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Lunes, Abril 24, 2017

HOMILÍA PARA EL PRIMERO DE ENERO DE 2017

Congregación de Misioneros Oblatos de los Corazones Santísimos
Homilía en la solemnidad de Santa María Madre de Dios.
Nm 6,22-27; Sal 66, Gal 4,4-7 y Lc 2,16-21

Comenzar el primer día del año nuevo, enalteciendo la imagen de la Santísima Virgen María como Madre de Dios, es un signo claro de la bondad de Dios con nosotros; pues además de habernos dado a su propio Hijo, al Emmanuel, “al Dios con nosotros”, nos ofrece también, el amparo maternal de María Santísima, quien, como Madre, nos acompañará a lo largo de este año, derramando sobre nuestras vidas amor y abrigo sin medida.

En el evangelio de hoy, el nombre de María aparece dos veces, la primera haciendo alusión a la sagrada familia: “Los pastores encontraron a María y a José y al Niño”; siendo notorio la prelación de María con respecto a José y al Niño, lo cual muestra ya, el sentido de nuestra fiesta de hoy: La Santísima Virgen María como Madre. Ella es, dirían las letanías, el orgullo de nuestra raza, la delicia de todos los santos, el trono de la sabiduría, el sagrario del Espíritu Santo. La segunda vez es para hacer notar, que la Virgen María al oír todo lo que decían los pastores, lo guardaba en su corazón; actitud que nos enseña a reflexionar sobre la vida, a evaluar los actos y a meditar en torno a los acontecimientos, pues a menudo, Dios nos habla a través de ellos.

A propósito de la grandeza de la Virgen María, queremos hacer notar las bellas palabras con las cuales uno de los Padres de la Iglesia, San Juan Damasceno (Siglo VII), se dirige a Ella: “Tus ojos estarán siempre vueltos al Señor, la luz eterna e inaccesible; tus oídos atentos a las palabras divinas y a los sonidos del arpa del Espíritu, por quien el Verbo ha venido a asumir nuestra carne…. Tu olfato respirará el perfume del esposo, perfume divino del que puede embriagarse su humanidad. Tus labios alabarán al Señor, siempre unidos a los labios de Dios. Tu boca saboreará las palabras de Dios y se alegrará de su divina suavidad. Tu corazón muy puro, exento de toda mancha siempre verá al Dios de toda pureza y arderá en deseos por él. Tu seno será la morada de aquel que ningún lugar puede contener. Tu leche alimentará a Dios, en el niño Jesús. Tu eres la puerta de Dios, resplandeciente de una perpetua virginidad. Tus manos llevarán a Dios, y tus rodillas serán para él un trono más sublime que el de los querubines…. Tus pies, guiados por la ley divina, siguiéndolo en una carrera sin recovecos te llevarán hasta la posesión del Muy – amado. Eres el templo del Espíritu Santo, la ciudad del Dios vivo, que alegran los ríos abundantes, los ríos santos de la gracia divina. Tú eres toda bella, muy cercana a Dios, la que domina a los Querubines, a los Serafines, muy cerca del mismo Dios. (Sermón SJD).

Ahondando en la solemnidad de hoy, es importante decir que la Maternidad Divina, fue el primer dogma mariano en la tradición de la Iglesia, se hizo su declaración en Éfeso en el 431, como respuesta al nestorianismo, una herejía que consideraba a Cristo radicalmente separado en dos naturalezas, la humana y la divina, realidad que lo llevó a pensar que había dos personas unidas en Cristo y entonces hablaba de María como la Cristotokos y no como la Theotokos, es decir como la Madre de Cristo y no como la Madre de Dios.

Este dogma se constituyó para la Iglesia del entonces en una clara bendición, en primera instancia porque se clarificó las dos naturalezas del Hijo de Dios, es decir que él es verdadero Dios y verdadero hombre, menos en el pecado, sin que haya espacio a la consideración de dos personas distintas; y en segundo lugar porque La Virgen María, ocupó el puesto merecido como la Madre de Dios.

Para la Iglesia de hoy, la contemplación de estas verdades resulta algo maravilloso, porque a partir de esta solemnidad, se definen tres asuntos: 1.- Nuestra condición de hijos predilectos de Dios, 2.- El papel fundamental de María la Virgen como Madre de Dios y 3.- Las dos naturalezas en Cristo.

Si quisiéramos abundar en las maravillas que hace Dios con nosotros, es oportuno, observar en el texto de los Números, la bendición de Aarón a los israelitas, la cual ha brotado del corazón mismo de Dios y ha hecho su morada en los hombres y mujeres de buena voluntad. Pensando en la grandeza de esta bendición, sería importante adoptarla como un regalo cotidiano de los padres a los hijos, de los abuelos a sus nietos, entre familiares, entre amigos y por qué no para los contradictores o para aquellos que en la Biblia se denominan “enemigos”.

La fórmula tiene cuatro componentes, en primer lugar, “Quien bendice y protege es Dios”, lo cual significa por un lado la confirmación de que Dios es un Padre para todos nosotros que somos sus hijos, no obstante nuestras faltas y pecados; y por otro lado, que Dios es el sumo bien, de quien procede bondad, bendición y protección, para aquellos que confían en él y que lo han reconocido como Padre; en segundo lugar, “el Señor ilumine su rostro sobre ti”, se debe entender desde dos perspectivas, “guía” y “sabiduría”, guía en tanto en cuanto, Dios es luz para nuestros pasos, y sabiduría, en la medida en que Él, ilumina nuestros pensamientos para descubrir su voluntad; en tercer lugar, “el Señor se fije en ti”, alusión clara a la predilección que siente por cada uno de nosotros, lo cual se constituye en un milagro de amor, pues siendo lo que somos, ceniza, tierra, pecado, debilidad, pero también, trabajo, entrega, generosidad, sacrificio, solidaridad, Dios nos ha tomado como sus hijos predilectos, cada uno de nosotros es su hijo “especial”, su hijo “exclusivo”, “su hijo necesitado de amor y cuidado”; finalmente, “el Señor te conceda la paz”,  no es otra cosa sino la afirmación, que de Dios procede la paz en el corazón y en la mente de sus hijos, de Él brota la paz para el mundo porque es un don, pero al mismo tiempo una tarea de la humanidad entera; en este contexto, “paz” es más que pacificación, es algo más sublime que la dejación de armas o que el des - escalamiento del conflicto, se trata de una actitud del corazón, en donde Dios ha empezado a ser Dios, en la medida en que se ha entendido que el otro es un hermano y no un enemigo o un rival.

De acuerdo a la fórmula de bendición antes mencionada y en comunión con el Salmo  66, es importante decir, que la instauración de un nuevo año, más allá de un cambio de calendario, es un llamado a disponer el corazón humano para que Dios lo transforme, lo ilumine, lo guíe; de tal forma, que, renovado, pueda hacer las cosas nuevas a partir de actitudes más humanas y más dóciles a la inspiración divina; bajo el entendido que sólo Dios, “rige el mundo con justicia y los pueblos con rectitud, gobierna las naciones de la tierra y da a los pueblos la salvación”;(Sal 66), sea esta la oportunidad para comprometernos con el plan de Dios, desarmando nuestro corazón, para instaurar, empezando por nuestro contexto más cercano, el amor, la reconciliación y la paz; pues siguiendo la lógica de la carta a los Gálatas, ya no somos esclavos, sino herederos del Reino, somos hijos con la capacidad para decirle a Dios Abbá – Padre y con la inteligencia suficiente para no ser verdugos de nadie, en esto consiste un NUEVO AÑO.

P. Ernesto León D. o.cc.ss