Miércoles, diciembre 07, 2016

EL PAN NUESTRO DE CADA DIA. Abril 18 de 2012. (Jn 3,16-21)

La presencia de Jesús en medio de nosotros ha de considerarse como una experiencia de salvación por encima de anquilosados parámetros religiosos que hablaban de infierno, llamas y condenación, el mismo San Juan lo sostiene: “Dios no mandó a su Hijo al mundo para juzgarlo, sino para que el mundo se salve por él”; por eso , desde esta perspectiva podemos afirmar que está salvado aquél que ha creído en el Señor de manera ilimitada y está condenado aquél que cerrando las puertas de su corazón, no le ha dado cabida al Hijo de Dios.

Creer en Jesucristo significa, depositar nuestra vida en sus manos, esperar en él en medio de toda desesperanza, confiar en él en medio de toda traición, amarlo a él por encima de todo y de todos; en una palabra creer en él como único requisito para la salvación, implica aceptarlo como dueño y Señor de nuestra historia personal.

Bajo ningún punto de vista y siguiendo la línea doctrinal joánea y más cuando el resucitado está entre nosotros, podemos desechar la luz de Jesucristo, anhelando vivir en las tinieblas del pecado y del error; si esto es así, el juicio es inminente, pues en muchas circunstancias hemos preferido la tiniebla a la luz, desconociendo por completo a aquél que la noche de la vigilia pascual, disipó las penumbras con la luz de su divina presencia.

María Santísima ayúdanos a descubrir a diario a tu Hijo Jesucristo como la luz del universo. “Ob amorem Dei."