Miércoles, diciembre 07, 2016

HOMILÍA PARA EL 6 DE NOVIEMBRE DE 2011

CONGREGACIÓN DE MISIONEROS OBLATOS DE LOS CC.SS DE JESÚS Y MARÍA
VICEPROVINCIA DE OBLATOS EN COLOMBIA “JULIO MARÍA MATOVELLE”
HOMILIA PARA EL XXXII DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO
Sab 6,12-16; Sal 62; 1Tes 4,13-18; Mt 25,1-13

A tres semanas de terminarse el tiempo ordinario y en los umbrales del comienzo del  adviento, la Palabra del Señor en esta ocasión, nos invita a reflexionar en torno a un tema que consideramos importante en nuestra configuración con Jesucristo: La esperanza cristiana.
La parábola de las diez vírgenes, se configura como la parábola de la ESPERANZA arriba mencionada, en la medida en que considerándonos hombres y mujeres del aquí y del ahora, buscamos con firme determinación, celebrar con Jesucristo el banquete de bodas en la eternidad, se trata de una parábola que nos lanza a esperar con expectación la parusía, la segunda venida del Señor; para la cual hemos de sostener en nuestras manos las lámparas encendidas de nuestro amor por Él, las lámparas encendidas de nuestras buenas obras y desde luego las lámparas encendidas de nuestra fe y de nuestra esperanza en aquel que nos amó primero: Jesucristo el Señor.
En este sentido, el texto de nuestra meditación (Mt 25,1-13), nos sitúa a los creyentes en un camino lleno de esperanza que nos permitirá encontrarnos cara a cara con el novio que viene a visitarnos; las doncellas del evangelio, sabían que el novio llegaría en cualquier momento y aunque había en su corazón alegría por tal acontecimiento, cinco de ellas fueron previsivas y las cinco restantes fueron necias, su previsión fue pobre; las primeras empuñando la antorcha de la fe que ilumina siempre la vida del creyente, esperaron con gozo al dueño de la fiesta;  y tomando en sus manos la antorcha de la esperanza aguardaron a Aquel que alimenta con su espíritu la lámpara de su existencia; estas cinco doncellas teniendo entre sus manos las lámparas de su corazón encendido con el aceite del amor y sin sueño y en absoluta vigilancia recibieron al novio, quien traía a sus vidas su presencia resucitada, traía consigo vida, en síntesis les traía salvación; tal es nuestro destino, encontrarnos con el dueño de nuestra historia personal, con el novio que nos ama sin medida, con Aquél que convirtiéndose en el pan vivo bajado del cielo nos invita a diario a su banquete de bodas aquí en la tierra: La Divina Eucaristía.
Por su parte las cinco necias teniendo en sus manos las lámparas encendidas pero con el aceite de una esperanza dubitativa, no fueron capaces de aguardar con un corazón bien dispuesto a Aquel que “cambia nuestro llanto en alegría y nuestro lamento en baile”, esperaban al Novio con sus lámparas a punto de eclipsarse por estar alimentadas con el aceite de una fe vacilante y de una esperanza incierta; el resultado de todo fue que las doncellas no fueron aceptadas al banquete del novio, escuchando de sus propios labios: “Os lo aseguro, no os conozco”.
Con base en lo anterior es muy importante saber que no podemos esperar la visita cotidiana de Jesús a nuestra vida con nuestras lámparas apagadas por la ausencia de la fe, la esperanza y la caridad; de ninguna manera este huésped divino entrará en nuestra casa mientras nuestra vida esté envuelta en penumbras; y no nos invitará a su fiesta mientras nuestros corazones irresolutos no  hayan decidido amarlo sin medida.
En síntesis la Palabra del Señor de este domingo nos invita a dar un giro significativo en nuestra vida, se trata de dar un salto desde la condición de una fe pasajera y de una débil esperanza de las vírgenes necias, al estado de una fe decidida y de una esperanza cierta en Jesucristo el Señor, el dueño de nuestra vida y el centro de nuestros corazones.
Hermanos y hermanas, bajo el amparo del Corazón Inmaculado de María y contando con la sabiduría que viene de lo alto, emprendamos animosos nuestro camino hacia el adviento que dispondrá nuestra vida para el nacimiento del Mesías.

P. Ernesto León D. o.cc.ss
Superior Viceprovincial de Oblatos