Sábado, diciembre 03, 2016

HOMILIA PARA EL 15 DE ENERO DE 2017

CONGREGACIÓN DE MISIONEROS OBLATOS DE LOS CC.SS DE JESÚS Y MARÍA
Is 49,3.5-6; Sal 39, 1Corintios 1,1-3; Juan 1,29-34.
HOMILIA PARA EL 15 DE ENERO DE 2017 II DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO

Queridos Hermanos y Hermanas:

Con la fiesta del bautismo del Señor, que celebramos el lunes pasado, se inició un nuevo tiempo litúrgico en la vida de la Iglesia, que se llama ORDINARIO, y que lo identificamos con el color VERDE de los ornamentos.

El Tiempo ordinario se compone de 34 semanas, lapso en el cual la actitud del creyente es de esperanza, de alegría y júbilo al saber que el buen Dios es su compañero de camino por los grandes parajes de la vida.

La fiesta del Bautismo del Señor en la liturgia del lunes pasado, nos hacía entender la importancia que tiene el llamarnos cristianos y por tanto el ser bautizados; dignidad que conlleva una triple misión: ser y vivir como Hijos de Dios, ser templos del Espíritu Santo e insertarnos en la vida de la comunidad cristiana, es decir en la Iglesia.

La fiesta del Bautismo del Señor a la vez que nos hace reconocer nuestra propia identidad de cristianos, también nos ayuda a descubrir la identidad de Jesucristo proclamada por el mismo Dios: “Este es mi Hijo muy amado, en quien tengo mis complacencias”, voz que estableció la instauración del mesianismo de Jesucristo en medio de los suyos.

Ahora bien, la liturgia de la Palabra de hoy acentúa en la identidad de Jesucristo, puesta en evidencia el domingo pasado, y en esta oportunidad es el profeta Isaías y San Juan en el Evangelio, quienes, le dan a Jesús tres títulos cristológicos de gran valía para nosotros, y que anuncian la vida completa de Jesús: “Tú eres mi SIERVO, en ti manifestaré mi gloria”, “Te voy a convertir en LUZ de las naciones”; “Éste es el CORDERO de Dios, el que quita el pecado del mundo”.

En lo que se refiere al primer título, basta pensar en la escena del Jueves Santo, cuando Jesús lava los pies a sus discípulos, confirmando así sus palabras: “Yo no vine a ser servido, sino a servir”, “el que quiera ser el primero que sea el servidor de todos”, expresiones que son el cumplimiento de las profecías hechas por Isaías, en el siglo VI a.C., cuando se refiere a Jesús como el Siervo de Jhavé, siervo sufriente, siervo doliente o chivo expiatorio.

Qué difícil es configurarnos con este siervo sufriente, cuando la cultura en la cual estamos inmersos nos habla de placer, del menor sacrificio, del dinero fácil, de relaciones sin compromiso, de proyectos efímeros y de un compromiso débil en el servicio a favor de los menos favorecidos. Qué difícil es entender en este tiempo el servicio a los demás desde la Cruz de Cristo, qué difícil es comprender que hay mayor felicidad en el que sirve, que en aquel que es servido, locura es ésta cuando el mundo predica comodidad y confort; es el mundo según Ortega y Gasset del “Yo y mis circunstancias”.

Por otra parte en lo concerniente al segundo título dado a Jesús: LUZ; en el tiempo de navidad ya profundizamos en este concepto y decíamos que Jesús es la luz que nace de lo alto, que es el sol resplandeciente, que es el resplandor de la gloria y que es la luz que no conoce el ocaso, afirmaciones que hablan de la irrupción de un nuevo tiempo, de una nueva era, de un nuevo reinado, de la instauración del Reino de la luz en medio de las tinieblas.

Esta Luz de Jesucristo, no puede ser eclipsada por nuestras palabras y por nuestros comportamientos, no puede ser apagada por las guerras que hacen llorar a nuestra gente, no puede desaparecer la llama de Jesucristo por el soplo del odio y la división, no puede el fuego de Jesucristo ser extinguido por los artífices de la muerte y las tinieblas.

En cuanto al título de CORDERO que recibe Jesús en el santo Evangelio según San Juan, vale la pena recordar que en el curso de la Celebración de la Santa Misa, la palabra Cordero aparece de manera significativa en el Himno del GLORIA y también el rito previo a la comunión, cuando el sacerdote tomando la Hostia Consagrada en sus manos dice: “ESTE ES EL CORDERO DE DIOS QUE QUITA EL PECADO DEL MUNDO, DICHOSOS NOSOTROS INVITADOS A LA CENA DEL SEÑOR”, expresión que nos ha de llevar a pensar en la misión de Jesucristo, que siendo Dios se hizo hombre, que siendo rico se hizo pobre, para darle vida nueva a la humanidad entera. El título de Cordero, no es propio del Nuevo Testamento, aparece en la mayoría de libros del Antiguo Testamento, de manera especial en el Levítico, cuando se habla de las ofrendas que se hacían a Jhavé.

El Cordero degollado es Jesucristo, que ofrendó su vida en el ara de la Cruz, la volvió gloriosa y posibilitó a través de ella la victoria de la vida sobre la muerte.

Hermanos y hermanas, que nuestros comportamientos, palabras y actitudes no sigan crucificando a Jesús, por el contrario, que ellas sean alabanza para aquél que perdona nuestros pecados, garantizándonos el cielo que Dios nos tiene prometido.

Puestos en las manos de María Nuestra Madre del Cielo, reconozcamos en la cotidianidad de nuestra vida al Siervo sufriente, a aquel que es la Luz, al Cordero de Dios que quita el pecado del mundo.

P. Ernesto León D. o.cc.ss