Sábado, diciembre 03, 2016

HOMILÍA PARA EL 30 DE SEPTIEMBRE DE 2007

Misioneros Oblatos de los cc.ss de Jesús y María
(Am 6,1ª.4-7; Sal 145; 1Tm 6,11-16; Lc 16,19-31)
Domingo 30 de Septiembre de 2007
26º domingo de tiempo ordinario

Queridos feligreses:

La primera lectura del profeta Amós, cobra sentido cuando se entiende que se trata de un hombre de su tiempo, dedicado a las labores del campo, quien leyendo la realidad de su entorno, fustiga las conductas de algunos hombres y mujeres, que gozando de bienestar, lujos y riqueza, se habían olvidado de Dios, garantizándose a sí mismos su ruina inminente, es decir el estar lejos de la presencia de Dios.

El profeta Amós quien ejerció su sagrada misión de ser boca de Dios en el siglo VIII a.C, denunció la estafa, la corrupción, la injustica y el enriquecimiento a costa de los pobres; no se conformó con la realidad que vivía su pueblo y por eso manifestó su inconformidad. Estas realidades denunciadas en el A.T., son vigentes en nuestro tiempo y nuestra dimensión profética nos ha de lanzar a ser los eternos inconformes no con nuestra vida, sino con las circunstancias de desigualdad y tristeza que vive nuestro mundo.

En medio de este panorama un tanto desolador, aparece San Pablo con su primera carta a Timoteo, en donde expresa cómo se ha de entablar el combate frente a las fuerzas del mal denunciadas por el profeta Amós, y la forma más pertinente es el cultivo de los valores tales como el esfuerzo, la honradez, la piedad, el amor, la fortaleza, la mansedumbre y la fe.

Hermanos y hermanas, con lo anteriormente dicho, es bueno comparar a la luz de nuestra fe, los supuestos valores que propugnaba la gente en tiempos de Amós, con los valores fundamentales del Evangelio expresados por San Pablo; los lujos frente al esfuerzo, la deshonestidad frente a la honradez, la confianza en si mismo, frente a la fe en Dios, el amor por sí mismo y el amor al prójimo; la debilidad en la riquezas perecederas y la fortaleza en la riqueza que no termina jamás: Jesucristo; la vanagloria y el orgullo del tener, frente a la humildad del ser. Esto plantea una decisión por tomar, una opción por elegir en medio de la incertidumbre y la fatalidad.

Finalmente hablando del Santo Evangelio según San Lucas (16), vale la pena evaluar nuestra vida de frente al rico y de frente al pobre Lázaro. El rico se vestía con gran lujo y elegancia y a diario daba espléndidos banquetes, tal vez se trataba de un hombre vestido con el ropaje de la apariencia que en ocasiones se mostraba lujoso, pero que en el fondo era harapos; se mostraba elegante ante los hombres de su propia condición, pero inhumano con los pobres, daba abundante comida a sus amigos, sin darse cuenta que su corazón estaba ávido de Dios y su estómago repleto de orgullo.

Por su parte el pobre Lázaro que representa la cotidianidad de la vida, adornada de flores y espinas, aceptó su realidad aunque sin conformarse con ella, y se salvó y se fue al cielo no por el hecho de ser pobre; sino por haber depositado su confianza, es decir su vida en DIOS.
Mientras que el rico confiaba en sí mismo y en sus riquezas, el pobre confiaba y esperaba en Dios y en su misericordia. Los dos no escaparon a la muerte, el uno y el otro con o sin dinero experimentaron el juicio y a cada uno se le dio según sus obras. Mientras en vida el pobre necesitó del rico, en la vida eterna el rico necesitó del pobre, gran paradoja es ésta y se refiere a cultivar el cielo en esta vida, para cosechar el cielo en la vida futura.

Seamos ricos o pobres esforcémonos en vivir al lado de aquel que lo es todo: Jesucristo, riqueza perdurable.

María Santísima, haznos comprender que en medio de la abundancia o de la hambruna, Jesús tu Hijo amado, no puede aparecer como el divino ausente en el mar de nuestra existencia, sino como la esperanza en medio de la angustia.

P. Ernesto León D. o.cc.ss