Domingo, diciembre 11, 2016

DOS INSIGNES FAVORES DE LA SANTÍSIMA VIRGEN

Virgen Maria

Dice el Padre Nieremberg, citando a San Bernardi­no de Siena, que la Santísima Virgen es cortesanísima y que jamás deja sin recompensa el más mínimo obsequio que se hace en su honor, pues cuantas veces la saluda­mos, aunque sea sólo con un Ave María, al instante nos contesta con otra salutación desde el cielo. Pero, cuan­do de manera más clara y manifiesta se experimenta es­ta protección de la soberana Reina es en las grandes angustias y tribulaciones de la vida; entonces, sobre to­do, aparece como verdadera Madre de clemencia y mise­ricordia en favor de cuantos con fe y confianza le invo­can, aunque sean pecadores. Yo experimenté esta pro­tección admirable y eficaz de la augusta Emperatriz de los cielos, cuando el gobierno de Alfaro, por medio de su agente, en Cuenca, el general Franco, me persiguió con furor y saña hasta dar orden a sus escoltas de, que me maten donde me encuentren, y, sin embargo de las exquisitas precauciones que esas escoltas tomaron pa­ra prenderme, nunca dieron conmigo y, por lo mismo, ni me apresaron, ni pudieron irrogarme ningún mal, porque la Santísima Virgen me defendía; así lo experimenté y casi palpé en repetidas ocasiones.

Pero entre las innumerables mercedes que he reci­bido de la Santísima Virgen hay una tan extraordinaria y grande que no la puedo olvidar jamás y así la recuer­do siempre con inmensa gratitud para con esta bonda­dosísima Reina y amorosísima Madre. Por mis miserias y pecados he sido indigno de recibir semejantes favores del cielo: pero ya que los he recibido, el deber sagrado de la gratitud me ha obligado a recordarlos en este es­crito que no está hecho para, ver la luz pública y que es de mi uso exclusivamente privado.

El caso ocurrió de la manera siguiente. Habiéndome escapado casi prodigiosamente de caer en manos de la escolta del capitán Avelino Acosta, enviada contra mí por el General Franco, a las yungas de Cañar, como que­ da referido arriba, salí de la hacienda del Rosarío , de la propiedad del Sr. D. Juan de Jesús Pozo, donde había permanecido como dos meses; y, a fines de Enero de 1899, me trasladé a Cañar, a la hacienda de Jer, de pro­piedad de la Sra. Juana Valdivieso de Astudillo, con el ánimo de pasar hasta Paute y, de allí, a Palmas, como lo realicé efectivamente, por ser este último lugar mu­cho más tranquilo que la hacienda del Rosario . En vir­tud de estos arreglos, llevando, conmigo, por único com­pañero de viaje a un guía, por caminos extraviados, lle­gué en Jer, la tarde del 19 de Febrero de 1899. Situado ya en esta hacienda, el mayordomo de ella asignó para mi alojamiento un pequeño gabinete, donde había es­tado guardada una estatua de madera de la Santísima Virgen, de tamaño natural y vestido de telas, como se a­costumbra generalmente en nuestros campos; y des­pués de rezadas las oraciones de la noche y hecha la meditación me acosté a dormir, teniendo la imagen de la Santísima Virgen cerca de mi lecho, y tomadas las medidas necesarias para celebrar el día siguiente; Fies­ta (entonces de precepto) de la Presentación del Niño Jesús en el templo y la Purificación de la Santísima Vir­gen. Con esta preocupación, al día siguiente, me des­perté muy temprano: serían las cuatro y media de la mañana, cuando todo yacía aún sumido en profunda oscu­ridad. Pero desperté lleno de terror y sorpresa, porque ví iluminada mi habitación, a media luz, y, lo que es más todavía, me ví a mí mismo convertido en un niño peque­ñito, como de pechos y en brazos de una majestuosa Señora, llena de hermosura y gracia, que con amor verdaderamente material me estrechaba contra su pecho. Al momento advertí que esa amabilísima Señora era la Santísima Virgen; mi alma se encendió en amor a Ella, pero cuando quise manifestarle mi amor, desapareció la visión que no duró sino unos pocos instantes, pero sí lo suficiente para que advirtiera ya que ese niño era yo mismo y que la Santísima Virgen era mi Madre que, como tal, me llevaba en sus brazos y me amparaba, me pro­tegía contra todos mis enemigos, y defendía de las asechanzas que ellos me armaban para perderme y hasta qui­tarme la vida. Los sentimientos de amor y gratitud que, entonces y aún ahora mismo llenaron y llenan mi alma, para con esta incomparable y dulcísima Madre, no los podré expresar jamás, como no podré, tampoco pagar nunca la inmensa deuda de reconocimiento que he con­traído con la Reina del cielo, por haberse dignado manifestarme de manera tan clara y expresiva, que Ella es mi verdadera Madre, en el orden espiritual, que me lleva en sus brazos, como a niño pequeñito que soy, en di­cho orden, y que me ampara. Gracia tan grande y tan in­merecida, pues era yo totalmente indigno de ella, ha la­brado en mi corazón una fuente de imponderable y pe­renne gratitud con la Santísima Virgen; pues ha querido la divina bondad que se realizara en mí, a la letra, aquel texto del profeta Isaías: ad ubera portabinimi, et super genua blandientur vobis (LXVI, 12): "A los pechos (de la Madre de Dios) seréis llevados, y acariciados sobre su regazo".

