Viernes, diciembre 02, 2016

DIGNIDAD

 

DEFINICIÓN

Dignidad

  1. f. Cualidad de digno.
  2. f. Excelencia, realce.
  3. f. Gravedad y decoro de las personas en la manera de comportarse.

Discreción.

  1. f. Sensatez para formar juicio y tacto para hablar u obrar.
  2. f. Don de expresarse con agudeza, ingenio y oportunidad.
  3. f. Reserva, prudencia, circunspección.

Honorabilidad.  

  1. f. Cualidad de la persona honorable.

Honorable.

  1.  adj. Digno de ser honrado o acatado.

—Diccionario de la Lengua Española, Vigésimo segunda edición.

¿Dónde está el valor?

Las personas que te rodean y tú mismo son diferentes entre sí. Hay hombres y hay mujeres. Hay bebés recién nacidos, jóvenes y ancianos. Hay hombres fortachones y otros pequeños y delgados. Algunas chicas son rubias y otras morenas. Existen personas que tienen el cien por ciento de sus capacidades y otras que nacieron sordas o ciegas. Todas esas diferencias son producto de la naturaleza, pero también hay unas que son resultado de la vida en sociedad y sus injusticias. Hay empresarios más ricos que un país entero y personas tan pobres que no pueden comprar una tortilla. Figuras tan destacadas como el presidente de un país, o tan humildes como un limpiador de parabrisas… Y entre todo ese conjunto también estás tú.

¿Quién vale más de todos? La respuesta común dirá que los ricos, los jóvenes y los fortachones son superiores a los pobres, los viejos y los débiles. Pero si les quitamos esas diferencias superficiales descubrimos que todos comparten algo: son seres humanos. Basta que lo sean para que cada uno merezca el mismo respeto, aprecio y oportunidades y sepa que puede hacer algo extraordinario de su vida: los demás valen tanto como tú o, dándole la vuelta a esta frase, tú vales tanto como los demás. Ese valor es parte de cada cual y nada ni nadie se lo puede quitar, ni la naturaleza, ni las diferencias de la sociedad. Todos somos socios del “club de la humanidad”.

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Extremos contrarios

Para reflexionar
El soldadito de plomo

Todo empezó con el viejo cucharón de plomo que tenían unos herreros. Decidieron fundirlo y, con el material, hicieron veinticinco soldaditos. Pero el plomo no fue suficiente y a uno lo dejaron sin pierna izquierda. A pesar de eso, le pintaron su uniforme y lo empacaron con los otros en una caja de cartón. Un señor los compró para regalarlos a su hijo.
—¡Qué bonitos son! —dijo el pequeño Eduardo al formar al grupo de combatientes. —Pero mira, a este pobre le falta una pierna.
Fuera de su caja, el soldadito sin pierna vio fascinado los otros juguetes y lo atrajo un pequeño castillo de cartón que parecía real. En uno de sus salones una bailarina vestida de azul hacía una graciosa pirueta girando sobre una pierna.
—¡Es como yo! —exclamó el soldadito— sólo tiene una pierna.
—No —le dijeron sus hermanos— lo que pasa es que está bailando.
—Es preciosa y quiero ser su amigo —les comentó.
—No te hagas ilusiones. Ella es una princesa y tú, un soldado raso —explicó uno de los mayores.
Aquella tarde, Eduardo no guardó bien los juguetes y dejó al soldadito en la esquina de una ventana. A las doce de la noche, el trompo, las muñecas, el yoyo, las figuras de cuerda y los animales de tela cobraron vida en una alegre fiesta. Sólo él y la princesa permanecían quietos. De un baúl salió un malvado gnomo que le dijo:
—Nunca serás su amigo. Eres un pobre soldado sin pierna y ella es nuestra princesa.
El soldadito no respondió nada y se quedó dormido. Soñó que era capitán, que tenía las dos piernas y bailaba un dulce vals con su amada.
Al día siguiente, cuando Ofelia la cocinera abrió la ventana, el aire se llevó al soldadito que quedó a media calle. Cayó un aguacero y quedó empapado. Cuando salió el sol, dos pequeños lo encontraron.
—Mira que figurilla —comentó uno— seguro perdió la pierna en la guerra y no puede caminar hasta casa. Vamos a ponerlo en un barco de papel.
Colocaron el barco en un arroyo y fue a dar a una alcantarilla. El soldadito tenía miedo pero se negó a dejarlo. “Mi honor lo impide” se dijo. Una malvada rata, reina del drenaje, quiso detenerlo, pero la corriente lo llevó a una cascada. La caída fue terrible; el barco quedó destruido, el soldadito estaba a punto de ahogarse, ya sólo se veía la punta de su rifle… y entonces llegó un pez y se lo tragó. Nadó corriente abajo hasta que un pescador lo atrapó y lo llevó al mercado.
Por una casualidad, allí lo compró la cocinera Ofelia y, al prepararlo, se sorprendió al hallar al soldadito. Eduardo brincó de gusto y la figura se alegró de estar cerca de sus hermanos, del castillo y la bailarina. Quiso llorar, pero la disciplina se lo impidió.
Un amigo de Eduardo, malaconsejado por el gnomo, comentó entonces:
—A ver si también se salva del fuego— y lo arrojó a la chimenea.
El calor empezó a derretirlo y, a través de las llamas, el soldadito miró a la bailarina, que le sonrió. El viento abrió la puerta y la arrastró hasta la chimenea. Ella y el soldadito estaban juntos por fin. Antes de que las llamas los destruyeran se dieron un beso. Al día siguiente, cuando Eduardo estaba recogiendo las cenizas, halló que las dos figuras se habían fundido en un corazón de plomo. Lo tomó y lo guardó toda su vida.

