fuertes contrastes:

(1) Jesús mismo predice su Pasión que está a punto de comenzar (26,1-2). Jesús habla con firmeza, él mismo parece dar el impulso para la Pasión; Él tiene el control de los acontecimientos, tiene majestad y autoridad. Esto contrasta con la desorganización y el ambiente secreto en que se mueven sus enemigos (26,3-5). Aparece así el primer contraste violento: el Hijo del hombre irá hasta el final en fidelidad a su Padre, mientras que los adversarios, ignorando el momento de gracia, se convierten en instrumentos de su muerte.

(2) Una mujer anónima prepara su cuerpo para la sepultura, a pesar de las protestas de los discípulos por el supuesto derroche económico (26,6-13). Mientras la mujer parece comprender que el “tiempo” de la Pasión que se aproxima, los discípulos parecen ignorantes y critican un acto demasiado generoso. La mujer comprende –como verdadera discípula- la realidad de la Cruz: la generosa entrega de Jesús, derramando su propia vida -¡tan valiosa!-.

(3) Al mismo tiempo Judas, uno de los Doce, vende a su maestro por treinta monedas de plata y abre el camino para que Jesús sea arrestado (26,14-16). En cuando la mujer da generosamente, Judas “vende”, en su corazón hay codicia y apego al dinero. En “tiempo oportuno”: Judas entregará al Hijo del hombre para ganarse unas monedas, al mismo tiempo Jesús se entregará a sí mismo para dar su vida por la salvación de muchos.

3.2.  Segunda parte: la última Pascua de Jesús con su comunidad (26,17-35)

Enseguida cuatro escenas describen lo que sucede en torno a la última cena pascual que Jesús celebra con sus discípulos. Se destaca el sentido que Jesús le quiere dar a su muerte y las consecuencias que esta tiene para el discipulado.

(1) En cuando la fiesta se aproxima, Jesús, con su autoridad majestuosa, le ordena a sus discípulos que preparen la Pascua (26,17-19). En el centro están las instrucciones que da Jesús: “El Maestro te manda decir…” Jesús manifiesta un firme deseo de pasar estos últimos instantes con sus discípulos. Pero esta comunión se va a romper enseguida.

(2) Luego Jesús hace el anuncio de la traición: “Uno de vosotros me entregará” (26,20-25). Las tensiones van aumentando progresivamente. Ante la profecía de Jesús todos sienten miedo: “¿Seré yo?”. Judas enseguida comienza a hablar con los mismos términos de los enemigos. Judas queda delatado.

(3) Cuando comienza solemnemente la cena pascual, las palabras de Jesús sobre el cuerpo despedazado y la sangre derramada, desvelan el profundo significado de su muerte (26,26-29). Los gestos que Jesús realiza sobre el pan y el vino evocan otras escenas significativas de este mismo evangelio y están cargadas de simbolismos bíblicos. El don de su propia vida es lo que señala con firmeza, los discípulos serán beneficiados: comer el pan y beber el cáliz. Mateo coloca expresamente la finalidad: “para perdón de los pecados”, que es el sentido de la misión de Jesús (ver 1,21). La Alianza antigua tiene su “plenitud” en la entrega de Jesús.

(4) Así como antes de la cena, Jesús anuncia el contraste de la reacción de la reacción de los discípulos ante la Pasión con su generosa entrega. Ahora Jesús se refiere al escándalo de la comunidad y las negaciones de Pedro (26,30-35). Pero en medio de todo, encontramos una promesa de reconciliación final entre Jesús y los discípulos: una palabra de esperanza en medio de la oscuridad.

3.3.  Tercera parte: en el Getsemaní, la entrega del Hijo del hombre (26,36-56)

Las dos escenas que ocurren en las inmediaciones del Getsemaní nos introducen a fondo en el misterio de la Pasión.

(1) La oración angustiosa de Jesús en el Getsemaní (26,36-46) es un acontecimiento impresionante. La oración se repite tres veces: siempre el mismo combate de la fidelidad al Padre que había comenzado en el relato de las tentaciones. Tres discípulos lo acompañan: los mismos que fueron testigos de su gloria en la transfiguración, lo son ahora en el sufrimiento; comienzan a entender lo que significa “tomar la cruz” y “beber el cáliz”.