Lo que acabo de referir se verificó, no en una visión imaginaria ni espiritual, sino en visión real y corporal ha­llándome plenamente despierto y en uso actual de todos mis sentidos y potencias. Otra gracia no menos excelente que ésta, pero sólo en visión imaginaria, pues me hallaba dormido cuando la recibía, aunque las potencias de mi alma estaban tan despabiladas y despiertas, como se encuentran ahora que escribo estas líneas. Tuve esta visión el 19 de Agosto de 1906, a la madrugada, esto es, un cuarto de hora antes de las tres de la maña­na. De esta visión tengo escrito un pequeño recuerdo o memoria en mis papeles privados y, así, limitaré a re­producir aquí esas apuntaciones que tuve el cuidado de hacerlas, para no olvidarme, el día mismo en que recibí esta gracia.

"Agosto 19 de 1909.-La madrugada de hoy (un cuar­to de hora antes de las tres de la mañana) tuve una be­llísima visión, en que me parece he recibido una de las gracias espirituales más grandes que jamás se me hayan otorgado en toda mi vida; por lo mismo, el recuerdo de esta gracia, al par de la que recibí en Jer, el día 2 de Febrero de 1899, vivirá perpetuamente en mi alma has­ta mi muerte..."

"A la hora dicha, estaba en mi lecho, con todas las potencias de mi alma más despiertas y vivas que nunca, cuando tuve esta visión. . . "

"Me parecía encontrarme dentro de la Iglesia Cate­dral de Cuenca, junto a las gradas que hay allí para as­cender al presbiterio... Allí, donde están el trono y el dosel del obispo, en vez del trono se veía un calvario; me fijé especialmente en una hermosa imagen de Nuestra Señora de los Dolores que estaba de pie a la derecha del Cristo y advertí que a esa tan bella imagen de la Santísima Virgen la estaban adornando como para una próxima fiesta. Movido de una tierna devoción a la incomparable Reina, me postré (en el sitio en que yo es­taba, esto es, ante las gradas del presbiterio), cuando he aquí que desapareció el Calvario y se me presentó la Virgen Dolorosa, no ya de pie sino sentada en una silla, co­locada en la mitad del plano del presbiterio; la Inmacu­lada y Dolorosa Reina miraba de frente al pueblo y tenía las espaldas vueltas al altar mayor. Púseme a contem­plar a la bella y majestuosa Emperatriz de la gloria, con sentimientos de profunda piedad, mezclados con un santo terror y grande respeto, pues ahora no era ya una imagen o estatua de la que yo contemplaba, sino la Santísima Virgen, en persona, lo que se me representaba, esto es, como una persona viva que habla, se mueve, etc. Hallábame así postrado en oración y, sumido en mi propio aniquilamiento, cuando ví que la Santísima Virgen me llamaba y, con gracioso ademán, en que resplande­cían dulzura y majestad, me ordenaba acercarme a Ella. Al instante volé a ponerme delante de la Reina del Cielo, poseída mi alma de indecible amor a esta incompa­rable y dulcísima Madre. La Virgen Santísima tenía en la mano izquierda su Corazón levantado en alto. Al pos­trarme delante de la Reina celestial, clamé en voz alta y dije: "¡Madre mía, bendíceme!". "Sí", contestó Ma­ría; entonces, tomando su Corazón dulcísimo con ambas manos, como toman los sacerdotes la Custodia, para dar al pueblo la bendición con el Santísimo, me bendijo la soberana Reina, con su Corazón Inmaculado y maternal, haciendo una cruz bien grande y muy bien trazada, sobre mí, que al punto incliné mi cabeza hasta la tierra".

"Presa, en tales circunstancias, mi alma, de profun­da emoción, al levantar mi cabeza, la reincliné sobre el pecho de la incomparable Reina, clamando y diciendo: "¡Madre mía, alcánzame la gracia de que te ame, pero mucho, muchísimo'''... Continuando mi alma como em­briagada de santo fervor, después de un rato de silen­cio, en que quedé como estático, reclinado en el pecho de la Virgen, torné a hacerle esta otra súplica: "¡Madre mía, alcánzame que tu Hijo divino viva siempre en mi co­razón!”La bondadosísima Reina contestó: "Sí: yo haré que todas tus oraciones las hagas en mi Hijo divi­no y que por El las eleves al Padre", y desapareció la visión".

"Quedé con profunda pena de que hubiese durado tan poco una manifestación tan bondadosa y tierna de la Reina del cielo que así dispensa los favores y gracias de que su Hijo divino le ha constituido tesorera y dueña, aún a los más pobres y míseros pecadores. ¿Quid retri­ buam Domino pro omnibus qui retribuit mihi? "¿Con qué pagaré al Señor o de qué manera le corresponderé por todas las mercedes que me ha hecho?" ¿Cómo de­mostraré mi gratitud a la Reina del cielo, por sus inde­cibles bondades para conmigo?.."

Después de la dicha de reposar sobre el Corazón Santísimo de Jesús, dicha inefable que fue concedida a San Juan Evangelista, indudablemente no hay otra mayor que reclinarse sobre el Corazón dulcísimo de María. y esta incomparable dicha me ha concedido la Virgen Santísima, por dos veces en mi vida; y espero que a la hora de la muerte, esta dulcísima Madre me concederá el mismo favor, de expirar en su regazo.

Fuente: www.oblatosdematovelle.com