Misioneros Oblatos o.cc.ss
Jueves, Febrero 23, 2017

HOMILÍA PARA EL 19 DE FEBRERO DE 2017

CONGREGACIÓN DE MISIONEROS OBLATOS DE LOS CC.SS DE JESÚS Y MARÍA
HOMILÍA PARA EL 19 DE FEBRERO DE 2017 VII DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO
Lv 19,1-2.17-18; Salmo 102; 1 Cor 3,16-23; Mt 5,38-48

En este séptimo domingo del tiempo ordinario, encontramos en los textos sagrados una verdadera lección del más rico humanismo dejado por Dios a su pueblo, se trata de un derrotero que nos conduce a la conquista de la felicidad sin abandonar nuestra condición humana, pero que exige de nosotros la suficiente capacidad de reconocer en los otros el rostro del perfectamente humano y divino: Jesucristo nuestro redentor.
La lección la encontramos en el libro del Levítico en el capítulo 19, cuando Dios proclama: “sed santos porque yo el Señor soy santo”, tal es la lección para ser vivida por la humanidad entera y consiste no solamente en multiplicar nuestras prácticas religiosas; sino fundamentalmente en hacer de nuestras obras y de nuestras palabras un manantial de amor y de perdón; un torrente de humanidad, de misericordia y compasión.

Desde esta perspectiva la santidad no consiste en la vivencia de la religión de manera intimista, consiste en prolongar las acciones vitales de Jesús en el mundo y en el contexto donde estamos ubicados; estas acciones siguiendo la línea levítica están expuestas así: “no odies a tu hermano ni en lo secreto de tu corazón”, “no te vengues” y “ama a tu prójimo”.

Estas tres acciones expuestas por Dios en el Levítico a propósito de la ley de santidad, fueron vividas por el Señor Jesús en su tiempo y ahora nos corresponde a nosotros actualizarlas en medio de nuestras familias y de nuestro trabajo, en medio de nuestros compañeros y compañeras de estudio y por supuesto en todo lo atinente a nuestras relaciones interpersonales.

El Señor Jesús nos enseñó que era necesario amar a nuestros enemigos y no solo a nuestros amigos y esto lo demostró en la cruz cuando ofrendó su vida por la humanidad entera; actos como este nos hace falta vivir a muchos de nosotros para llamarnos sus testigos; actos de amor nos hace falta prodigar a nuestros contradictores; gestos de amor nos hace falta tener con quienes nos han hecho daño o a quienes les hemos  infringido ofensas y calumnias. Por esta misma senda, el Señor Jesús nunca respondió con venganza frente a aquellos que lo tacharon como loco; en su corazón y en su mente no existió la palabra venganza para aquellos que le dijeron que era un blasfemo, que lo escupieron, que lo flagelaron y que finalmente le dieron muerte, lo único que salió de sus labios para sus contendores fue la expresión más bella proclamada con amor en la cruz: “Hoy mismo estarás conmigo en el paraíso”; en el corazón del Señor no hay espacio para la venganza, solo hay espacio para el amor y el perdón que serán ofrecidos para aquellos que dejando atrás el ropaje viejo del pecado y la venganza, se lanzan a la conquista de una nueva vida, la vida de la conversión, la vida de Cristo.  Si el Señor nos da a todos la posibilidad de cambiar gracias a su inmenso amor,  ¿por qué nosotros condenamos tan fácilmente?, ¿por qué  nos cerramos al deseo de nuestros hermanos  de ser hombres y mujeres nuevos al estilo de Cristo?; fácil es vengarnos, difícil es amar y perdonar.

Hermanos y hermanas, unámonos en este día al cántico del salmista cuando nos invita a exultar de gozo por nuestro Dios, que perdona nuestros pecados y cura nuestras enfermedades, que rescata nuestra vida del sepulcro y nos colma de  su amor y su ternura; que es lento para enojarse y generoso para perdonar; que no nos trata como merecen nuestros pecados, sino que nos prodiga su gracia y su compasión.

Que  el Corazón Inmaculado de María, nos haga comprender que la antigua ley del “ojo por ojo y diente por diente” fue abolida por la ley del amor instaurada por Jesucristo su Hijo amado y que ella hoy y siempre nos impulse a afianzar nuestra fe en nuestro Dios que hace salir el sol sobre buenos y malos y manda la lluvia sobre justos e injustos. Alabado sea el Señor por este derroche de afecto y de indulgencia.

P. Ernesto León Díaz o.cc.ss