Sábado, diciembre 10, 2016

EL PAN Y EL CALIZ DE LA RECONCILIACIÓN

 UNA PERSPECTIVA DE UNIDAD ENTRE LA EUCARISTIA Y LA CONFESION.

 

Con el siguiente artículo me propongo plantear una comunicación íntima entre los dos sacramentos arriba enunciados, de tal forma que conscientes de esta realidad podamos verlos no como entidades distintas y absolutamente diferentes; sino como una estructura relacionada profundamente a través del fruto de la unidad y de la reconciliación entre los hombres y de éstos con Dios. 

 1.- LA  EUCARISTÍA: COMUNIDAD DE LA RECONCILIACIÓN OFRECIDA POR DIOS.

Cuando la Iglesia se reúne para el banquete del Señor, no hace otra cosa que celebrar en la acción de gracias y en la súplica el misterio de su propia reconciliación.  

Al celebrar el banquete eucarístico, la Iglesia tiene la certeza de que en los signos del memorial (el pan y el vino), por el solo poder del Espíritu Santo, le son entregados verdaderamente el Cuerpo y la Sangre de la reconciliación,  no simplemente para que ella pueda bendecir por este milagro a Dios, sino sobre todo para que pueda tomar parte, de una vez por todas en la reconciliación, ¿pero cómo se hace esto?, la única forma es comiendo el pan y bebiendo el cáliz de la salvación.

La comunión no proviene del simple hecho de que un mismo y único cuerpo de Cristo sea entregado a todos; se origina en el poder de la reconciliación que contiene este cuerpo.

Para entender lo anterior, recordemos que en la estructura de la Eucaristía encontramos elementos de reconciliación como los siguientes: a.- Terminado el acto penitencial, el sacerdote dice: “Dios Todopoderoso tenga misericordia de nosotros, perdone nuestros pecados y nos lleve a la vida eterna”; b.- Terminada  la proclamación del Evangelio, el sacerdote secretamente dice: “Por las palabras del Evangelio sean borrados nuestros pecados”; c.- En la consagración dice el sacerdote: ésta es mi sangre que será derramada por muchos para el perdón de los pecados; d.- En el Padre nuestro pedimos el perdón de nuestras ofensas y e.- antes de comulgar decimos: Señor no soy digno que entres en mi casa, pero una palabra tuya bastará para SANARME.

Con lo anteriormente mencionado, podemos afirmar con certeza, que el banquete eucarístico tomado desde esta perspectiva se presenta como el sacramento de la reconciliación eclesial.

 2.- LA EUCARISTÍA, LUGAR DE LA RECONCILIACIÓN PASCUAL.

La eucaristía aporta a esta reconciliación inicial  su plenitud y su fermento para una experiencia eclesial de salvación, que ha de ser incesantemente revivida, pues la mesa del Señor es en un sentido estricto, el único contacto real, aunque sacramental, de la comunidad como tal, y no solamente del individuo con la humanidad pascual del Señor.

La eucaristía es la fuente sacramental y el lugar de la reconciliación pascual. Hay que tener en cuenta que la reconciliación no es simplemente un asunto del creyente con Dios, sino también, el misterio del reencuentro de la comunidad regenerada como tal con su Dios y Padre.

Así entonces el hecho de comer en comunión, dentro de un clima de celebración, evoca un reencuentro de amor entre los hermanos, una apertura mutua, una superación “del pan para sí mismo”, con miras “al pan para los otros y con los otros”: esto se llama reconciliación.  Al comulgar entonces con el  pan y con el cáliz de la reconciliación pascual; el creyente participa del valor propiciatorio de la cruz, es decir,  la resurrección y la redención, anuncio de la nueva absolución: “Tus pecados te quedan perdonados”.

 3.- LA EUCARISTÍA COMO LA FIESTA DEL PERDÓN.

La eucaristía es el sacramento del perdón porque es presencia y comunicación sacramental de la acción que borra los pecados;  memorial de la expiación de la cruz. La eucaristía es el corazón de la Iglesia, el lugar por excelencia de redención.

El poder de la oblación (donación) eucarística es tal, que a todo aquel que de verdad entra en su movimiento interior (reconciliador), Dios le concede la gracia de la penitencia perfecta que borra  los pecados, por grandes que ellos sean, remisión que será actualizada por la participación en el Cuerpo y en la Sangre del Señor.

La reconciliación que sella la eucaristía implica, sin embargo, la vital  intervención humana: la del hijo pródigo, quién, con el corazón herido se pone en camino hacia su padre, le grita su pecado y su dolor y le suplica el ser introducido de nuevo en su amistad. Para que haya esta reconciliación y para que llegue a ser plenamente verdaderamente, nos hace falta esa actitud del hijo, que aunque no sea ella la causa del perdón, pues es una señal para reintroducirnos en las sendas del Señor.

Así entonces a manera de conclusión, podemos decir que eucaristía y penitencia sacramental no son cosas que se añaden una a otra;  la segunda no hace sino poner plenamente de relieve el amor de Cristo, manifestado en el perdón eucarístico.

Hermanos y hermanas, en virtud del año sacerdotal que empezó el jueves pasado, dedicaremos artículos como el presente, que seguramente nos ayudarán a comprender mejor tres sacramentos: el Orden Sacerdotal, la Eucaristía y la Confesión.

P. Ernesto León D. o.cc.ss
Superior Viceprovincial de Oblatos