Sábado, diciembre 10, 2016

SERMÓN DEL PADRE JULIO MARIA MATOVELLE.

 Sermón sobre la devoción al Sacratísimo Corazón de Jesús, considerada en sí misma y en sus relaciones con los gobiernos

“Les daré Corazón para que me conozcan y sepan que Yo soy el Señor, y ellos serán mi pueblo, y Yo les seré su Dios”. Jr. 24,7.

 

Parece que han llegado ya los tiempos en que debe cumplirse una de las promesas más hermosas hechas por Dios en el Antiguo testamento, al pueblo de Israel. “Yo les anuncio, por Jeremías les daré Corazón, dabo eis cor”; para que me conozcan y sepan que Yo soy el Señor; y si así lo hicieran, ellos serán mi pueblo, y yo seré Dios para ellos. Y continuó diciendo: “Cuando les hubiere dado este corazón haré con ellos un pacto de alianza eterna, ya nunca jamás dejaré de hacerles bien”. (Jr. 33,39-40).

¿De qué corazón nos habla aquí el profeta? ¿Acaso Israel era un pueblo sin corazón? ¿O qué regalo es éste tan magnífico, qué talismán tan poderoso, que sólo por atención a él derramaba el Señor en su pueblo todo el tesoro de sus bendiciones y celebrará con él una alianza sempiterna?.

Según todos los padres, el pueblo judío era imagen del pueblo cristiano, y supuesta esta verdad, hallamos la revelación plena del misterio en uno de los acontecimientos más asombrosos de la historia moderna de la Iglesia. En la segunda mitad del siglo XVII, Nuestro Divino Salvador se manifestaba a Sta. Margarita María de Alacoque, y dirigiéndose por medio de esta humilde religiosa a toda la Iglesia, hizo la revelación de los tesoros insondables de gracias, encerrados en su Corazón Santísimo y entregándoselo como el don postrero y último de su amor al mundo, pronunció estas magníficas palabras: “He aquí este corazón que tanto ha amado a los hombres”.

Si, el Corazón de Jesús es nuestro, es el último y el más precioso regalo que la Iglesia ha recibido de las manos bondadosísimas de Dios. Es el último y el más poderoso remedio que quiere emplear la bondad divina para salvar al mundo. “Yo, ha dicho, daré este Corazón a los hombres para que tornen a mí y me reconozcan otra vez por su Señor, entonces ellos serán mi pueblo y yo seré su Dios”. En efecto, la devoción al Corazón Santísimo de Jesús ha sido declarada por la Iglesia, devoción salvadora del mundo y no únicamente salvadora individual, sino principalmente social. El inmortal Pío IX lo declaró en ocasión solemne: “La Iglesia y la Sociedad, dijo, ponen todas sus esperanzas en el Corazón de Jesús: El es quien ha de curar nuestros males”.

Las enseñanzas que nos da el Sacratísimo Corazón de Jesús son todas de abnegación y caridad. “Aprended de mi nos dice, que soy manso y humilde de corazón” (Mt 11,29). Efectivamente ese corazón divino es adorable por dos motivos, por su unión hipostática con el Verbo y porque es el trono y el símbolo de la caridad de Dios. Tan ardiente, tan grande fue su caridad que ha llegado a convertirse en víctima de amor. Y ved aquí las tres especies de martirio de que ha sido objeto su Corazón Adorable, significadas en las tres insignias con que ha querido manifestarse a nuestras adoraciones: la cruz nos representa el martirio de las humillaciones, las espinas, el martirio de los dolores, y la herida, el martirio de amor. Detengámonos a las orillas de estos tres océanos de inconmensurable grandeza, de estos tres abismos del Corazón Sacratísimo de Jesús, y recojamos las mudas pero elocuentes lecciones que con su mismo admirable silencio nos están dando.

La Cruz, más que los dolores representan las humillaciones infinitas, que por nuestro amor, y para redimirnos, soportó el Adorable Corazón de Jesús. La Cruz es un patíbulo infamedestinado únicamente para los más abyectos y degradados malhechores, cuya existencia y nombre se quería borrar sepultándolo en un abismo de ignominia, pues éste fue el medio de que se valió nuestro Dios para salvarnos. El mundo se muere por falta de fe. ¿Quién ante el aspecto desolador que presentan las naciones no cree oír la trompeta del juicio y alza instintivamente los ojos al cielo, creyendo mirar en él la cruz vengadora cercada de nubes y ceñida de relámpagos?. Si, en la cruz, la que se nos muestra, pero no entre los resplandores del juicio, sino entre las dulces llamas del Corazón de Jesús. El mundo se ha olvidado de la Cruz, los sabios la han pisoteado, los reyes la han arrancado de sus coronas, por esto nuestro Divino Salvador torna a enseñárnosla, exaltándola y honrándola, dándole por trono su mismo Corazón. Y La cruz salvará al mundo de la impiedad, como lo salvó al principio del paganismo.

Las espinas significaban el conjunto de dolores y trabajos que hubo que padecer nuestro Amantísimo Salvador, desde el primer instante de su Encarnación, hasta el último de su santísima vida en el Calvario. En efecto las espinas significaban los padecimientos que deben herir a la humanidad en castigo del pecado; pues el Señor al proscribir a Adán, fulminó contra él esta terrible sentencia: “Maldita sea la tierra por tu causa: espinas y abrojos te producirá.” (Gen 3, 17-18). Este castigo debía pesar principalmente sobre nuestro cuerpo formado de tierra.

