Sábado, diciembre 03, 2016

HOMILÍA PARA EL 2 DE JUNIO DE 2013

CONGREGACIÓN DE MISIONEROS OBLATOS DE LOS CC.SS DE JESÚS Y MARÍA
VICEPROVINCIA DE OBLATOS EN COLOMBIA
HOMILÍA PARA LA SOLEMNIDAD DEL CORPUS CHRISTI. CICLO C.
Gn 14,18-20; Sal 109, 1Co 11,23-26; Lc 9,11b-17

Estimados hermanos y hermanas:
Cada año nuestro corazón se llena de regocijo y alegría por la celebración de la fiesta del Corpus Christi, la solemnidad del Cuerpo y de la Sangre del Señor, experiencia vital en la que se actualiza el divino misterio de la Eucaristía que celebramos a diario, haciendo eco de las divinas Palabras del Señor: “Tomad y comed, esto es mi cuerpo, Tomad y bebed esta es mi sangre, que será derramada por vosotros”.

 

Las lecturas que se han proclamado hoy, dirigen nuestros ojos de la fe y nuestros corazones hacia el misterio de la Sagrada Eucaristía en la que Dios Padre ofrece al mundo a su propio Hijo Sacramentado por amor, convirtiéndose de esta forma en el escenario más claro del encuentro entre Dios y los hombres.

En la primera lectura Melquisedec bendice a Dios por el regreso victorioso de Abran y lo hace compartiendo con él, vino y pan; imagen ésta que nos interpela acerca de la manera en que todos los hombres y mujeres debemos agradecerle a Dios por las múltiple bendiciones que hemos recibido, por los incontables beneficios de los cuales hemos sido destinatarios y también por las dificultades que la vida nos ha presentado; en este sentido hemos de recordar que el ambiente propicio para alabar, bendecir, glorificar y darle gracias a Dios es la Sagrada Eucaristía, en donde en un pedazo de pan y en un poco de vino, encontramos a Jesucristo el Señor por quien y para quien fueron creadas todas las cosas; es en la realidad de la Divina Eucaristía en donde el cielo se une con la tierra, en donde la divinidad besa a la humanidad y viceversa, en donde todo un Dios se vuelve hombre entre los hombres, en donde el pan de los ángeles es dado a los hombres y mujeres que se acercan a nutrirse del pan del cielo, fortaleza para el hombre cansado y alegría para el triste; es la sagrada Eucaristía el lugar teológico apropiado para agradecerle a Dios por la vida y también por la salud, por las alegrías y las tristezas, por nuestros éxitos, por nuestra familias, nuestros estudios, nuestro trabajo cotidiano y nuestros viajes; y desde luego es el escenario ideal para poner en las manos de él nuestros proyectos e ilusiones, fatigas y esperanzas, necesidades y preocupaciones, enfermedades y derrotas, sufrimientos y pecados; en una palabra es en la Sagrada Eucaristía bajo el abrigo del Cuerpo y de la Sangre del Señor en donde debemos consagrar nuestras vidas con todo lo que somos y todo lo que tenemos, y lo anterior bajo la comprensión de la tradición recibida y entregada por San pablo en la Segunda lectura: “cada vez que coméis de este pan y bebéis del cáliz, proclamáis la muerte del Señor, hasta que vuelva”.

En el relato del evangelio, (la multiplicación de los panes y los peces), encontramos dos detalles importantes; en primer lugar la presencia del GENTIO alrededor de Jesús; signo claro por un lado de la admiración que la gente sentía por él y por otro lado, prueba de la adhesión de la misma a su proyecto salvífico y liberador en medio de las incertidumbres acerca de su mesianismo. Nosotros hoy a imagen de esa multitud venimos presurosos a postrarnos a los pies del Señor Jesús, venimos ante su divina presencia a saciar nuestra hambre de infinito, a calmar nuestra sed de Dios aun teniéndolo todo, a suplicarle que nos dé el pan de la paz porque estamos siendo alimentados con las sobras de la guerra, que nos regale el pan de la reconciliación entre los pueblos porque la sensibilidad excesiva esclaviza y oprime la libertad de los mismos; que en la mesa del mundo no falte el pan material para el hambriento, el pan de la educación para el que no tiene acceso a ella, el pan de la fe para el que duda, el pan de la esperanza para el derrotado, el pan de la inclusión para el excluido, el pan del amor para que el odia y el pan de la vida para el que mata.

En segunda instancia nos encontramos con la solución de los doce apóstoles en el contexto del hambre que experimentaba la muchedumbre: “DESPIDE A LA GENTE, QUE VAYAN A LAS ALDEAS Y CORTIJOS A BUSCAR ALOJAMIENTO Y COMIDA, PORQUE AQUÍ ESTAMOS EN DESCAMPADO”, bien sabemos que el corazón y la mente de la muchedumbre ya había sido saciada por la predicación vivificante del Señor; sin embargo, su estómago necesitaba del pan material y los apóstoles se mostraron impotentes ante tal situación, como impotentes nos mostramos nosotros frente a algunas vicisitudes que la vida nos ofrece, los apóstoles quisieron deshacerse del problema de manera fácil, perdiendo de vista que junto a ellos estaba el Pan vivo bajado del cielo; desconocieron al Hijo de Dios que estaba con ellos y esto debido a que su fe aún no estaba configurada de manera madura, no obstante el haber sido testigos de múltiples milagros obrados por el Señor, de acuerdo a lo expresado, es importante afirmar que nunca podemos perder de vista que el Señor Jesús está siempre a nuestro lado, que nos lleva sobre sus hombros, que no nos hace faltar nada, que vela por nosotros, que a la hora de las dificultades él se manifiesta como luz, y de nuestra parte, que poniendo lo mejor de sí, no evadamos los problemas, que no nos dejemos abatir por los inconvenientes de la vida y que empuñando las herramientas que Dios nos ha dado, enfrentes las distintas realidades tal y como son.

Que en esta fiesta de Corpus Christi todos los creyentes animados por la tierna presencia de María Santísima reconozcamos nuestra fuerza y nuestra vida en la Divina Eucaristía, fiesta en la cual se suscita de manera excelsa el encuentro de Dios con la humanidad.

P. Ernesto León D. o.cc.ss
Superior Viceprovincial de Oblatos