(2) Enseguida se ve llegar a Judas y la multitud para arrestar a Jesús (26,47-56). Las sombras de la noche se transforman en sombras de odio. Judas y Pedro se contraponen. Judas pisotea el discipulado, Pedro parece ignorar las enseñanzas de Jesús sobre la no violencia. Todo va sucediendo el la línea del cumplimiento de las Escrituras. En medio del caos y después de las palabras de Jesús, los discípulos huyen. En el momento en que Jesús pierde su libertad, comienza su viaje, rápido y fatal, hacia la muerte.

3.4. Cuarta parte: el proceso judicial ante el Sanedrín (26,57-27,10)

El drama de la Pasión se desplaza rápidamente del Monte de los Olivos a la ciudad de Jerusalén (casa de Caifás, sumo sacerdote). Aquí el conflicto entre Jesús y sus adversarios llega a su más amarga expresión. Pero el centro no son los opositores sino Jesús quien, impávido, proclama que es el Mesías, el Hijo de Dios y el triunfante Hijo del hombre. Al mismo tiempo Pedro y Judas, ofrecen un contrapunto claro a la coherencia de Jesús.

Tres escenas suceden en torno al mismo espacio y una cuarta escena, la más oscura, sucede fuera, en el trasfondo.

(1) El interrogatorio por parte del Sanedrín y las burlas (26,57-68). En el sanedrín se escucha la voz de los falsos testigos (26,59). Dos testigos le dirigen acusaciones teatrales al prisionero (26,60-61). Interviene entonces el sumo sacerdote (26,62) y le exige a Jesús una respuesta a las acusaciones. Pero Jesús permanece en silencio (como el siervo sufriente de Isaías 53,7). El silencio de Jesús lleva a Caifás a hacer la pregunta decisiva, acompañada ésta de un juramento (26,63). La identidad de Jesús, tal como se ha revelado en el evangelio, pasa a primer plano. Jesús responde “Tú lo has dicho” y añade enseguida una profecía que sorprende (26,64): sella su identidad y al mismo tiempo señala su destino. Los castigos que le aplican enseguida el sanedrín mismo contienen una ironía.

(2) Las negaciones de Pedro (26,69-75). Pedro había seguido a Jesús de lejos (26,58) y esperaba ver en qué pararían las cosas: inicialmente llega seguro de sí mismo con el grupo de los captores y finalmente se irá lleno de remordimiento. Lo mismo que a Jesús, una serie de “testigos” se aproximan a Pedro y lo acusan de estar “con” Jesús, pero él lo niega enérgicamente. La tensión va aumentando a lo largo de las tres negaciones. Las negaciones van tomando carácter público, “delante de todos” (26,70). Pedro llega a jurar. La profecía de Jesús sobre Pedro se cumple y éste sale a “llorar amargamente” (26,75). El vínculo que lo une con Jesús no llega romperse totalmente como quiso el discípulo: rápidamente reconoce su culpa y vuelve sus pasos sobre el discipulado.

(3) El pronunciamiento del veredicto final por parte del Sanedrín, que decide entregar a Jesús a Pilatos (27,1-2). La atención se centra brevemente sobre el proceso judicial: se llega a una conclusión decisiva. Pero no se trata todavía de la sentencia.

(4) Se narra al final el destino del traidor: Judas (27,3-10). Un momento trágico que se narra mientras Jesús es trasladado hasta el palacio de Pilato. Pedro fue capaz de volver atrás (con su arrepentimiento), en cambio este apóstol se va desesperado hasta las últimas consecuencias en un vano tentativo de quitarse de encima la culpa (arroja las monedas). Los jefes no aceptan la devolución del dinero. Judas escoge el camino de la muerte.

3.5. Quinta parte: el proceso judicial por parte de Pilato (27,11-31)

Un nuevo paso, en un cambio de escenario, nos orienta hacia la conclusión. Jesús aparece de pie ante el gobernador romano. Pero serán los jefes hebreos y su mismo pueblo el que tome la extrema decisión de la muerte de Jesús. Tres episodios delinean estos momentos decisivos.