—Adaptación de un cuento de Hans Christian Andersen

Para reflexionar

Mini relato
Un capital que crece

Lo más interesante de la dignidad es que jamás puedes perderla, pero sí puedes hacerla crecer. Un elemento que te permite pertenecer al “club de la Humanidad” es la capacidad de pensar, que nos hace diferentes de los animales. Gracias a la inteligencia puedes ir modelando tu vida hasta hacer de ella lo mejor. Para lograrlo es importante tener cuidado en las decisiones que tomas, aplicarlas con dedicación tratando siempre de ser un ejemplo para los demás. Invita a los otros a que hagan crecer su dignidad y, al mismo tiempo, toma de ellos sus buenos ejemplos. ¿Te imaginas qué pasaría si todos reconociéramos nuestro propio valor y el de los otros? ¡La humanidad sería un verdadero conjunto de hermanos!
Hoy mismo puedes empezar. Acuérdate: es una tarea en la que todos tenemos que reconocer nuestro valor y oportunidades y los de los demás. Por ejemplo: el joven debe saber que el anciano necesita ayuda; pero el anciano debe reconocer que el joven debe disfrutar todo lo bueno que le permite su edad. Al mismo tiempo debemos ser “policías de la dignidad” y frenar cualquier abuso contra ella: evitar que se maltrate a las mujeres o niñas, que se humille a las personas enfermas o pobres, que se le quite a los demás la oportunidad de ser felices y estar alegres. Esta lucha nunca se detiene y dura toda la vida. No importa si no consigues grandes resultados: tu dignidad está en el esfuerzo.

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¿Ya lo sabías?
Un gran promotor de la dignidad humana fue el italiano Giovanni Pico della Mirandola (1463-1494), autor del Discurso sobre la dignidad del hombre (1486). En él afirma que el ser humano está en el centro del mundo para observar lo que existe, informarse y expresarse en las obras que prefiera. Dueño de su libertad, tiene dos posibilidades: “degenerar en los seres inferiores que son las bestias” o alcanzar, con la fuerza de su ánimo, “las realidades superiores, que son divinas”.

Problemas para pensar
Un mensaje para los padres

El hogar es un espacio definitivo para que los pequeños adquieran el sentido de su propia dignidad y el sentido de la dignidad de los demás. Un hogar donde privan los abusos, la violencia y las manifestaciones innecesarias de poder puede desorientar a los hijos de muy diversas maneras: hacerles creer que no valen nada, llevarlos a pensar que los hombres son más importantes que las mujeres o que sólo los adultos tienen derechos.

