Domingo, diciembre 11, 2016

EL PAN NUESTRO DE CADA DIA. Mayo 2 de 2012. (Jn 12,44-50)

En este texto encontramos otra de las exclamaciones de Jesús con la cual se define a sí mismo, nos referimos a la expresión: “Yo soy la luz del mundo”, con la cual se manifiesta como el vencedor de la oscuridad reinante en su tiempo y en el nuestro, a causa de la incredulidad y del pecado.

La oscuridad reinante a la cual se refiere Jesús, era la producida por un sistema legalista, el cual defendiendo el cumplimiento de los preceptos, dejaba en el olvido la importancia del hombre y su condición de hijo de Dios; esa oscuridad era la manifestación de las conciencias obnubiladas por el poder que ostentaban los jefes del pueblo en detrimento de su prójimo, esa oscuridad era la imagen de quienes creyéndose dueños de la salvación, condenaban sin compasión a quienes habían fallado y era además la forma fanática de vivir la religión desde prácticas exteriores, prescindiendo de la centralidad de Jesucristo.

Cuando Jesús grita con vehemencia “Yo soy la luz del mundo”, afirma en medio de la incredulidad de la gente que él es el Mesías de Dios, el enviado, el buen pastor, el salvador, el Hijo de Dios esperado por los tiempos; y sumada a esta expresión la frase: “Peroa aquél que oye mis palabras y no las obedece , no soy yo quien lo condena; porque yo no vine para condenar al mundo, sino para salvarlo “, Jesús con una claridad profunda deja ver, que en definitiva, caminar por sendas distintas a él, es permanecer en tinieblas, que vivir como si él no existiera, es ya estar condenados y que despreciarlo conscientemente, es vivir para siempre sumergidos en la noche oscura de la soledad y de la muerte.

Hermanos y hermanas, que al inicio de este mes de mayo, en compañía de Nuestra Madre María, podamos todos nosotros, descubrir a Jesucristo como la luz del mundo y como el faro luminoso de nuestras vidas. “Ob amorem Dei”.