Viernes, diciembre 02, 2016

INGRESO

MI INGRESO A LA CONGREGACIÓN DE LA VIRGEN SANTÍSIMA

Virgen María

Una de las gracias más grandes que he recibido de la divina bondad es la de haberme alistado en la Congre­gación de la Virgen Santísima. Por este motivo, cumplo un sagrado deber de gratitud recordando aquí un bene­ficio tan insigne.

 

Los Reverendos Padres Jesuitas vinieron a estable­cerse por segunda vez en Cuenca, allá por los años de 1868 a 1869, no recuerdo bien. El Ilmo. Sr. Toral, Obis­po de la Diócesis, antes de marchar al Concilio Vatica­no, entregó a dichos religiosos la dirección del Colegio Seminario de Cuenca que fue el plantel donde yo hice mis estudios. Los Padres Jesuitas, apenas tomaron el Seminario a su cargo, fundaron en él la Congregación de la Santísima Virgen, bajo el título de "La Anunciata", debidamente agregada a la primaria de Roma. El Rvdo. P. Antonio Garcés, religioso muy edificante y que mu­rió años después en Lima, muy venerado por sus virtu­des, fue el primer Director de la Congregación y quien lo fundó. Tuve la buena suerte de ser elegido por los Pa­dres, entre los primeros a quienes alistaron para la Con­gregación. El establecimiento de ella y la consagración de los primeros congregantes hizo se en el templo, hoy desaparecido, de la Compañía, y con una pompa y so­lemnidad verdaderamente extraordinarias. Era la prime­ra vez que se establecía en Cuenca una asociación de esta clase y, por lo mismo, atrajo un gran concurso de gente que llenó por completo los ámbitos del espacioso templo. La distribución principió a eso de las cinco de la tarde y no se acabó sino a las siete de la noche: fue, si no me equivoco, el veinticinco de Marzo de mil ocho­ cientos setenta y uno. Se rezó el rosario y cantaron las letanías lauretanas, en seguida el Padre Garcés dio una fervorosa plática; se expuso el Santísimo y, delante de la Majestad, hicimos los Congregantes nuestra Consa­gración solemne a la Santísima Virgen. Los sentimien­tos de piedad y amor que, entonces, llenaron mi cora­zón, no lo podré decir. Esta es una de las gracias más grandes que he recibido en mi vida. El acto de consagración a la Santísima Virgen que lo hice en aquella noche, lo renuevo todos los días y será una gran dicha para mí, repetirlo a la hora de mi muerte. Paréceme que al admitirme la Divina Madre por congregante suyo, desde entonces, me adoptó por hijo y me tomó por su siervo.

La Reina del cielo se dignó dar una muestra de que esa solemnidad había sido muy de su agrado, porque hacién­dose sentir en aquel año una gran sequía que traía agotados los campos, ocurrió que mientras se celebraba la función piadosa ya descrita, cuando menos se espera­ba, de repente se cubrió el cielo de nubes y cayó una lluvia abundante y benéfica que fue el principio de una estación de aguas grandemente provechosa para los cam­pos.

La Congregación de la Anunciata fue para mí un ma­nantial fecundo de gracias, pues ya por los ejemplos de virtud que en ella admiraba, ya por la vigilancia y soli­citud del Padre Director, ya sobre todo por el estímulo de las reuniones semanales, me acostumbré a frecuen­tar los sacramentos de la confesión y comunión y me preservé de incalculables peligros.

Entre todas las prácticas piadosas de la Congrega­ción, la que más me agradaba era el acto de consagra­ción que habíamos de renovar diariamente todos los Congregantes, y que dice así: "Sancta Maria, Mater Dei et Virgo, ego (N. N.) te hodie in Dominam, Patronam et Advocatam eligo, firmiterque statuo ac propano me nun­quam te derelicturum, neque permissurum ut a meis subditis aliquid contra tuum honorem unquam agatur; suscipe me in servum perpetuum, adsis mihi in ómnibus actionibus meis, nec me deseras in hora mortis, Amén". -Esta preciosa oración que acostumbro, hasta hoy, re­zarla todos los días, espero que me ha de ser de consue­lo grande ala hora de la muerte. El diploma de Congre­gante de la Santísima Virgen lo conservo todavía como un pasaporte valioso para entrar en el cielo.

Otra de las prácticas, para mí deliciosas, de la Con­gregación, era el rezo del Oficio Parvo de la Santísima Virgen, a cuya práctica me reconozco deudor de grandes gracias, pues hallándome asediado de cualquier tenta­ción, especialmente si era contra la castidad y por vehemente y molesta que fuese, con el rezo del Oficio Par­ vo se serenaba la tormenta, se alejaba el tentador y to­do quedaba en paz y tranquilidad. Al hacerme sacerdo­te, el rezo del Oficio Divino ha reemplazado al del Par­vo; sin embargo, acostumbro aún todos los domingos re­zar el Oficio Parvo de la Asunción, para empeñar a la Santísima Virgen a que venga a auxiliarme, en persona, a la hora de la muerte.

Finalmente, antes ya de ser congregante y, mucho más, después de serio, por ser prácticas comunes entre ellos, me agradaba mucho ayunar los sábados y dar en esos días alguna limosna a un pobre. Cuando, como so­cio de la Conferencia de San Vicente de Paúl, que fui desde jovencito, hasta que me ordené de sacerdote, y que fui por haberme invitado y como obligado a esto el ejemplar Canónigo Dr. Vicente Cuesta, otra práctica de caridad que hacía los sábados era visitar la Escuela de Huérfanos que por encargo de la misma Conferencia, co­rría bajo mi vigilancia. Ojalá haya podido hacer algún bien en el alma de esos niños y que esto me sirva de al­gún descuento de mis muchísimos pecados e ingratitu­des con Dios. Tanto más, cuanto que mis enfermedades actuales me han hecho ya imposible el ayuno y apartá­ndome de varios ejercicios de penitencia tan saludables y necesarios para el alma: quiera Dios infundirme en ella el espíritu de la verdadera caridad, que es la virtud que encubre y borra la multitud de los pecados.

(Por consejo de mi Director espiritual,que se ha dignado cambiarme la penitencia antedicha, se suspende este trabajo aquí.­ - Enero 26 de 1904).

(Por consejo igualmente del Director espiritual se prosigue el trabajo anterior, interrumpido hasta hoy 1º de Marzo de 1904).

Fuente: www.oblatosdematovelle.com