Acciones a seguir

  1. No aplique castigos humillantes a sus hijos. Evite el maltrato físico y las palabras o regaños que los hagan sentir inútiles o rechazados. No muestre preferencia por alguno de los hermanos y nunca use el “buen ejemplo” de uno para educar al otro.
  2. No aliente en sus hijos un sentido de superioridad sobre los demás niños y evite cualquier tipo de comentarios que tienda a desvalorizar a los otros por algún defecto físico, las diferencias socioeconómicas o el bajo rendimiento escolar. Evite los consentimientos excesivos.
  3. Evite las manifestaciones machistas dentro del hogar. Hacer creer al pequeño que el género masculino es superior al femenino implica hacerlo creer que las mujeres tienen menor dignidad. No use lenguaje sexista ni generalizaciones falsas como “Todas las mujeres son tal y tal”.

Un mensaje para los maestros

En la medida en que aporta nueva información y nuevos modos de razonar, la experiencia educativa es, en esencia, un proyecto que reconoce la dignidad del maestro como transmisor de conocimientos y la dignidad de los alumnos como receptores de éstos. Cualquier otra imagen de la educación basada en intereses económicos o de poder, traiciona los objetivos de formar hombres y mujeres de bien y enriquecerse, como docente, a través de esa experiencia.

Acciones a seguir

  1. Haga del aula y de la escuela espacios de dignidad en los que se cuiden todos los detalles: la limpieza y el orden de las instalaciones, la interacción respetuosa entre autoridades y educandos, la presentación de los alumnos y la calidad de las enseñanzas que usted les da.
  2. En muchas ocasiones los estudiantes de primaria no saben ni por qué ni para qué van a la escuela. Destine algunas sesiones regulares para explicarles que el objetivo es hacer personas con más aptitudes y capacidades que les permitan obtener logros en la vida.
  3. No margine o critique ante el grupo a los “niños problema” o a los de bajo rendimiento escolar. Promueva procesos de aceptación e integración sumando fuerzas con el grupo, las autoridades de la escuela y la familia del educando.

El valor en el mundo
El hombre elefante

Cada persona es valiosa desde el primer momento de su vida. Por el simple hecho de existir posee una dignidad que nadie puede quitarle. Un buen ejemplo es el caso de Joseph Merrick (1862-1890), llamado “el Hombre elefante”.
Se cuentan muchas leyendas sobre su origen. La más absurda sostiene que era hijo de una mujer y un elefante. En realidad nació como un niño común, en una familia inglesa pobre. En los primeros años de su vida no le ocurrió nada raro, pero cuando cumplió cinco empezó a tener síntomas de una extraña enfermedad que le produjo crecimiento desordenado en la piel y los huesos y le dio un aspecto poco común. Su cabeza medía un metro de circunferencia, en el rostro y la nuca tenía un tejido esponjoso que le colgaba, la deformación de sus mandíbulas le impedía hablar claramente, en vez de mano derecha tenía una aleta y sus piernas torcidas le impedían caminar bien sin ayuda de un bastón.
Su madre murió cuando él tenía doce años. Su padre se volvió a casar y la madrastra rechazó al niño que se convirtió en vendedor ambulante para ganarse la vida. Los pequeños de su barrio lo insultaban y se burlaban de él. Decidió huir de su hogar y comenzó a trabajar como atracción de ferias populares, cuyos dueños lo maltrataban y le robaban sus ganancias. Durante una función conoció al doctor Frederick Treves, quien le ofreció ayuda. Joseph inicialmente lo rechazó, pero cuando enfermó gravemente de bronquitis, decidió buscarlo.

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Un reto nacional

Elevar el orgullo patrio
Los grandes problemas del país y la imitación de modas y modelos procedentes de otros países nos han hecho olvidar la dignidad de ser mexicanos. Es momento de regresar a nuestros valores auténticos (el esfuerzo, el trabajo, el arrojo y el ingenio), celebrar las propias tradiciones y recordar a las grandes figuras que dieron forma al país. Recuperando el orgullo nacional avanzamos más firmes al futuro y obtenemos el respeto del mundo. ¿Cómo puedes contribuir a ello? ¿Qué estás dispuesto a hacer por Colombia?

