Misioneros Oblatos o.cc.ss
miércoles, septiembre 20, 2017

HOMILÍA PARA EL SABADO SANTO DE 2015. CICLO B

CONGREGACIÓN DE MISIONEROS OBLATOS DE LOS CC.SS DE JESÚS Y MARÍA
HOMILÍA PARA EL SÁBADO SANTO. CICLO B
Génesis 1,1-2,2; Salmo 103; Génesis 22, 1-18; Salmo 15; Éxodo 14, 15-15, 1; Ex 15, 1-2. 3-4. 5-6. 17-18; Isaías 54, 5-14; Salmo 29; Isaías 55, 1-11; Isaías 12, 2-3. 4. 5-6; Baruc 3, 9-15. 32-4, 4; Salmo 18, 8. 9. 10, 11; Ezequiel 36, 16-28; Salmo 50; Romanos 6, 3-11; Salmo 117; Marcos 16,1-7.

La larga noche de la muerte del Señor ha pasado ya, la sombra de la muerte ha desaparecido y en medio de las penumbras de la desilusión y del silencio, Jesucristo ha resucitado glorioso para darle vida al mundo entero; su presencia ahora ha cambiado, su cuerpo en estado de glorificación es fuerza en medio de la debilidad de los hombres incrédulos ante la admirable resurrección del Señor, sin la convicción de saber que “nuestra vieja condición ha sido crucificada con Cristo, quedando destruida nuestra personalidad de pecadores, y nosotros libres de la esclavitud al pecado, porque el que muere ha quedado absuelto de pecado”. (Rm 6,3-11).

No podemos celebrar entonces esta vigilia como si Cristo estuviese muerto, celebrémosla con gozo, vivacidad y dinamismo, porque hemos resucitado con él y la muerte ha sido derrotada por el poder de aquél que todos los días cambia nuestro lamento en baile.

A diferencia del viernes santo caminemos presurosos al sepulcro del Señor en compañía de las piadosas mujeres para escuchar del joven del evangelio de san Marcos las bellas palabras emergidas de su corazón repleto de fe y de esperanza: “No se espanten, no está aquí, ha resucitado”. (Mc 16,1-7); estas palabras llenan de alegría esta noche santísima porque el dueño de la vida ha vencido las huestes de la muerte, las cadenas de la muerte no esclavizaron a Jesús y saliendo victorioso de ellas, nos obtuvo el galardón de la vida que no acaba jamás, la vida eterna.

Hermanos y hermanas, hoy nos hemos dado cita para celebrar el misterio central de nuestra fe: la resurrección del Señor, evento con el cual se inaugura la nueva historia, la nueva vida del mundo, el renacer de los creyentes, el triunfo de los valores de la vida y del evangelio por encima de los valores relativos predicados por nuestra sociedad, con Jesucristo resucitado empieza la era del amor entre los hombres, y para que su resurrección no sea vana, nuestro compromiso ha de ser el de mantenernos firmes en la fe que profesamos, el enarbolar el valor de la vida en medio de una cultura de muerte, el de pregonar con nuestras palabras y con nuestros actos la alegría del Señor resucitado, gritando en medio de nuestros contextos cotidianos: “no se espanten, Cristo ha resucitado”.

El espanto que nos producía la imagen de Jesús ensangrentado ha terminado, las escenas de dolor camino hacia el calvario han cesado, ahora brilla en medio de nosotros la luz de la presencia del Señor resucitado y sin espanto alguno, somos testigos de su resurrección fundamentalmente en nuestros corazones; el fuego que bendijimos al comienzo de nuestra vigilia se ha impuesto sobre la noche oscura de la muerte porque el Hijo de Dios resucitó, en el ambiente de la oscuridad más profunda de la humanidad por la muerte del Señor, hoy nos ha nacido la luz del mundo, Jesucristo el fuego de nuestras vidas, él es el rey y el centro de nuestros corazones acobardados por su ausencia, pero ahora alegres porque ha resucitado.

Poco significativa sería hoy la resurrección del Señor si el sonido de la trompeta de la victoria no llega hasta los oídos de aquellos que han hecho imperar en el mundo de la vida la cultura de la muerte; la resurrección del señor se quedaría al interior de los templos si los actores de tantas muertes inocentes no anulan sus prácticas rebeldes y violentas; la resurrección del Señor sería incompleta si el derramamiento de sangre sigue pujante, como si ésta fuera la lógica del mundo entero; no sería completamente significativa esta vigilia si el fuego del amor no impera en el mundo porque más fuerte parece ser el fuego engendrado por las armas; esta vigilia no tendría todo el sentido de la vida si el agua que hemos bendecido no limpia y purifica las conciencias de aquellos que han sembrado el terror en el mundo entero; en cambio, nuestra vigilia de resurrección tendría su sentido completo y la nueva vida implantada por Cristo tendría relevancia, si cada creyente manifestara en medio del mundo la necesidad de amar por encima del odio que causa muerte y división, la necesidad de perdonar por encima del establecimiento de viejos rencores que aniquilan nuestra almas; la necesidad de proyectar vida y esperanza en nuestros contextos familiares, académicos y laborales, por encima del egoísmo, la envidia y la desilusión.

Hermanos y hermanas; convencidos de la resurrección del Señor Jesús en nuestra vida, hagamos que no se extinga el fuego nuevo del Señor en nuestra vida y que el agua que nos ha purificado de nuestras faltas y pecados, limpie para siempre nuestros deseos de maldad.

Acompañados de la Virgen María, proclamemos con valentía en medio de las plazas: “Jesús nuestra esperanza ha resucitado”.

P. Ernesto León D. o.cc.ss.