(1) El interrogatorio por parte de Pilatos (27,11-14). La primera pregunta destaca un punto importante para los romanos: “¿Eres tú el rey de los judíos?”. Los términos de la pregunta nos remiten el comienzo del evangelio (ver 2,2). La respuesta es enigmática (25,11), pero en realidad es una afirmación. Esto da pie para el alboroto de las autoridades hebreas. A pesar del coro de las acusaciones, Jesús permanece en silencio (27,12-14). Pilato se sorprende (27,13-14). La aceptación de las violentas ofensas que le propinan sus enemigos, traerá nueva vida al pueblo de Dios.

(2) La escogencia decisiva entre Jesús y Barrabás (27,15-26). Esta escena le recuerda al lector que quien está ante Jesús y su mensaje, finalmente tendrá que tomar la decisión de aceptarlo o rechazarlo. En medio de la escena una mujer denomina a Jesús como “justo” (esto nos remite a la frase programática de Jesús en 3,15): ella reconoce la identidad de Jesús e intercede por él; al mismo tiempo los jefes judíos convencen a la multitud para que  libere a Barrabás y condene a Jesús (27,20). Pilatos se exonera de la culpa.

(3) Jesús es burlado por la guarnición romana: aparece como un rey humillado por sus enemigos (27,28-31). El proceso romano termina con torturas a Jesús por parte de los soldados: se burlan de su título “rey de los judíos”.

3.6. Sexta parte: crucifixión y muerte de Jesús (27,32-56)

Terminado el juicio, el relato de la Pasión se precipita hacia su terrible final. Del pretorio, la escena ahora se desplaza hacia fuera de la ciudad: el Gólgota, un lugar reservado para ejecuciones públicas.  Dos episodios, de capital importancia, suceden allí.

(1) Jesús es crucificado y expuesto a las burlas públicas (27,32-44). Jesús es conducido como aquel hijo que fue echado “fuera de la viña” (21,39): el Mesías es rechazado por su pueblo. En contraposición, Simón, un extranjero (o un hebreo de la diáspora) carga la cruz del Mesías. Ya crucificado, Mateo hace notar que la Escritura se está cumpliendo en Jesús. Se escucha una lamentación bíblica. Las Escrituras se cumplen en Jesús, no sólo a través de sus palabras y obras, sino también a través de su perfecta unión con los sufrimientos de los justos de Israel.

Al pie de Jesús los soldados le hacen “la guardia” (27,36), hay una nota de expectativa. Se coloca un cartel sobre la cabeza de Jesús (27,37), el cual declara solemnemente su identidad. Los dos ladrones al lado de Jesús señalan de manera irónica que su corte está compuesta de marginados y malhechores, tal como lo habían acusado: “amigo de publicanos y pecadores” (11,19). Enseguida pasa ante la Cruz una procesión de personas que vienen a mofarse de sus títulos.

(2) Finalmente, llega el momento muerte del Hijo de Dios, con todo su dramatismo (27,45-56). Un eclipse acompaña las últimas tres horas (27,45). La tiniebla recuerda que estamos ante el fin de los tiempos y ante “los dolores del nacimiento” de uno nuevo. El profundo silencio se rompe con un grito de Jesús: la lamentación del Salmo 22. Pero el centro de esta oración es una expresión de confianza en Dios: Dios responderá. Los adversarios encuentran motivo para otra burla: la de la experiencia de Dios de Jesús.

Pero en la tiniebla de su lucha con la muerte, donde el amor salvífico del Padre parecía lejano, en realidad Jesús grita la oración liberadora de Israel, que a fin de cuentas reconoce la presencia viviente de Dios. Rápidamente llega el momento de la muerte: “gritó de nuevo” y “entregó el espíritu” (27,50).

El último grito no es al vacío; Mateo deja entender que sigue orando el Salmo 22. Jesús muere orando. La respuesta no se hace esperar: una serie de signos cósmicos tremendos indican la primera respuesta del Dios a la oración de Jesús: se rasga el velo del Templo, sucede un terremoto, se quiebran las rocas y se abren los sepulcros para darle paso a la resurrección de los santos. Esta resurrección es el vértice: una imagen de esperanza, un pueblo nuevo constituido por “santos”, ha comenzado.