A partir de 1833 el doctor Treves lo alojó en el Hospital de Londres para cuidarlo, darle tratamiento médico y evitar que siguiera sufriendo en la calle. La alta sociedad de la época (incluyendo a la reina Victoria) se conmovió al conocer su caso y varias personas acudían a visitarlo para darle ánimos y ayuda material. Joseph Merrick quería vivir como una persona común y en varias ocasiones le pidió a su médico que lo llevara a un hospital de ciegos para encontrar a alguna mujer que no se asustara por su apariencia y pudiera darle el amor que necesitaba. Aunque su aspecto era extraño, sus emociones y deseos eran iguales a los de cualquiera.
Su actividad favorita era pasear por el campo y disfrutar la naturaleza, donde nadie lo rechazaba. En varias temporadas estuvo de vacaciones en fincas rurales de Inglaterra. En ellas hizo nuevos amigos, jóvenes agricultores que lo aceptaban con cariño, y pasaba mañanas enteras recogiendo flores silvestres que luego llevaba a Londres. Lo mejor de todo es que estaba rodeado de personas que lo protegían, lo respetaban y lo consideraban igual.
El 11 de abril de 1890, Joseph murió mientras dormía. Al parecer, intentó reclinar la cabeza como hacemos cualquiera de nosotros para descansar y, por el enorme tamaño de ésta, se fracturó los huesos del cuello. Sus restos se conservaron por interés científico y hasta la fecha los médicos se preguntan qué enfermedad tenía. También se guardan algunos de los pensamientos que dejó escritos: “Mi cabeza es tan grande porque está llena de sueños”, dijo. Aunque pareciera un fenómeno, el “Hombre elefante” tenía anhelos e ilusiones como nosotros.

Recuadro

Tupac Amaru

Las hazañas de Tupac Amaru
Para los conquistadores y los gobernantes españoles de América, los indígenas eran meros “animales de trabajo” a los que explotaban sin medida. Ello ocasionó que algunos nativos se rebelaran para recuperar la dignidad que les habían arrebatado. Uno de los casos más famosos fue el de Tupac Amaru II, en Perú. Descendiente del último soberano inca, en 1780 organizó un levantamiento contra los españoles que se extendió hasta Bolivia y Argentina. Finalmente fue capturado por los enemigos, frente a él ejecutaron a toda su familia y lo mataron el 18 de mayo de 1781. Su ejemplo inspiró, en parte, las luchas de independencia en la América del siglo XIX.

Lo que dicen los libros
Elogio de la dignidad

“La dignidad de la persona humana es el fundamento de todos los otros valores. Esta dignidad pertenece a todo hombre de manera tan propia e inviolable que nada, excepto sus elecciones libres y responsables, puede realmente anularla. Respetar y promover esta dignidad es, ante todo, la tarea y la responsabilidad de cada persona. La dignidad ordena un empeño de restauración, liberación y curación y también tiene la fuerza de un mandato que prohíbe cualquier violencia, humillación y manipulación. La dignidad es el fundamento de todos los derechos humanos y es, a la vez, el derecho más importante de todos.”

—Guido Gatti, Ética de las profesiones formativas.

Actividades
Mi valor

Algunos los personajes que encontramos en este capítulo lucharon por hacer más grande su dignidad y triunfaron: el soldadito sin pierna conquistó el amor de su bailarina, el pobre “hombre elefante” consiguió el aprecio y la ayuda de los demás. Usaron su inteligencia y lograron que los demás los honraran. Es tu turno y, para ello, ya sabes lo básico sobre los valores de dignidad, discreción y honorabilidad. Ahora te toca hacerlos crecer:

Experiencias que valen
Escribe qué aprendiste en este capítulo. ¿Qué te llamó más la atención?
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Escribe una experiencia que tuviste con los valores de dignidad, discreción y honorabilidad después de leer este capítulo.

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Frases

“No importa que alguien se equivoque mientras conserve su dignidad como persona y su derecho al amor.”
—Juan XXIII

“Entre todas las virtudes, la discreción es la virtud suprema.”
—Milan Kundera

“La ambición desmedida de poder o dinero paga un precio alto: la pérdida de la dignidad.”
—Paul Carvel

“Un hombre honorable comienza por aplicar lo que quiere enseñar; después lo enseña.”
—Confucio

“Es preferible un fracaso honorable que una victoria cobarde.”
—Filóctetes

“La perseverancia y la dignidad nos conducen muy lejos.”
—Daniel Desbiens

“La sinceridad está hecha de vidrio; la discreción, de diamante.”
—André Maurois

“La razón y la libertad constituyen la dignidad humana que siempre debe fundarse en el respeto a los otros.”
—Luc Ferry

“Vive una vida honorable. Así, cuando seas anciano y recapacites sobre ella, serás capaz de disfrutarla una segunda vez.”
—H. Jackson Brown Jr.

Fuente: www.valores.com.mx