Misioneros Oblatos o.cc.ss
Lunes, febrero 20, 2017

HOMILÍA PARA EL 2 DE AGOSTO DE 2015

 

CONGREGACIÓN DE MISIONEROS OBLATOS DE LOS CC.SS DE JESÚS Y MARÍA
Éxodo 16,2-4.12-15; Salmo 77; Efesios 4, 17.20-24; Juan 6,24-35
Domingo 02 de Agosto de 2015
18º domingo de tiempo ordinario

 

Queridos hermanos y hermanas:

En la liturgia de la palabra del domingo 2 de agosto, nos encontramos con dos actitudes que como creyentes manifestamos a la hora de relacionarnos con Dios: La insolencia humana y la búsqueda de Dios.

 

El libro del éxodo nos da razón de la primera actitud - la insolencia humana - , hecho fundamental que fracciona la íntima relación entre Dios y los hombres.

El pueblo de Israel de camino a la tierra prometida , transitando ya por sendas de libertad, se siente incómodo y fatigado en el desierto al no tener pan, sin darse cuenta que en todo caso Dios estaba en medio de la comunidad y que por tanto no le iba a faltar nada.

Al contrario de esto, el pueblo se revela contra su guía Moisés y al mismo tiempo contra Dios, situación que lo impulsa a elevar a Dios un grito desesperado:

“Ojalá hubiéramos muerto a manos el Señor en Egipto cuando nos sentábamos alrededor de las ollas de carne y comíamos pan hasta hartarnos. Nos habéis sacado a este desierto para matarnos de hambre”.

Era la voz de protesta de un pueblo fatigado, y en medio de la angustia, prefería la esclavitud a la libertad con tal de tener satisfecho su estómago, para el momento, los ideales religiosos y espirituales poco significaban, pues estaba el pueblo enfrentado a una grave amenaza: El hambre.

La fe se había ubicado ya no en la mente ni en el corazón, ahora estaba en el estómago, la libertad no era tan importante, se trataba de seguir siendo esclavos pero con el estómago lleno, la herencia de ser pueblo escogido, estirpe real, nación santa, no era motivo de orgullo porque el sufrimiento era mayor; sufrimiento que lo hacía anhelar las ollas de carne y el pan abundante, pero en medio de la esclavitud.

En este contexto catastrófico para el pueblo, en este ambiente calamitoso, el pueblo renegó de Dios y éste antes que responderle de la misma manera, lo sació; el pueblo se postró ante ídolos y Dios lo sació, el pueblo quiso volver a la esclavitud y Dios lo sació; el pueblo anheló pan para satisfacer una necesidad somática y Dios sació no sólo su estómago sino también su alma; el pueblo deseo el pan de la esclavitud y Dios le dio el pan de la libertad, anheló el pan de la muerte lejos del Señor y Él les prodigó el pan de la vida con su presencia.

Esta experiencia vivida por el pueblo, es también nuestra propia experiencia; en ocasiones lejos de Él nos sentimos mejor, pues la voz de nuestra conciencia ya no habla; lejos de él no nos importa ser esclavos de mentiras y pecados; lejos de Él no nos importa ser sujetos esclavizados por sistemas dominantes, y así nos sentimos bien y no nos duele.

Con qué soberbia actuamos frente a Dios, no reconocemos las grandezas que ha hecho el Señor en nuestras vidas y por eso hasta dudamos de él, nuestra insolencia con El Señor en ocasiones llega a los límites del olvido, del menosprecio y de la negación; al igual que el pueblo de Israel, vivimos situaciones angustiantes pero el Señor está con nosotros, experimentamos derrotas y fracasos significativos pero Él está con nosotros; no anhelemos por tanto solamente las ollas de carne y el pan abundante, esencialmente deseemos a Dios.

 

La segunda actitud, materia de esta reflexión se encuentra referida  en el Santo Evangelio de este domingo: La búsqueda de Dios; actitud de la muchedumbre que encontrándose en una orilla, se dio cuenta que estaba sola, pues Jesús con los apóstoles se habían ido a la otra orilla, la gente de manera presurosa se embarca hacia la otra orilla para encontrarse con Jesús y Él les dice: “no venís a mi por los signos que he realizado, sino porque os saciasteis hasta el hastío”; no obstante escuchar esta crítica por parte de Jesús, la gente se sentía bien al lado de Él, como ahora nosotros nos sentimos bien en la Sagrada Eucaristía; la gente tuvo que desinstalarse de su sitio para ir en busca de Jesús; la gente se desacomodó y fue en busca de Jesús; su encuentro con Él los llenó de vida, se sentían acompañados y no como ovejas sin pastor.

 

Hermanos y hermanas, nosotros así como lo hizo la gente del evangelio, tenemos que desinstalarnos, desacomodarnos y sacrificarnos para ir en pos de Jesucristo, necesitamos embarcarnos hacia la orilla de Jesús, pues en la que estamos sólo se respira soledad; necesitamos pasar a la otra orilla del lago para encontrar en Jesús nuestra compañía y nuestro consuelo.

Busca al Señor aquél que tiene hambre de Él, aquel que quiere alimentarse con el pan vivo bajado del cielo, como lo hacemos nosotros en la Eucaristía; podemos estar atiborrados de conocimiento y no tener a Dios; podemos cosechar muchos triunfos y grandes victorias y no estar saciados porque nos falta Dios; podemos estar  saciados de bienestar, más no ser felices porque el vacío de nuestra alma solamente lo llena Dios.

Hermanos y hermanas,  dispongamos nuestro ser para alimentarnos hoy y siempre del pan vivo bajado del cielo; aquel que calma nuestra hambre de infinito, abramos nuestro corazón para recibir en cada eucaristía no un pedazo de pan o unas migas de harina; sino a Cristo que hoy nos enseña: “El que come mi pan nunca más tendrá hambre y el que bebe mi sangre nunca más tendrá sed”.

Que nuestra Madre María, nos nutra siempre con el Pan de su ternura y de su comprensión.

P. Ernesto León D. o.cc.ss