Viernes, diciembre 02, 2016

DEUDOR DE MARÍA

Virgen Maria

Es doctrina de la Iglesia Católica, apoyada en las en­señanzas de la Sagrada Escritura y de muy ilustres y eminentes doctores, que no hay gracia del cielo que nos venga, si no es por la mediación poderosa de la Empe­ratriz de la gloria; por consiguiente, todo cuanto somos y tenemos lo debemos a la Virgen Santísima. Peto fue­ra de estos favores generales hay otros especialísimos que esta excelsa Reina reparte y distribuye como es de su soberano agrado; es de estos últimos de que ahora quiero hablar, para tributar mi homenaje de gratitud y tan bondadosa Bienhechora y para que, recordando de continuo gracias tan excelentes, pueda yo sacar de ellas el debido provecho espiritual que, seguramente se pro­puso la Virgen Inmaculada al dispensérsemelas. Aquí no voy a recordar todas esas gracias que ello sería in­terminable, sino sólo aquellas cuya memoria pueda re­dundar en mayor bien de mi alma.

1º Durante mucho tiempo, que fue por espacio de algunos años, me parecía que era yo un niño pequeñito (y sin embargo era ya sacerdote), a quien la Santísima Virgen andaba a llevar consigo, trayéndome de la mano. Sentía una inexplicable delicia en ello y era mi mayor gozo cubrir de ósculos esa mano bondadosísima de mi Ma­dre Celestial, andar siempre y a todas partes en su amabilísima compañía, cubierto con su manto y amparado por su real protección. Ha sido y es ahora mismo. Para mí, una jaculatoria dulcísima y de mi mayor encanto re­petir frecuentemente a María esas palabras del salmo (l. 22, 24): Tenuisti manum dexteram meam; et in vo/un­ tate tua deduxisti me, et cum ,gloria sucepisti me: Me has asido de la mano derecha, para guiarme según tu voluntad y finalmente, me has de conducir hasta el santuario de la eterna gloria. ¿Ni qué podré temer yo si la Santísima Virgen me sostiene con su diestra soberana? Dirigido y amparado por esta excelsa conductora, pasaré ileso por medio de los peligros formidables que ponen en inminente riesgo nuestra eterna salvación.

2º La Iglesia aplica a la Santísima Virgen este tex­to del libro sagrado del Eclesiástico: Et dixit nihi (Creator omnium): In Jacob inhabita. et in Israel haereditare; et in electis meis mitte radices (24, 13): "arráigate en medio de mis escogidos". Este texto de la Sagrada Es­critura tuvo su aplicación en mí, de la siguiente manera. No sé desde cuándo, ni con qué ocasión, pero sí durante mucho tiempo, me dominó una idea: me parecía que yo era un vaso de barro algo así como una maceta en que Dios había plantado un bellísimo y florido rosal que era la devoción a la Santísima Virgen y que las raí­ces de ese precioso arbusto habían penetrado todas las profundidades de mi ser espiritual, hasta los más ínti­mos senos y repliegues, hasta no quedar resquicio alguno que estuviese vacío de esta raíz bendita. La Santísima Virgen lo llenaba todo: et in electis meis mitte radices. Si venía un mal pensamiento no había para él, lugar en mi alma; y, si un afecto torcido o pecaminoso, tampoco lo había para él: el pensamiento de María San­tísima y el amor a Ella llenaban en su plenitud todas las cavidades de mi espíritu, si pudiera expresarme así.

Esta idea causaba en mí un grandísimo júbilo, pues las mayores y más seductoras tentaciones, así que se presentaban en mi imaginación cuando desaparecían de ella, pues la Virgen Santísima tenía ocupada toda la casa de mi alma. Como árbol frondoso y fuerte, cuyas raíces de acero a semejanza de una tupida cabellera, penetran en las entrañas de la tierra y se apoderan de todo cuanto se pone a su alcancé y lo encierran y aprisionan entre las impenetrables mallas de su red; así la devoción a la Santísima Virgen se había adueñado de todos los senti­dos de mi cuerpo y de todas las potencias de mi alma.

Esta hermosa idea o mejor dicho, esta preciosa inspiración del cielo, si yo la hubiese puesto en práctica debi­damente, habría realizado la santificación de mi alma, en brevísimo tiempo; pero desgraciadamente no ha sido así. Apunto en este escrito estas gracias, para que su re­cuerdo me estimule a salir de mi vida lánguida y tibia, y a corresponder mejor en adelante a los beneficios de Dios y de su Santísima Madre.

3º Una de las representaciones de la Santísima Virgen más provechosas a mi alma y más de mi gusto es la que nos muestra a esta admirable Reina, bajando del Calvario, en compañía de San Juan y las santas mu­jeres. Yo me he imaginado siempre, y hasta ahora lo hago así, que formo parte de esta santísima comitiva: mi puesto en este mundo está ya elegido para siempre, has­ta el último instante de mi vida: yo habito en el. Calvario y estoy de pie junto a la Santísima Virgen; y , si bajo del Calvario, es para acompañar a la Reina dolorosa en su angustiosa soledad; yo estoy siempre entre la piado­sa comitiva que acompaña a la Santísima Virgen, sea que esté en el Calvario, sea que descienda de él.

Fuente: www.oblatosdematovelle.com