Sábado, diciembre 03, 2016

HOMILÍA PARA EL 14 DE JULIO DE 2013

CONGREGACIÓN DE MISIONEROS OBLATOS DE LOS CC. SS DE JESÚS  Y MARÍA
Viceprovincia de Oblatos en Colombia
Homilía para el XV domingo del tiempo ordinario. Ciclo C
Dt 30, 10-14, Sal 68, Col 1, 15-20, Lc 10, 25-37

En los Corazones Santísimos de Jesús y María.

Al hacer eco del contenido de nuestra homilía del domingo pasado acerca del "reto de la humanización", queremos en las líneas siguientes, concretar aún más este concepto a partir de la liturgia de la Palabra que el Señor nos ofrece para hoy.

En la primera lectura del libro del Deuteronomio se enaltece el mandamiento del amor a través de un eje vertical en el que se establece cuán grande e ilimitado debe ser el amor profesado por el pueblo a Dios: "Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con todo tu ser, con toda tu alma", en estas expresiones descubrimos que entre más los hombres y mujeres amemos a Dios, mejores serán nuestra vida y nuestro corazón; entre más amemos a Dios, el amor por los demás y por nosotros mismos se acrecentará; entre más amemos a Dios, nuestros sentimientos y comportamientos serán de mayor bondad, nuestro trato con los otros pondrá de manifiesto que amar a Dios transforma el corazón humano y que desde luego amar a Dios con todas las fuerzas del alma, no es otra cosa sino el logro de la humanización de nuestras vidas, en el que el creyente descubre que fue creado por él y para él, que él es su alfa y omega, y que en último termino no vale la pena vivir si no es para amarlo con todo el corazón.

Ahora bien, entendido lo anterior cabe preguntarnos a manera de cuestionamiento vital: Qué significa amar a Dios con todo el ser desde la comprensión Deuteronomista? Y la respuesta es fácil concretarla pero difícil vivirla, y no obstante esto, hay que intentarlo. Amar a Dios con todo el corazón significa consagrarse a él, vivir para él, segregarse para él, arrodillarse solo ante el en medio los dioses que están rodeando nuestra vida, a menudo creados por nuestro orgullo y por nuestro afán de ser los primeros; amarlo a el significa doblegar nuestros caprichos para hacer la voluntad de Dios, implica reconocer que de él nos viene todo y que si fuera por nuestras propias fuerzas e inteligencia, no seriamos capaces de hacer nada, significa no emprender nada sin antes poner todo en sus divinas manos, confiar en él en medio de las lágrimas, esperar su amor y perdón no obstante los errores cometidos, y significa fundamentalmente, contemplar su rostro misericordioso en los hermanos, para actuar con ellos con la misma misericordia con la que Dios obra en favor nuestro.

Bajo la anterior comprensión ubiquémonos ahora en las acciones y lecciones humanizantes y humanizadoras del Señor Jesús en el evangelio de hoy.

En la conversación con el maestro de la ley, el Señor establece que la conceptualización en torno a la idea del mandamiento fundamental era correcta desde el punto de vista vertical, (relación hombre - Dios), mas, había insuficiencia total de la vivencia del amor en sentido horizontal, (relación hombre - hombre), lo cual lo llevó a acudir a la parábola del buen samaritano para enseñar con su divina claridad que es lo que significaba amar a su Padre Dios en lo concreto de la vida.

En primer lugar es necesario decir que no solo hay que mirar la miseria humana a la manera de los dos primeros protagonistas de la parábola, es esencial estar con el que padece, sentir compasión por él y desde luego acercarse a él para ofrecerle misericordia, solo de esta manera se vence la mirada del simple espectador que cree que hace suficiente con aconsejar, con decir lo que se debe hacer frente a determinada situación y lo que es peor, juzgar como si fuera dueño de la verdad y sin proclividad a cometer cualquier tipo de error o de pecado.

En segundo lugar, amar a Dios significa vendar las heridas de quienes son nuestro prójimo, prójimo que está en nuestra propia casa y que en ocasiones tratamos como extraños. El acto de vendar las heridas con el aceite del consuelo y el vino de la esperanza, es un acto sanador y al mismo tiempo un acto amoroso de ternura y de cuidado, obrado por Dios en favor nuestro y que se constituye para nosotros en un mandato por llevar a efecto en la persona de quienes decimos es nuestro prójimo.

Cuánta gente necesita que le venden sus heridas causadas por los resentimientos del pasado, cuántos hombres y mujeres arropados por las sombras de la violencia y de la muerte, necesitan que los consuelen, cuantos niños y niñas necesitan que les curen las heridas de la orfandad y la pobreza con el bálsamo suave de un abrazo sincero y con el pan efectivo que sacia el cuerpo y el alma, en fin, cuantas personas están esperando de nosotros acciones misericordiosas semejantes a las del samaritano del evangelio de hoy.

Animados por lo antes mencionado y a manera de conclusión podemos decir que la vida cristiana, la fe y el evangelio, son estériles cuando se quedan en simples conceptos, y son fructíferos cuando se concretan en actos humanizantes en la vida de quienes nos rodean.

Queridos hermanos y hermanas, que la bella expresión dirigida por Jesús hoy al maestro de la ley: “Anda, haz tu lo mismo", nos mueva por la intercesión de María Santísima, a reconocer que proyectar a los demás misericordia y amor de manera comprometida, es humanizar el mundo, es establecer el reino de Dios en este mundo, es hacer palpable y real la presencia del Señor en nuestra historia temporal y que se planificará en la vida eterna.

P. Ernesto León D. o.cc.ss
Superior Viceprovincial de Oblatos