Misioneros Oblatos o.cc.ss
Miércoles, Febrero 22, 2017

HOMILÍA PARA EL 22 DE FEBRERO DE 2015

CONGREGACIÓN DE MISIONEROS OBLATOS DE LOS CC.SS DE JESÚS Y MARÍA
HOMILÍA PARA EL I DOMINGO DE CUARESMA. CICLO B.
Gn 9,8-15; Sal 24; 1Pe 3,18-22; Mc 1,12-15

Hermanos y hermanas, situados hoy en el santo evangelio según San Marcos en el capítulo 1, es importante afirmar que el contexto geográfico en donde se encuentra Jesús, es el DESIERTO, sitio de gran valía en la Sagrada Eucaristía y que nos sugiere en esta oportunidad abordarlo desde dos puntos de vista a saber: el desierto entendido como nuestra vida y por otro lado el desierto entendido como la persona misma de Jesucristo.

Sin dar lugar a la comprensión absolutamente negativa de nuestra condición humana y por supuesto sin insertarnos en triunfalismos vanos acerca de la estructura de nuestra identidad; creemos que es sustancial afirmar al comienzo de esta cuaresma, que nuestra vida contemplada como sinónimo del desierto, en múltiples ocasiones se ha convertido en una tierra donde se respira la ausencia de Dios; en un lugar en donde el agua es escasa, en donde la vegetación se ha anquilosado tanto que ya no hay espacio para la novedad de la vida; y en este sentido, nuestra vida convertida en un desierto, ha tomado la caracterización de un lugar, de una tierra, de un ambiente imposible para albergar la vida de Dios.

En esta lógica y siguiendo los parámetros bíblicos, la vida convertida en un desierto, se ha dispuesto para ser tierra infértil en donde habitan los demonios, en donde no hay lugar para la bendición sino para la maldición; en otras palabras la vida del hombre transformada en un desierto, ha mudado a un estado de desolación, abandono, tristeza, llanto, desesperación y muerte; despreciando de esta manera el contenido de la Palabra de Dios en el salmo primero: “Aquél que ha plantado su vida al borde de la acequia, será como un árbol frondoso, a quien no se le marchitan las hojas y que tiene la capacidad de dar fruto abundante; no así el impío, quien sembrando su vida en el desierto de la ausencia de Dios se parece a un árbol estéril, convertido en paja que arrebata el viento y que cuanto emprende termina mal”.

Comprendida así nuestra vida, dirán algunos, ¿Para qué vivir?, ¿Para qué soñar, para qué esforzarnos si la condenación es evidente?, ¿Para qué nacimos, si somos hijos de la muerte?, y ¿Para qué este tiempo de cuaresma que predica la Iglesia, si no existe ya la posibilidad de convertirnos y ser mejores, porque nuestro destino ha sido ser semejantes al desierto?; frente a estas preguntas y muchas otras que quedan guardadas en nuestra mente y en nuestro corazón, la respuesta es Jesucristo, quien no se conformó con ser un desierto acorde con la descripción anterior, sino en un lugar de vida y de consuelo, imagen que trataremos a continuación.

En el Antiguo Testamento, mientras Moisés tocando la roca, le dio de beber al pueblo fatigado por la sed; en el Nuevo Testamento Jesucristo es el agua viva bajada del cielo, quien transformó el desierto en un precioso lago como manifestación de la presencia de Dios en medio de la sequedad de un mundo increyente; mientras Moisés alimentó al pueblo en el desierto con el maná, fue Jesucristo quien se convirtió en el pan vivo bajado del cielo para la humanidad entera, en pan de vida en el seno de una cultura de muerte; en medio de los múltiples caminos por donde el pueblo tomado de la mano de Moisés, caminó por el desierto, Jesucristo se presenta en el desierto inmenso del mundo como el único camino: “yo soy el camino, la verdad y la vida”; mientras el pueblo caminaba por la oscuridad del desierto, Jesucristo se manifiestó como la luz del mundo, que no se eclipsará jamás; en efecto Jesucristo es un desierto nuevo; mientras que la gente se arrodillaba frente a la serpiente para poder vivir, Jesucristo en el desierto, fortalecido por la oración y por su cercanía amorosa con su Padre, fue, es y será para el mundo, por su cuerpo y por su sangre, vida nueva para la humanidad entera.

Jesucristo es nuestro desierto, con su fuerza y con su ayuda, hemos derrotado al enemigo; en el desierto de Jesucristo es posible vivir en comunión con Dios; definitivamente en este tiempo de cuaresma, Jesucristo se ha de convertir en desierto para nosotros, un desierto en donde descubramos  la fuente viva de la salvación, al pan vivo bajado del cielo, a la luz en medio de nuestras vidas sombrías, a la vida nueva, en el proceso de nuestro caminar hacia la Pascua del Señor resucitado.

Hermanos y hermanas, que animado nuestro corazón por la protección amorosa de María Santísima, podamos transformar nuestros propios desiertos, en lugares de vida y de esperanza para nuestro prójimo necesitado de Dios.

P. Ernesto León D. o.cc.ss.