Domingo, diciembre 04, 2016

DEVOCIONES A MARÍA

Virgen Maria

Siendo la infancia la época decisiva de la vida así para el bien como para el mal, me complazco en recor­dar, tributando acciones de gracias a Dios por ello, que desperté a la existencia en medio de un ambiente embalsamado con los celestiales aromas de la devoción a la Virgen Santísima.

 

Las grandes y solemnes fiestas de la proclamación del dogma de la Inmaculada Concepción fueron las primeras solemnidades religiosas que impre­sionaron mi corazón y fantasía infantiles. Las fiestas sencillas y grandemente poéticas de la Capilla del Co­razón de María vinieron en seguida a ser como el pábulo de mis primeras efusiones de piedad. En mi propia casa se honraba, con culto extraordinario, a una peque­ña y muy devota imagen de Nuestra Señora del Tránsit­o y con tal motivo este misterio hermoso hizo se para mí objeto predilecto de una tierna y constante devoción. con perfecta claridad recuerdo todavía, y me parece ver aún, la pequeña imagen mencionada de la Virgen, recos­tada en un lecho de flores, con los ojos entornados por el sueño de la muerte y con los labios animados por una amable y dulce sonrisa. Desde entonces data mi devoción al Tránsito de la Inmaculada Virgen.

Las primeras imágenes de la Reina del cielo que he tenido en propiedad, fueron: primeramente la pequeña estampa de Nuestra Señora de los Siete Dolores que, por casualidad, la encontré tirada por el suelo, sin que jamás apareciera dueño alguno a reclamarla, y, segundo, una imagen o escultura de bulto de Nuestra Señora del Trán­sito que me complacía en adornarla con toda la pompa y suntuosidad que estaban a los alcances de un niño po­bre y desamparado y que mi fantasía infantil me las re­presentaba.

Otra de las imágenes de la Santísima Virgen y que la conservo hasta hoy que impresionan mucho mi cora­zón y fantasía de niño fue una pequeña pintura al óleo de Nuestra Señora de las Mercedes, la Peregrina de Qui­to, en torno de la cual están pintados cuatro de los prin­cipales milagros realizados en América, por aquella celebérrima advocación. Fue este cuadro el que me hizo conocer la devoción a Nuestra Señora de las Mercedes, a la que soy deudor de muchas gracias muy especiales, especialmente la de haberme proporcionado el templo y claustro en que el Instituto de Sacerdotes Oblatos se ha establecido en Cuenca.

Siendo niño como de siete a ocho años principié a rezar diariamente, en honra de los dolores de la Virgen Santísima siete piadosas estrofa s con otras tantas Ave Marías; y con el favor de Dios he continuado esta prác­tica fielmente hasta el día de hoy, habiendo añadido con el tiempo el rezo diario también del himno Stabat Mater y de Siete Ave Marías en honra de la Soledad de la Vir­gen Santísima.

Así mismo desde niño tomé la costumbre de rezar cada día, en honra de la Inmaculada Concepción, tres Ave Marías pidiendo a la Reina del cielo que me alcan­ce de Dios la virtud de la pureza.

Otra de mis devociones predilectas ha sido la del santo Rosario que con el favor de Dios he procurado re­zar todos los días de mi vida, siendo pocos aquellos en que haya omitido esta tan excelente práctica de piedad.

Fuente: www.oblatosdematovelle.com