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domingo, septiembre 24, 2017

HOMILÍA PARA EL 23 DE AGOSTO DE 2015

CONGREGACIÓN DE MISIONEROS OBLATOS DE LOS CC.SS DE JESÚS Y MARÍA
HOMILÍA PARA EL XXI DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO. CICLO B.
Josué 24, 1-2a. 15-17. 18b; Salmo 33, Efesios 5, 21-32, Jn 6,60-69

Con dolor en el corazón y una vez terminado el discurso sobre sí mismo como EL PAN DE LA VIDA, Jesús les preguntó a sus discípulos: “¿También ustedes quieren irse?”, y Pedro tomando la palabra le respondió: “¿A quién iremos?, Tú tienes palabras de vida eterna.

Hermanos y hermanas: La pregunta de Jesús ya había sido formulada desde antiguo al pueblo de Israel por boca del profeta Josué, quien con fortaleza en su alma, enfrentó al pueblo sin miedo y con total apertura, deseando encontrar en sus oyentes, corazones decididos en su adhesión a Dios y mentes claras en la aprehensión de la única verdad: Dios.

Como era habitual y cultural, el pueblo sumergido en la idolatría, se encontraba confundido y sin horizonte de salvación, y no obstante haber tenido a Moisés como guía, el pueblo se extraviaba con facilidad y a la muerte de Moisés, el gran patriarca y líder espiritual, le correspondió a Josué la gran tarea de apacentar al pueblo del Señor, encontrándose con hombres y mujeres adoradores de los dioses de sus antepasados, sin decisión ninguna y por tanto titubeantes en su fe a Yahvé. Josué en medio de esta realidad, asume una posición firme y le habla al pueblo y le dice: “Yo y mi casa serviremos al Señor”, afirmando de esta manera, su total adhesión al Señor y su fe inquebrantable en Aquél, que hacía poco tiempo, había alimentado al pueblo con el maná del cielo. La postura de Josué, suscitó en el pueblo la siguiente reacción: “Lejos de nosotros abandonar al Señor para servir a dioses extranjeros; el Señor es nuestro Dios, él nos sacó de la esclavitud de Egipto, él hizo en favor nuestro grandes signos y prodigios; también nosotros serviremos al Señor, él es nuestro Dios”. Con estas palabras el pueblo volvió a Dios y se postró ante él en adoración, reconociendo que él era su vida, su libertad y su verdad.

Como podemos observar, Josué le da al pueblo la libertad de seguir o no al Señor y en último término es el pueblo el que decide hacerlo, y en este sentido algo semejante ocurre con nosotros hoy, todos los creyentes con absoluta libertad decidimos seguir al Señor o alejarnos de él, arriesgar nuestra vida por él o caminar solos convirtiéndonos en dioses de nosotros mismos; en definitiva, en nuestras manos está, considerarnos hijos de Dios y vivir como tal o por el contrario erigir nuestra existencia como si él fuera una ilusión.

La experiencia de fe antes descrita, se replicó en el Nuevo testamento, y veamos entonces cómo los seguidores de Jesús que en el relato del evangelio según San Juan eran muchos, decidieron un día abandonarlo, y por eso Jesús les pregunta a los doce de manera puntual: “¿Y también ustedes quieren irse?”, pregunta que sacudió el corazón de sus apóstoles y que exigió de Pedro la respuesta que ya conocemos.

Nos parece que la pregunta de Jesús nace de la fe dubitativa de sus seguidores, es su poca fe la que produce este gran interrogante en Jesús,  es la indecisión en quienes decían ser sus amigos la que provoca en Jesús este cuestionamiento, es la pobre comprensión de Jesús como el PAN DE LA VIDA y como el alimento que no perece, la que posibilitó en él la decepción de decir: ¿Y ustedes también me van a abandonar?.

Queridos hermanos y hermanas, en múltiples ocasiones hemos desilusionado al Señor, y en efecto, nos hemos ido de su lado, nos hemos apartado de su voluntad  y producto de lo mencionado, con una decisión irrevocable y cargados de humildad y de fe profundas, hoy  y siempre le hemos de pedir al Señor que ya que él nunca se aparta de nuestro lado, que no permita que nosotros lo hagamos y que con generosidad en nuestro espíritu podamos decir con convicción al igual que Pedro: “Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de Vida eterna. Nosotros hemos creído y sabemos que eres el Santo de Dios". La confesión de Fe antes mencionada es grandiosa, en la medida en que nos hace pensar que sin el Señor no somos nada, que sin él marchamos a la deriva, que sin su divina presencia naufragamos en el mar de la historia sin puerto y sin rumbo fijo, sumergidos en las tinieblas de nuestro orgullo y de nuestra autosuficiencia.

Al Corazón Inmaculado de María, le suplicamos su intercesión maternal para que en todo momento podamos decir desde el corazón: “Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de Vida eterna”.

P. Ernesto León D. o.cc.ss