Domingo, diciembre 11, 2016

HOMILÍA PARA EL 15 DE ABRIL DE 2007

Misioneros Oblatos de los cc.ss de Jesús y María
Hechos de los apóstoles 5, 12-16; Salmo 117; Apocalipsis 1, 9-11a. 12-13. 17-19;Juan 20, 19-31
Domingo 15 de Abril de 2007
2º Domingo de Pascua

En este segundo domingo del tiempo de Pascua, las lecturas son propicias para seguir hablando con intensidad sobre la resurrección de Jesucristo, nuestra esperanza.

 

Les propongo para hoy dos temas de reflexión.

 

El primero tiene que ver con el libro del Apocalipsis, en donde se plantea la resurrección para el mundo entero y no para unos pocos; esta es una de las mayores revelaciones que recibió Juan por parte de una voz potente, es decir por parte del mismo Dios, cuando le dice: "Lo que veas, escríbelo en un libro y envíalo a las siete iglesias de Asia", aquí encontramos el nacimiento de la evangelización, el anuncio de Jesucristo a todo el orbe de la tierra; Juan debe escribirle a 7 Iglesias, es decir a la Iglesia universal , pues bien sabemos que la cifra 7 es sinónimo de perfección, de plenitud, de suficiencia. Le escribe a Esmirna, Sardes, Tiatira, Pérgamo, Filadelfia, Efeso, y Laodicea, pero esta misma carta hoy, está hecha para nosotros y habla de un solo contenido: JESÚS RESUCITÓ. Hermanos y hermanas ésta es la columna vertebral de nuestra fe, toda nuestra fe se resume en este gran misterio: Si Cristo no hubiera resucitado, vana sería nuestra fe.

El segundo punto tiene que ver con el pasaje en el cual los discípulos están encerrados en una habitación con las puertas trancadas por miedo a los judíos, Jesús se posa en medio de ellos y les dice la paz sea con vosotros, y éstos aunque asustados se llenaron de alegría al ver al Hijo de Dios nuevamente en medio de ellos.

Este pasaje nos ha de hacer pensar en nuestra propia vida, o mejor en nuestro corazón a veces trancado para Jesús, trancado por nuestra autosuficiencia, por nuestro orgullo, por nuestros intereses, trancado de manera fundamental por nuestros deseos de hacer el mal, trancado porque en ocasiones generamos guerra y no paz.

Hemos de quitar las trancas a nuestra existencia para que la irrupción de Jesucristo resucitado sea una realidad, permitamos que él entre a nuestra cotidianidad, y que allí se quede a vivir con nosotros.

El gozo de la resurrección debe dejar atrás trancas y obstáculos para permitir el acceso a la vida nueva en Cristo

Hermanos y hermanas, sin más pongámonos en manos de María nuestra Madre.

P. Ernesto León D. o.cc.ss