Sábado, diciembre 03, 2016

FINEZAS DE LA SANTÍSIMA VIRGEN PARA CONMIGO

VIRGEN MARIA

La gratitud es un deber imperioso, de cuyo cumpli­miento no hay causa que nos pueda excusar jamás.

 

Si por pobres y desvalidos no podemos ofrecer dones que deseáramos a nuestros benefactores, paguémosles, al menos, con el recuerdo constante de los beneficios que nos han dispensado, paguémosles con el reconocimiento. Esta es la humilde ofrenda que quiero ahora depositar a las plantas de mi Madre Santísima que tan buena, amable y generosa ha sido conmigo durante toda mi vida, a pesar de las ingratitudes con que siempre le he correspondido.Los beneficios que durante mi vida he recibido de la Santísima Virgen son innumerables y variadísimos, só­lo aquellos que yo conozco y recuerdo; ¿y cómo podría contar los innumerables que no conozco y que iré a sa­berlos solamente en la eternidad? Desde luego estoy persuadido, conforme a las enseñanzas de San Bernar­do, San Ligorio y el teólogo Suárez que no he recibido gracia alguna del Cielo que no me haya venido por ma­nos de María o Quia haec est vo/untas Dei, nos dice San Bernardo, qui ommia nos vo/uit habere per Mariam. A esta Madre Santísima debo pues la gracia de mi vacación, a la verdadera fe, la gracia de haber sido regene­rado en las ondas del santo Bautismo, la educación cristiana que he recibido en mi niñez y juventud, la gracia de la vocación al sacerdocio y al estado religioso, y, so­bre todo, la gracia de no haber sido precipitado al infier­no, como tantas veces lo he merecido por mis pecados. Pero, prescindiendo de estos beneficios que podría lla­mar generales, hablaré de algunos otros especialísimos, por los cuales debo también muy especiales acciones de gracias a mi Madre Santísima


Era por ahí, el ocho de Septiembre de 1897. Hallábame en Azogues, cuando, entre despierto y dormido, oigo una voz dulcísima que me dice: "Prepárate. Muy pronto será contigo el negocio de la muerte. ¿No agradecerás este aviso que te da tu Madre, María?". o. Efectivamente este aviso produjo en mi alma una impresión muy profunda. Agradecí a mi Madre dulcísima gracia tan preciosa y principié a arreglar los asuntos de mi al­ma, preparándome a la muerte. Como un mes después, hallándome en nuestra casa de la Merced, en Cuenca, torné una mañana, al despertarme en mi lecho, a escu­char este segundo aviso: "Morirás de fiebre tifoidea". Vino entre tanto el adviento e hice mis ejercicios, segu­ro de que estaba próxima mi muerte. En esto, el Señor Rodolfo Álvarez, sacerdote de nuestra Congregación, a fines de aquel mismo año enfermase de fiebre tifoidea y muere a los pocos días. Conocí claramente que por altos designios del Cielo, el Señor Álvarez se sustituyó en mi lugar y murió él para que yo viviera. Esta gracia, de que se prolongase mi vida por algunos años más, me alcanzó la Virgen Santísima; seguramente conoció que no estaba yo entonces preparado para la muerte.

En seguida vino el año sumamente aciago de 1898 para Cuenca, en que toda esta población fue víctima de la persecución radical, promovida por el General Manuel Antonio Franco. Era en los primeros días de Diciembre de aquel año, cuando el viernes dos de aquel mes, ocu­rrió en esta ciudad, por la noche, una pequeña función de armas entre las tropas del Gobierno y una partida de jóvenes, a consecuencia de lo cual, el sábado siguiente por la mañana, esto es el tres, fue envuelta toda la ciudad en una horrenda persecución; varios estimables sacerdotes fueron reducidos a prisión y muchas familias, víctimas de salvajes atropellos; a pesar de todo conti­nuaba yo en mi convento de la Merced, con ánimo de no ausentarme de él, pues no habiendo tomado, desde que soy sacerdote, parte jamás en partidos políticos, mucho menos en revueltas, de que siempre he sido enemigo, pensaba yo que el Gobierno radical no tenía por qué per­seguirme.. Pero, no fue así pues el General Franco, des­de que pisó Azogues preguntó por mí, y me persiguió con feroz encarnizamiento, hasta mandar a la lejana hacienda del Rosario una numerosa escolta, con orden de que allí donde me tomen, allí me fusilen; como lo he lle­gado a saber después, por gravísimas pruebas y declaraciones de los mismos que intervinieron en mi persecución y fueron los primeros autores de ella. Sin embargo, plugo a la Virgen Santísima salvarme con su poderoso brazo de esta persecución tan injusta como ines­perada, sin que mis gratuitos enemigos hubiesen podi­do jamás ni apresarme, ni, inferirme el menor mal, por­que nunca estuve al alcance de ellos .

ADVERTENCIA.- Las apuntaciones anteriores se hicieron durante el año del primer quincuagenario de la Proclamación del dogma de la Inmaculada Concepción , contado desde el 8 de Diciembre de 1904, hasta igual fecha de 1905. Leyéndola después de veinte años, su lectura ha hecho no poco bien a mi alma, por lo cual y por cumplir con una penitencia sacramental, creo de mi deber continuarlas, lo que haré, así como disponga de tiempo y oportunidad para ello; contando siempre con 105 auxilios del Cielo, mediante la protección poderosa de la Virgen Santísima , Cuenca, Febrero 16 de 1924.

Fuente: www.oblatosdematovelle.com