Sábado, diciembre 10, 2016

HOMILÍA PARA EL 28 DE JULIO DE 2013

CONGREGACIÓN DE MISIONEROS OBLATOS DE LOS CC.SS DE JESÚS Y MARÍA
VICEPROVINCIA DE OBLATOS EN COLOMBIA
HOMILÍA PARA EL XVII DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO. CICLO C
Gn 18,20-32; Sal 137, Col 2,12-14; Lc 11,1-13

Queridos hermanos y hermanas en los Corazones Santísimos de Jesús y María

En el evangelio de este domingo nos encontramos con una de las peticiones más importantes dirigidas a Jesús por parte de sus apóstoles,  “Enséñanos a orar”,  tal petición toca las fibras más profundas de lo que significa seguir a Jesús, pues no se entiende a un apóstol de Jesucristo sin oración, como tampoco se entiende a un discípulo suyo, o a un consagrado o a un creyente que se diga cristiano sin vida de oración; esta realidad fue palpada por los apóstoles del Señor en sí mismos y aunque éstos hacían milagros con el poder otorgado por Jesús,  y aunque predicaban el reino de los cielos a mucha gente, cayeron en la cuenta de las palabras de su Maestro: “Orad para no caer en tentación”, pero como no habían entendido completamente lo que significaban tales palabras no obstante haber sido testigos de la práctica de la oración en la vida de Jesús, le pidieron con humildad: “Señor enséñanos a orar”, y Jesús al instante les dijo cómo hacerlo, este CÓMO, se ha constituido desde entonces para nosotros y para el mundo en el testamento excelso de oración, con el cual reconocemos fundamentalmente que Dios es nuestro Padre.

Ahora bien, situados en la oración del Padre Nuestro, fijemos nuestra mirada en la súplica dirigida a Dios: “Venga a nosotros tu reino”,  esta impetración  lo envuelve todo, pues a nuestra manera de ver, se convirtió en el reto de la vida pública del Señor Jesús y al mismo tiempo en la tarea excelsa encomendada por su Padre del cielo.  Jesús había sido testigo del reino de injusticia y de mentira que experimentaba su cultura, había contemplado con su compasiva mirada el dolor de los enfermos, excluidos hasta del templo; también había visto a los hambrientos suplicar por un pedazo de pan; el llanto de las viudas y la cabeza gacha de los juzgados como pecadores, desgarraron de Jesús sentimientos de amor y de ternura; y por esta razón el anunciar y hacer palpable el reino de los cielos aquí en la tierra fue su pasión, dedicó su corta vida al establecimiento en el mundo de la justicia, del amor y de la paz; y porque los poderosos de su tiempo vieron perturbados y frustrados sus intereses, prefirieron terminar con aquél que un día, había consolado a los tristes, sanado a los enfermos y perdonado a los pecadores.

La súplica, materia de nuestra reflexión, no puede cesar ni en la mente ni en corazón de los creyentes, el reto del Señor Jesús, ahora es nuestro reto porque somos sus discípulos, las enseñanzas del Señor enmarcadas en el ámbito de la inclusión y de la misericordia no pueden menguar en nuestro caminar por esta vida, los sueños de Jesús, ahora son nuestro compromiso, en una sola palabra podemos decir, que la vida de Jesús se ha de convertir para nosotros en el ejemplo claro de quienes con un corazón sincero desean establecer el reino de los cielos en el contexto de la cotidianidad del mundo; por esta razón la súplica constante acompañada de las buenas obras se han de multiplicar en lo concreto de la vida,  con el objeto de hacer que la oración del Padre Nuestro se convierta en una realidad más allá de las palabras.

Estamos seguros que el grito suplicante de muchas personas en el mundo y de manera especial en nuestro suelo colombiano diciendo: “Venga a nosotros tu reino”, tiene vigencia ahora más que nunca, pues en un contexto de guerra, ¿cómo no suplicar por la paz?, en un escenario de violencia por más de medio siglo, ¿cómo no pedir reconciliación?, en una tierra bañada por la sangre de la corrupción, ¿cómo no impetrar justicia?,   sumergidos en una atmósfera de incertidumbre a causa de la guerra irracional que libra nuestro pueblo, ¿cómo no decirle hoy al Señor, venga a nosotros tu reino?, finalmente en un ambiente de orfandad, de pobreza, de abandono y de lucha de intereses egoístas, ¿cómo no suplicarle al Señor de la vida, que su reino se establezca en nuestro corazón y en el mundo?; hermanos y hermanas, sin perder la esperanza, caminemos sin vacilación por la sendas de la justicia y la verdad, llevando grabadas en nuestra mente las bellas palabras del Salmo 137:  “Cuanto te invoqué Señor me escuchaste, te doy gracias de todo corazón, me postraré hacia tu santuario, el Señor es sublime y se fija en el humilde,  tu derecha me salva, el Señor completará sus favores conmigo, no abandones la obra de tus manos”.

Alegres por que el Señor siempre tiene algo que ofrecernos y gozosos de saber que él nunca nos dirá: “No molesten”, “la puerta está cerrada”,  supliquémosle confiados por la intercesión de María santísima que cada uno de nosotros podamos aportar buenas obras y buenos ideales en aras del establecimiento del reino de los cielos en nuestra tierra.

P. Ernesto León D. o.cc.ss
Superior Viceprovincial de Oblatos