Cuando vino Nuestro Redentor al mundo, quiso cargar sobre sí todos los castigos que pesaban sobre la humanidad. Por esto tomó para sí un cuerpo, dotado de una capacidad inefable para el padecimiento, el cuál lo presentó como víctima escogida a su Eterno Padre, diciendo: “No os habéis agradado, Padre mío, de los holocaustos que se os han ofrecido por los pecados de los hombres, pero me habéis dado un cuerpo para víctima”.

Desde entonces fue constituido Rey de la humanidad, pero Rey de padecimientos y dolores. Y cuando se hubo saciado de oprobios y embriagado con el cáliz de su pasión, quiso en el trono de la Cruz llevar por diadema real una corona de espinas. ¡Oh! Y con cuanto gozo para su alma!: pues éste es el que llamaba día de sus desposorios y de la alegría de su Corazón. Jesucristo es para la Iglesia un Esposo de sangre; y como la Esposa ha de participar de la dignidad del Esposo, hé aquí por qué la mortificación de la carne, el amor a los padecimientos y al sacrificio han sido siempre en la Iglesia Católica la ley primera de la santificación de las almas. Y con harta razón, porque en virtud del pecado, la carne se ha hecho señora en el hombre, y el espíritu tiene que recobrar su perdido imperio a viva fuerza y por conquista.

Pero el mundo, hace tiempos que ha olvidado por completo esta doctrina, y hoy más que nunca el lujo y todos los excesos de una civilización extraviada, han llegado a persuadir al hombre que su felicidad está en la multiplicación de los goces materiales. La impiedad engendra necesariamente la corrupción soberbia de la carne: la soberbia engendra soberbia. Quien no adora a Dios, adora la inmundicia; quien no reconoce a Dios, desconoce también a su propia alma. A los que no reconocen a Dios, dice San Pablo, el Señor los entrega a la depravación de sus sentidos. Y ésta es la razón porque, después de la impiedad, el sensualismo, la adoración de la carne es la segunda llaga que devora a la sociedad moderna: sensualismo en las ideas, sensualismo en las costumbres. Los políticos, los economistas, lo sabios de todos, no se acuerdan para nada en sus sistemas del alma, ni de la eternidad: la materia es el único objeto de sus especulaciones: la satisfacción de los sentidos, el único bien que anhelan. Ved esa literatura degradada que no respira sino amor a los placeres. El lenguaje de las naciones mismo ha llegado a degradarse, ha tomado formas muelles y afeminadas. ¿Qué digo? Hasta la piedad de muchas almas busca la molicie y el descanso, y se ha declarado enemiga de la mortificación y el sacrificio.

La tercera insignia que contemplamos en el Corazón Sacratísimo de Jesús es la herida abierta por la lanza. ¿Y será necesario decir que esa herida es herida de amor? ¿Pero qué otra cosa leemos en ese Corazón si no es amor?. Ese mismo Divino Corazón ¿qué es, si no la fuente el símbolo del amor? El trono en que se asienta, lo forman llamas de amor: el amor es su vida, el amor su corona, el amor su martirio. Sí, el amor es su martirio. Jesús ha llevado su amor a los hombres, hasta un exceso que a nuestra insensibilidad nos parece locura. Se ha dado todo, se ha sacrificado todo por los hombres, de quienes sabía que no le habían de corresponder sino con ingratitud y crueldad. Ha amado a sus verdugos, se ha sacrificado por sus mismos enemigos. Pero ¡qué pena para su alma! ¡Qué suplicio para su Corazón!: amar y no ser amado: sacrificarse, y no ser correspondido. Los demás tormentos y ultrajes de su Pasión hirieron la parte exterior de su cuerpo adorable, pero la ingratitud, el ultraje, de la ingratitud le ha tocado en lo más vivo. Le ha llegado el alma, le ha herido el Corazón. Y esta herida no tiene cura, ahí la lleva viva y fresca en su medio mismo de las glorias de su resurrección. ¡Oh! Y cómo siente, cómo le duele que los hombres olviden sus beneficios y menosprecien su amor! “¡Mira, dijo el Salvador a Sta. Margarita, mira, este corazón que tanto a amado a los hombres, hasta el extremo de anonadarse y consumirse para testificarles su amor; y en pago no recibo sino ingratitudes de la mayor parte de ellos”.

Y ¿cómo ha respondido el mundo a estas amantísimas quejas de un Dios ultrajado por sus iniquidades? ¿Es posible, que después de haber escuchado estas quejas no esté aún el mundo postrado de rodillas y derretido de amor? ¡Ah, el alma se hiela de pavor al recordarlo, pero tristísima verdad, que nunca el mundo ha sido tan impío como en la época presente. Hace notar un escritor profundo, De Maistre, que jamás en ninguna edad de la historia ha revestido la impiedad formas tan horribles como en los días que vivimos. No es la indiferencia por las cosas santas, no es el olvido de Dios, lo que caracteriza a la impiedad moderna: es, tiemblo al decirlo, es el odio de Dios, el desprecio por Dios. Y no es esto un hecho singular relativo a tal o cual individuo aislado: es un hecho universal, la marca infernal de la Europa moderna. Innumerables sociedades cuyos adeptos se cuentan por millones han adoptado por el lema de sus banderas esta blasfemia abominable: “¡Guerra de Dios!”. Destruida la caridad para con Dios, ha quedado también anonadada la caridad para con el prójimo. En Economía Política, se ha erigido en principio el utilitarismo, dogma del egoísmo llevado a su última expresión; en ciencias sociales, se ha erigido en dogma la soberanía popular, que es el principio de la soberanía del individuo sobre toda soberanía, sobre toda autoridad. 

(MATOVELLE, Julio María. Obras Completas. Tomo III. Oratoria. Ed Don Bosco. Cuenca- Ecuador. 1980. p. 93 ss)