Misioneros Oblatos o.cc.ss
Miércoles, Febrero 22, 2017

HOMILÍA PARA EL 4 DE DICIEMBRE DE 2016

CONGREGACIÓN DE MISIONEROS OBLATOS DE LOS CORAZONES SANTÍSIMOS DE JESÚS Y MARÍA
HOMILÍA PARA EL SEGUNDO DOMINGO DE ADVIENTO
Isaías, 11,1-10; Sal 71, Romanos 15,4-9; Mateo 3,1-12

Queridos hermanos y hermanas:

Estamos a la espera en este tiempo de ADVIENTO, de aquel que siguiendo la profecía de Isaías en la primera lectura, es “el renuevo del tronco de Jesé, sobre el cual se posará el espíritu del Señor, espíritu de sabiduría e inteligencia, de prudencia y valentía, de conocimiento y temor del Señor”, no esperamos a cualquier hombre con ínfulas de mesías, esperamos al Hijo de Dios, al Mesías enviado por el Padre para dar vida al mundo entero.
La aceptación de Jesús en el corazón de toda la humanidad posibilitará el cumplimiento de la profecía de Isaías cuando dice: “vivirá en paz el lobo y el cordero, el tigre y el cabrito se echarán juntos, el ternero crecerá junto al león, la vaca y la osa serán amigas, el niño jugará en el escondrijo de la cobra, el niño meterá la mano en el nido de la víbora, ese día será gloriosa su heredad”.

Lo anterior revela no esperanzas fallidas, ni utopías irrealizables; se trata simplemente de la transformación tan inmensa que puede ocurrir en el corazón de todo hombre y mujer, una vez que hayan recibido a Jesucristo en sus vidas, como tesoro invaluable digno de estima y sobre valoración infinitas.

La profecía de Isaías antes mencionada junto con “en todo mi monte santo ya no habrá viciosos ni perversos, porque abundará en el país, el conocimiento del Señor, como abunda el agua en el mar”, es una muestra de lo que Dios quiere que se instaure en todo el universo. Esta profecía en particular, sugiere a la vida del creyente una transformación radical, un cambio sustancial, en el cual la presencia de Dios, suscite hasta lo inesperado o lo imposible como por ejemplo aceptar al enemigo sin resentimiento alguno (vivirá en paz el lobo y el cordero); vivir la gracia del perdón y la reconciliación en circunstancias extremadamente dolorosas (el tigre y el cabrito se echarán juntos); aceptar a las otras personas como son, con la absoluta y sincera intención de ayudarles a dar cambios significativos (el ternero crecerá junto al león); vencer la enemistad de tantos y tantos años, resentimientos que han echado raíces en el corazón de las personas (la vaca y la osa serán amigas, el niño jugará en el escondrijo de la cobra, el niño meterá la mano en el nido de la víbora); todo lo anteriormente expresado es el gran reto del adviento, es el gran reto de Jesús con el corazón del hombre, es la instauración del Reino de los cielos en la tierra.

Desde esta perspectiva, hemos de comprender que el tiempo del Adviento nos lanza a abrirnos a la acción de Dios, una acción que genera cambios profundos y no superficiales; cambios desde el corazón pero con razón. Jesús instigó duramente a los fariseos y a los saduceos al ver que sus deseos de transformación eran pasajeros y superficiales y por eso los llamó “camada de víboras”, y los invitó como ahora a nosotros a “mostrar con obras la sincera conversión”.

El evangelio de hoy exhorta a todos los creyentes a la transformación de la mente y del corazón (metanoia) con imágenes que causan estupor como por ejemplo: “No se conformen con decir somos hijos de Abrahan, Dios puede hacer que nazcan hijos de Abrahan hasta de estas piedras; ya está tocando el hacha la cepa de los árboles. Todo árbol que no da buena cosecha se corta y se echa al fuego; ya está listo para separar la paja del trigo; el grano lo recogerá en el granero y la paja la quemará con fuego inextinguible”.

Esta forma de exhortación echa por Jesús, tiene como objetivo centrar al creyente en lo esencial y no en lo accesorio, y utilizando datos del Antiguo Testamento insta a la gente a una urgente conversión.

Queridos hermanos y hermanas, que el texto del evangelio de hoy no nos llene de miedo, ni nos haga perder de vista el rostro misericordioso y compasivo de Dios nuestro Padre; por el contrario, que todos nosotros haciendo caso de su Palabra que es más cortante que espada de doble filo, nos encaminemos en este tiempo de adviento por las sendas de la transformación interior, que nos lanza a generar en nuestros contextos ambientes de reconciliación y de perdón, ambientes que huelen a Dios, que es serenidad.

María Santísima, Nuestra Sra. del Cielo, Reina del adviento, socórrenos en nuestro caminar hacia Jesús que ya se acerca.

P. Ernesto León D. o.cc.ss