Misioneros Oblatos o.cc.ss
miércoles, septiembre 20, 2017

HOMILÍA PARA EL 20 DE SEPTIEMBRE DE 2015

CONGREGACIÓN DE MISIONEROS OBLATOS DE LOS CC.SS DE JESÚS Y MARÍA
HOMILÍA PARA EL XXV DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO. CICLO B.
Sab 2,17-20; Salmo 54, St 3,16-4,3 Mc 9,29-36

Estimados hermanos y hermanas:

La palabra del Señor nos ofrece en esta oportunidad un tema común en la primera y segunda lectura; nos referimos a la condición humana planteada como un escenario en donde se posibilita una serie de contradicciones que ni ella misma entiende y que se explicita en el corazón de aquel que expulsando a Dios de su vida planea a la manera del malvado (Sab 2,12) tres actos en contra de los justos, tres acciones en contravía del bien: 1.- Tenderle al justo una trampa, 2.- Someterlo a la humillación y a la tortura y 3.- Condenarlo a una muerte humillante.

Lo anteriormente planteado, el apóstol Santiago lo sintetiza en prácticas reprochables tales como: envidias, rivalidades, desórdenes, guerras, peleas, ambiciones, combates y muerte; acciones que al decir de Jesús en Mc 7,14-15; proceden del interior del hombre  y que se convierten en todo aquello que lo contamina.

Algunas de las características de la condición del hombre antes planteadas, no pueden convertirse en reglas de conducta consuetudinarias, por el contrario, por la acción de Dios en el hombre, éste opacando lo que nos es propio de alguien que se llame hijo de Dios, debe enaltecer lo que tal nombre significa; lo cual quiere decir que apelando a la ayuda del Todopoderoso, todo creyente contando con  las suficientes herramientas para vencer el mal, en ningún momento debe permitir que el mal se enseñoree en su vida, de tal forma que el respeto por la dignidad humana y los valores superiores se abran paso en medio de sendas rodeadas por los arbustos del mal y de la muerte; tal es la invitación de las dos lecturas de las cuales hemos hecho mención en las líneas anteriores. En este  sentido, el autor sagrado del libro de la Sabiduría, sostiene que  considerando a Dios como a aquel Padre que nos auxilia y que nos libra de nuestros enemigos;  nos dará la fuerza para vencer aquello que bulle en nuestro interior y que se concreta en acciones letales para el bien de los demás, de quienes decimos que son nuestros hermanos; es Dios quien nos ayuda a resistir el embate de las fuerzas del mal, es él quien nos convierte en forjadores de paz y de esperanza, es él quien al decir del apóstol Santiago nos constituye en hombres y mujeres amantes de la paz, comprensivos con los que caen, dóciles a las mociones del Espíritu Santo, llenos de misericordia con los débiles, constantes en hacer el bien y evitar el mal y desde luego capaces de edificar la vida sobre la roca de la humildad a ejemplo de ese pequeño a quien Jesús puso como modelo en medio de los apóstoles.

En definitiva, encontramos en la liturgia de la Palabra de hoy la invitación clara a trabajar por el cultivo de la humildad dejando atrás todo lo que signifique el imperio de nuestros deseos por ser los primeros en todo o por ocupar los primeros puestos;  y si llegáramos a ocuparlos  no tendrían que convertirnos en seres carentes de humanidad por culpa del poder y por culpa de la hegemonía del dinero; necesitamos entonces hacer del evangelio de este día, una plegaria elevada a Dios pidiéndole “la sabiduría que viene de lo alto” para entender que “si uno quiere ser el primero, debe ser el último de todos y el servidor de todos”, tal es el ejemplo de Jesucristo, quien siendo Dios se anonadó a sí mismo y tomando nuestra condición murió por la salvación del mundo entero.

Hermanos y hermanas el buen nombre no nos puede convertir en superiores de nadie, la fama que podamos alcanzar no nos puede convertir en seres despreciables, las responsabilidades de alto nivel que llevemos sobre nuestros hombros, no pueden hacer de nosotros semidioses, la dignidad que podamos ostentar no debe hacernos considerar como hombres y mujeres orgullosos, arrogantes, autosuficientes y por tanto no necesitados del Señor; por el contrario que, guiados de la mano de Dios cada día entendamos que la medida del poder es el servicio.

Que el corazón Inmaculado de María nos bendiga copiosamente para que con corazón de niño, aceptemos a Cristo en lo más profundo de nuestras entrañas.

P. Ernesto León D. o.cc.ss