3.7.  Contemplemos a Jesús en su Pasión

Jesús es el personaje más importante del relato de la Pasión. Bajo su luz, los diversos personajes que van pasando frente a Él, sean buenos o malos, van revelando su grandeza o su mediocridad. Es así como la Pasión del Señor va sondando la verdadera calidad de un discípulo.

Qué bueno sería que nos permitamos ahora releer todo el relato de la Pasión según san Mateo, deteniéndonos en las palabras, las actitudes y las acciones de Jesús. Confrontando con Él también las palabras, las actitudes y las acciones de quienes lo van rodeando en cada escena.

Pero sobre todo, qué bueno que comencemos a delinear el retrato de Jesús que poco a poco va emergiendo, porque es en ese espejo en el que mejor y más fondo podemos vernos y comprendernos.

Las siguientes afirmaciones breves y comprimidas sobre las grandes constantes del retrato de Jesús en la Pasión, pueden ayudarnos ahora a realizar este ejercicio orante:

(1) En la Pasión Jesús aparece con mayor nitidez como el Hijo de Dios obediente, quien cumple las Escrituras y es fiel a Dios hasta la muerte.
(2) En la Pasión Jesús es el Mesías y el Siervo de Dios, cuya misión redentora llega a su máxima expresión en la cruz que libera al pueblo de Dios del pecado y de la muerte.
(3) En la Pasión Jesús se deja conocer como el Hijo del hombre que recorre el camino de la humillación y de la muerte, pero que vendrá triunfante al final del mundo.
(4) Jesús es, en el momento crucial de la muerte, un ejemplo de fe auténtica. La que se espera de todo discípulo.

Esta historia, que es ante todo una historia de fidelidad, permanece frente a nuestros ojos para renovar a fondo nuestra fidelidad en el amor.

4. Releamos el Evangelio con un Padre de la Iglesia

“La Pasión del Señor, como sabemos, ocurrió una sola vez: ‘Cristo murió una sola vez apenas, el Justo por los injustos’ (1 Pedro 3,18). También sabemos y tenemos por cierto y mantenemos como inconmovible que Cristo una vez resucitado de entre los muertos no puede volver a morir, la muerte ya no tiene poder sobre Él. Estas palabras son del Apóstol (Romanos 6,9).
Con todo, para que no se olvide, cada año se hace memoria de lo que fue hecho una sola vez. ¿Por ventura muere Cristo siempre que se celebra la Pascua? Con todo el recuerdo anual como que representa lo que en otro tiempo ocurrió y así nos conmueve como si viéramos al Señor colgado en la Cruz. Pendiente del madero, el Señor fue insultado; sentado en el cielo es adorado. (…)
Recordemos lo que padeció: “fueron contados sus huesos, fue escarnecido, repartieron sus vestiduras y echaron a suerte su túnica, lo rodearon enfurecidos y crueles, y dispersaron todos sus huesos”. Esto lo oímos en el Salmo y lo leemos en el Evangelio. Veamos el motivo. ¡Oh Cristo, Hijo de Dios, si no quisieses no padecerías! ¡Muéstranos el fruto de tu Pasión!”.
(San Agustín, “Enarrationem in Ps.” 21 II 1.2.23)

5. Cultivemos la semilla de la Palabra en lo profundo del corazón

5.1. A partir del estudio que hemos hecho de Mateo 21,1-11, ¿Qué sentido tiene la procesión de ramos?

5.2. ¿Qué características tiene la versión del evangelista Mateo al contarnos la entrada triunfal de Jesús en Jerusalén? ¿Qué detalles nuevos he descubierto? ¿Cuáles son las enseñanzas?

5.3. ¿Por qué la liturgia de hoy sigue luego con la lectura del relato de la Pasión?

5.4. ¿Cuál es el rostro que se va dibujando de Jesús en cuando se van dando los detalles de su camino en la pasión y muerte? ¿Qué implicaciones tienen para el discipulado?

5.5. ¿Cómo voy a vivir esta Semana Santa? ¿Qué espacios para una mayor profundización de la Palabra me voy a dar? ¿Dónde y con qué espíritu espero participar en las diversas celebraciones litúrgicas?

P. Fidel Oñoro, cjm
Centro Bíblico del CELAM

LECTIO DIVINA PARA EL 13 DE ABRIL DE 2014 DOMINGO DE RAMOS

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